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Los años salvajes del populismo (de izquierda)

¿La caída de Maduro puso fin al ciclo populista de izquierda y marca un punto de inflexión histórico para las izquierdas latinoamericanas?

Con la captura de Nicolás Maduro resulta pertinente preguntarnos si este es el fin de los años salvajes del populismo de izquierda iniciado a principios de este siglo. La pregunta es obligada, entre otras cosas, porque esta ola comenzó con un discurso anti estadounidense, anti globalización y anti neoliberal: el de Hugo Chávez.

A partir de esas directrices surgió lo que se denominó como el socialismo del siglo XXI, una ola de populismos de izquierda que, de manera general, estuvo marcado por un conjunto de discursos y políticas sociales que se presentaron como alternativas progresistas a las desigualdades producidas por prácticas neoliberales implementadas en la región hacia finales del siglo XX.

Para cumplir su promesa de igualdad social y radicalización de la democracia, esta forma de populismo se basó en liderazgos personalistas que creyeron encarnar la voluntad popular con un discurso de polarización moral que dividió a la sociedad entre pueblo y élite, algo que también está presente en el discurso de líderes populistas de extrema derecha. A esto se sumaron programas sociales para la redistribución de la riqueza y la ampliación de los mecanismos de participación ciudadana.

Si bien esta corriente populista, también denominada en su momento como “marea rosa”, tuvo sus avances y retrocesos en la región, sus efectos, tanto teóricos como prácticos en este primer cuarto de siglo han sido intensos en América Latinay a nivel global. Por ello, no sería exagerado afirmar que hemos sido testigos de los años salvajes del populismo de izquierda.

En la práctica, los triunfos electorales convirtieron a estos movimientos en una fuerza social que generó una vorágine de disputas, ataques, polémicas y discursos políticos, académicos y cotidianos. En su dimensión teórica, el análisis de este populismo nos ha dejado defensas grandilocuentes, diversidad de definiciones, aproximaciones teóricas heterogéneas, datos duros para defenderlo o criticarlo y una que otra mirada conciliadora.

Al centro de esta vorágine populista, se encuentra el debate sobre su relación con la democracia: hay quienes están convencidos de que el populismo de izquierda es una clara amenaza para la democracia, mientras que para otros expresa tanto la promesa de inclusión de los sectores populares como la fragilidad de las instituciones democráticas.

Si bien puede haber un amplio espectro entre uno y otro polo, esta oleada de izquierda nos enseña que el populismo, sea de un lado o del otro,  no puede ser concebido como una anomalía, como algo que no existiría si la democracia “funcionara bien”. Por el contrario, lo intenso del debate y su penetración social revela que el populismo -en sus diferentes rostros- es una de las gramáticas recurrentes de la historia política de América Latina. De tal suerte que, por su paso arrollador y carácter polarizador, lo mismo en las aulas universitarias que en las conversaciones callejeras, parece obligado hacer un balance crítico de los yerros quehan conducido a este populismo de izquierda hacia callejones sin salida.

En el caso de Bolivia se desarrolló un movimiento populista, el MAS liderado inicialmente por Evo Morales, que reivindicó la necesaria inclusión simbólica y política de sectores históricamente marginados, uno de los rasgos positivos del populismo. Sin embargo, este ejemplo reveló una de las principales debilidades del populismo de izquierda: la excesiva dependencia hacia la figura del líder y la dificultad de distinguir entre proyectos personalistas y democráticos.

En México, si bien podemos hablar de un populismo de izquierda decididamente redistributivo y respetuoso de algunas reglas del juego democrático, la construcción moral de un “pueblo bueno” y sus “enemigos” mostró que, si bien no destruye la democracia, la desgasta a través de polarizar a la sociedad y generar tensiones entre el gobierno y organismos autónomos, prensa y sociedad civil, algo que también se observa en los actuales populismos de extrema derecha.

Venezuela quizá sea, por haber mostrado el camino a los demás países latinoamericanos, el modelo arquetípico. Si bien comenzó con una narrativa de “democracia participativa” que cimbró sus engranes políticos y sociales -al menos esbozando que la promesa de transformar a la democracia podía ser real-, ese mismo discurso terminó por justificar la concentración progresiva del poder.

El populismo de izquierda tiene la cualidad de interpelar a la democracia, pues la obliga a revisar quiénes son reconocidos como parte del pueblo y quiénes quedan fuera de su promesa de igualdad. Sin embargo, estos movimientos populistas terminaron creando sus propias condiciones paradójica, ya que bien mantenían intactas las estructuras y lo encubrían con un discurso moralizante, o bien revelaban su incapacidad para darle espacio en lo político a quienes dicen representar.

Esta condición paradójica del populismo de izquierda en el poder nos obliga a preguntarnos si éste ha agotado su capacidad para ofrecer igualdad y futuro o si será capaz de rehacerse sin devorarse a sí mismo.

Si hay algo que nos dejan estos años salvajes del populismo de izquierda, al igual que los de derecha, es que son un reflejo de la profunda crisis política en que vivimos. Por lo tanto, si estos no pueden mantener su promesa de mejorar la democracia ¿qué deberíamos hacer?

Autor

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Doctor en Filosofía Política. Profesor Investigador en la Universidad Anáhuac México. Profesor de Asignatura en la FFyL, UNAM. Coordinador Académico del Proyecto “Narrativas Democráticas” en la UNAM.

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