Con Estados históricamente débiles, baja recaudación y pulsiones populistas de alto gasto, América Latina enfrenta una trampa fiscal que amenaza con perpetuar déficits crónicos y nuevas crisis.
Carney apuesta por una fórmula política incómoda: si el mundo deja de creer en las instituciones económicas dominadas por Washington, su poder se erosiona.
El poder del "lobby" empresarial y la concentración extrema de la riqueza están profundizando la desigualdad y debilitando las bases sociales y democráticas, empujando a las economías hacia un riesgo creciente de fractura social.
Mientras en países desarrollados la productividad impulsa empleo de calidad, en América Latina el avance tecnológico está aumentando la eficiencia al costo de más informalidad y menos trabajo formal.
La violencia opera como un “impuesto oculto” que le cuesta a América Latina 3,5% del PIB y estrangula inversión, productividad y desarrollo, convirtiendo la seguridad en la gran política económica pendiente de la región.