Bolivia: sin brújula para navegar y sus demonios al acecho

“Este Comité no descansará hasta ver tras las rejas a estas bestias humanas (indios-occidente) indignas de ser llamadas ciudadanos; colonos que muerden la mano a esta tierra (oriente) que les abre los brazos para que salgan de la pobreza, y pagarán esta tamaña afrenta”. Estas fueron las palabras de Rómulo Calvo, el presidente del comité cívico pro Santa Cruz (institución civil que aglutina entidades y representa intereses sociales, políticos y económicos del departamento de Santa Cruz) en la última asamblea.

El 18 de octubre próximo se llevarán a cabo los comicios nacionales en Bolivia después de un prolongado proceso político-electoral que prácticamente ha durado un año desde las fallidas elecciones del 20 de octubre del 2019. La polarización social y fragmentación partidaria son dos connotaciones del proceso en un contexto marcado por la pandemia.

polarización social coyuntural: occidente versus oriente del país, y blancos versus indios.

Polarización social. Nos referiremos sólo a dos clivajes -por su relevancia- de larga data en Bolivia que otra vez se manifestaron en el contexto del proceso político-electoral 2020 y explican la polarización social coyuntural: occidente versus oriente del país, y blancos versus indios. Entendemos como polarización al hecho de que la opinión política está bastante distanciada, las fisuras son profundas, no existe consenso y los discursos extremos representan estructuras cognitivas cerradas e impermeables a otras argumentaciones.

El clivaje occidente versus oriente se manifestó con la reaparición de un exdirigente campesino, Felipe Quispe (el Mallku), en el escenario mediático nacional en su condición de “comandante de los bloqueos del altiplano” en el occidente del país (La Paz). Su discurso político apuntó a la reivindicación del Kollasuyo (proviene de los habitantes aymara hablantes de una serie de reinos independientes de la meseta del Titicaca con fuertes lazos culturales) y negación de Bolivia como República. En sus palabras, “de 1825 hasta el actual gobierno de Añez (presidenta interina) hemos sido manejados por gobiernos que no son nuestros. Son extranjeros, son colonos, son coloniales que vinieron de Europa, de Croacia, de otros lugares (que viven en Santa Cruz). Ellos nos gobiernan y nosotros seguimos abajo.

Con respecto al clivaje blancos contra indios, fue puesto otra vez en debate -en el contexto de la rebelión de la clase media urbana a finales del año 2019 que provocó la caída de Evo Morales- por el exvicepresidente Álvaro García Linera. Escribe: “cuando el proceso de cambio introduce otros mecanismos de intermediación eficiente hacia el Estado, las certezas seculares del mundo de la clase media tradicional se conmocionan y escandalizan. La alcurnia, la blanquitud y la logia, incluidas su retórica y su estética, son expulsadas por el vínculo sindical y colectivo”. 

Como ya se describió, el presidente del comité pro Santa Cruz, Rómulo Calvo (blanco), marcó la distancia ideológica con un discurso extremo que representa la antípoda de la expresión de Quispe y lo escrito por García Linera.

Fragmentación partidaria. Son ocho las organizaciones políticas en competencia electoral: Creemos, Juntos, Movimiento al Socialismo (MAS), Comunidad Ciudadana (CC), Acción Democrática Nacionalista (ADN), Partido de Acción Nacional Boliviano (PAN-BOL), Frente Para La Victoria (FPLV), y Libertad y Democracia (Libre 21). De acuerdo con las encuestas de intención de votos, las últimas cuatro agrupaciones políticas no tienen un apoyo social significativo con relación a las otras, por lo tanto, no seguirán como objeto de referencia.

Para entender la fragmentación partidaria en el proceso político-electoral boliviano es pertinente recurrir al concepto de pluralismo moderado (Giovanni Sartori, 2018). Éste permite aclararla y distinguirla a partir de las connotaciones siguientes: la competencia electoral entre Juntos (Jeanine Añez), MAS (Luis Arce Catacora), Creemos (Luis Fernando Camacho) y Comunidad Ciudadana (Carlos Mesa) es de baja intensidad ideológica. Esto, debido a que no están en disputa proyectos políticos hegemónicos; todos tienen impulsos centrípetos o buscan acercarse al centro político como indican sus programas de gobierno con respecto a la prioridad que le otorgan al Estado y su papel de actor con mayoría de acciones (fortalecimiento de empresas públicas) y capacidad de redistribución de bienes públicos (bonos a sectores populares). Es decir, la predominancia histórica de la lógica nacional-popular en el razonamiento político de los candidatos y votantes.

no existe una fuerza política extrema con apoyo mayoritario y desequilibrante.

Además, no existe una fuerza política extrema con apoyo mayoritario y desequilibrante. De acuerdo a diversas encuestas de intención de votos, es muy probable que ningún partido político alcance la mayoría absoluta como la alcanzó el MAS de Evo Morales en las anteriores elecciones del 2005, 2009 y 2014, y el próximo gobierno sea una coalición entre centro derecha y centro izquierda.

Los relatos de los partidos políticos bolivianos no dan indicios de un nuevo horizonte político para la década 2020-2030. Las visiones cortas y discursos manidos de los candidatos son una constante en el proceso electoral, lo que implica que no existe una lucha por la dirección cultural e ideológica entre proyectos políticos. Sí existe una disputa por espacios de poder y la administración de los bienes públicos para beneficio de determinados grupos de interés (elites económicas). Si desde la teoría se entiende que el objeto de la política es la provisión de bienes públicos para los ciudadanos (Josep M. Colomer, 2007), los candidatos y partidos políticos no convencen en ese sentido.

Ahora bien, surge la sospecha de que el 18 de octubre los ganadores abusen del triunfo y los perdedores se vuelvan violentos con la derrota. Una situación muy probable considerando las actitudes, comportamientos e intereses en juego como aconteció en octubre del 2019, después de que se descubrieran irregularidades en la jornada electoral y el país sin gobierno navegara en el desconcierto durante dos días. Por esto es necesario que el Tribunal Supremo Electoral fortalezca la confianza institucional y los candidatos y militantes se comporten de forma civilizada al final del día de las elecciones. 

En síntesis, mientras las organizaciones políticas en competencia tienen cuidado para tratar la polarización social en sus estrategias discursivas para no perder votos, los diferentes grupos que encarnan los clivajes reflejan una sociedad con estructuras cognitivas cerradas e impermeables a otras argumentaciones, una situación predominante y preocupante por su carácter obsesivo.

Una conjetura para finalizar. Si la polarización social se encarna en la fragmentación partidaria se producirá una polarización política que puede poner en mayor riesgo la débil institucionalidad democrática boliviana. Una tormenta perfecta si consideramos el carácter socialmente trágico de la pandemia y la consecuente crisis económica.

Por todo esto, la transición democrática en Bolivia tiene más dudas que certezas, un escenario no necesariamente sui generis en Latinoamérica, pero incómodo por su inestabilidad política.  

Foto de eskararriba en Foter.com / CC BY-NC