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Un Mundial, una vieja herida: el «blanqueamiento» en América Latina

Las polémicas racistas del Mundial reavivaron un viejo debate: cómo el ideal de "blanqueamiento" moldeó la identidad nacional en Argentina y buena parte de América Latina y sigue condicionando sus desigualdades.

El blanqueamiento, entendido como el intento sistemático de “blanquear” la sociedad mediante la inmigración europea, la jerarquía racial y la marginación de las identidades indígenas y africanas, volvió al debate internacional este año. Durante el Mundial de la FIFA 2026, los insultos racistas contra Kylian Mbappé —incluidos los de la senadora paraguaya Celeste Amarilla, quien lo llamó “colonizado camerunés que se hace pasar por francés”—, las controversias con hinchas y jugadores argentinos, y el voto de Javier Milei junto a Estados Unidos e Israel contra una resolución de la ONU sobre la trata transatlántica, reavivaron una pregunta antigua: ¿por qué Argentina sigue imaginándose como una nación esencialmente europea?

La respuesta trasciende a Argentina. Desde México hasta el Cono Sur, las repúblicas latinoamericanas heredaron ideas coloniales que identificaban la blancura con la civilización y el progreso, traducidas en políticas migratorias, campañas militares y relatos nacionales que redefinieron la identidad de los nuevos Estados. Argentina fue la expresión más acabada de ese proyecto, pero no la única.

Argentina y la construcción de una nación europea

Ese rumbo no era inevitable. En el Congreso de Tucumán de 1816 coexistían proyectos distintos: Belgrano propuso una monarquía constitucional con un descendiente de los incas —el Plan Inca—, respaldada por San Martín y Güemes, pero rechazada por la élite porteña. El Acta de la Independencia se publicó también en quechua y aimara. Conforme avanzó el siglo XIX, sin embargo, esas posibilidades cedieron ante un proyecto que identificó el progreso con la europeización.

Los fundamentos intelectuales quedaron en dos obras clave. En Facundo (1845), Sarmiento convirtió la oposición “civilización y barbarie” en eje de su interpretación del país: la inmigración europea representaba la civilización; las sociedades indígenas, el atraso. Alberdi sintetizó esa visión en “gobernar es poblar” (atraer inmigrantes europeos para transformar la demografía nacional). El positivismo reforzó luego, en gran parte de América Latina, esa asociación entre europeización y modernidad.

Argentina llevó ese proyecto más lejos que casi cualquier país de la región. Hubo esclavitud bajo dominio español —entre 100.000 y 150.000 africanos esclavizados, una cifra muy inferior a la de Brasil o Cuba—, pero la abolición temprana no derivó en una sociedad incluyente. Las élites impulsaron el blanqueamiento mediante la expansión militar sobre territorios indígenas, la inmigración europea masiva y una memoria nacional que fue relegando a indígenas y afroargentinos.

El episodio más elocuente fue la Conquista del Desierto (1878-1885), liderada por Julio Argentino Roca. Presentada como misión civilizadora sobre territorios supuestamente “vacíos”, provocó miles de muertes y el desplazamiento de mapuches, tehuelches, ranqueles y otros pueblos, e incorporó cerca de quince millones de hectáreas luego repartidas entre grandes propietarios.

La Ley de Inmigración y Colonización de 1876 complementó la conquista militar. Entre 1857 y 1940 Argentina recibió más de 6,6 millones de inmigrantes, sobre todo italianos y españoles. Para 1914, casi el 30% de sus habitantes había nacido en el extranjero, y cerca del 80% de la población de Buenos Aires era inmigrante o hija de inmigrantes.

Decisiva fue también una memoria selectiva. A finales del siglo XVIII los afroargentinos representaban entre el 25% y el 30% de la población de Buenos Aires y tuvieron un papel central en la economía colonial y las guerras de independencia. La mortalidad bélica, las epidemias, el mestizaje y los cambios censales contribuyeron a su desaparición del relato oficial. Los pueblos indígenas quedaron reducidos a un pasado remoto pese a su presencia continua. Argentina se celebró así como “la Europa de Sudamérica”.

Un proyecto compartido por toda América Latina

Argentina fue el caso más exitoso, pero no aislado. Uruguay cultivó la imagen de “la Suiza de América”. Paraguay, tras la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), también promovió la inmigración europea como vía de “regeneración nacional”; las palabras de Amarilla muestran la persistencia de ese imaginario.

Brasil ofrece el contraste más revelador. Recibió cerca de 4,9 millones de africanos esclavizados, casi el 40% de toda la trata transatlántica. Tras la abolición de 1888, intelectuales como João Batista de Lacerda defendieron que el mestizaje sumado a la inmigración europea “blanquearía” a la población en pocas generaciones. El decreto de 1890 restringió la inmigración asiática y africana y alentó la europea; entre 1884 y 1939 llegaron más de cuatro millones de inmigrantes europeos. Aun así, hoy los brasileños negros y mestizos son mayoría, y estudios del IBGE y el IPEA siguen mostrando profundas desigualdades raciales en ingresos, educación y esperanza de vida: el ideal de blancura sobrevivió incluso donde no se materializó demográficamente.

Cuba es otro contrapunto. La Revolución de 1959 abolió la segregación legal y proclamó al racismo incompatible con el socialismo, pero la dirigencia siguió siendo desproporcionadamente blanca, y tras 1991 el Período Especial benefició con frecuencia a los cubanos blancos, con mayor acceso a remesas y turismo.

Variantes similares aparecieron en toda la región: en Bolivia y Perú las élites criollas retuvieron el poder pese a las mayorías indígenas; en México el mestizaje fue la base identitaria, pero implicó más asimilación que autonomía indígena; en Guatemala la exclusión culminó en campañas calificadas por la ONU como genocidio; y en República Dominicana, Trujillo llevó el nacionalismo antinegro a un extremo violento con la Masacre del Perejil de 1937.

Un legado colonial vigente

Las consecuencias trascendieron la demografía. La educación y las instituciones estatales se organizaron según modelos europeos, el español y el portugués se consolidaron como lenguas de poder, y decenas de lenguas indígenas quedaron marginadas. La independencia política no significó descolonización cultural.

La Guerra Fría reforzó estas estructuras: las dictaduras de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay se presentaron como defensoras de la civilización occidental, mientras las demandas indígenas o agrarias eran vistas como amenazas de seguridad. Con la democracia y las reformas de finales del siglo XX, las instituciones cambiaron más rápido que las jerarquías sociales: la riqueza y el poder siguieron concentrados en las élites de origen europeo.

Las polémicas del Mundial no revelaron nada nuevo. Recordaron que, más de dos siglos después de la independencia, América Latina sigue debatiendo quién pertenece plenamente a la nación. Como sostuvo Aníbal Quijano, la colonialidad no terminó con el colonialismo: sobrevivió a la independencia y sigue organizando las relaciones de poder. Ese es el legado más duradero del blanqueamiento.

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Investigador asociado en ICAEPA, con sede en Sheffield, Reino Unido. Econmetrista. Consultor de análisis de riesgos, inteligencia empresarial, análisis de la cadena de valor y precios de transferencia.

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