Siempre hemos sido racistas en Brasil

Recientemente, el debate sobre el racismo en Brasil se retomó en la prensa, con textos publicados en algunos de los principales periódicos del país, como Folha de S. Paulo. El 24 de enero fue asesinado el refugiado congoleño Moïse Kabagambe, víctima de una agresión tras exigir el pago de dos días de trabajo en un quiosco de Barra da Tijuca, uno de los barrios turísticos de la ciudad de Río de Janeiro. A pesar de ello, es sorprendente que todavía se dude del principio racista en la fundación del proyecto de nación brasileño.

El racismo como elemento estructural

Desde la llegada de los primeros inmigrantes, existe una relación entre política migratoria, etnicidad y racismo, como señalan Carlos Vainer, Giralda Seyferth y Jeffrey Lesser, tres de los principales estudiosos del tema. Ya en el Imperio, una decisión gubernamental hablaba de la concepción de la colonia alemana de São Leopoldo por las ventajas de “emplear blancos libres e industriosos, tanto en las artes como en la agricultura”.

La República retoma el objetivo de una política de colonización a la manera de las primeras experiencias de institución de colonias, y dio pasos significativos en el sentido de que la apertura de Brasil a la inmigración debía conciliarse con una política eugenista. Es en este periodo cuando se dictan decretos, a través del Servicio de Introducción y Localización de Inmigrantes, para regular quiénes eran los inmigrantes deseados, es decir, europeos blancos y considerados “civilizados”.

La relación entre la eugenesia, la política de blanqueamiento y la inmigración durante la República también se convirtió en una cuestión sobre cómo pensar y construir un proyecto de nación para Brasil, y qué tipo de personas formarían parte de esta nación. Según Carlos Vainer, el Estado brasileño se asignó la tarea de constituir un pueblo y una nacionalidad con el objetivo de responder a tres órdenes de cuestiones: “1- la necesidad económica, de brazos entrenados y disciplinados; 2- la necesidad eugenésica, de aumentar las dosis de sangre blanca; 3- la necesidad nacional, de construir un pueblo nacionalmente unificado e integrado sobre estándares culturales homogéneos”.

Con el objetivo de homogeneizar el tejido social brasileño, para crear un ambiente de cohesión de la nacionalidad, aunque sea a partir de un delirio imaginario, se intensificaron las acciones estatales que se venían realizando desde la década de 1920, y que se intensificaron durante el gobierno de Getúlio Vargas. Además de esto, hubo preocupación por la llamada amenaza amarilla, en referencia a los inmigrantes asiáticos.

Entre el atraso mestizo y la fantasía del progreso europeizado

Durante la campaña de nacionalización del Estado Novo (1937-1945), el europeo blanco seguía figurando como el inmigrante deseado. Sin embargo, el llamado “enquistamiento”, es decir, el cierre comunitario de los inmigrantes europeos, especialmente los alemanes, era un factor a combatir, según Giralda Seyferth. Por lo tanto, de alguna manera, todas las comunidades de inmigrantes, incluso las de origen europeo, sufrieron la presión y lidiaron con el endurecimiento de las políticas asimilacionistas practicadas por el Estado brasileño.

En este sentido, el Estado brasileño pasó a actuar a través de decretos y leyes en el proceso de selección de los inmigrantes deseados y en la interferencia con las costumbres de las colonias o comunidades existentes, como forma de impedir la formación de espacios segregados, y poniendo en práctica una política de asimilación forzada. 

Sin embargo, hay que señalar que, aunque la visión del inmigrante estaba marcada por la tensión y el racismo, el inmigrante siempre gozó de un mejor estatus que el nativo o el mestizo brasileño que lleva las marcas de las etnias no deseadas: el indígena y, sobre todo, el negro. El inmigrante supera ampliamente al nacional desde el punto de vista racial y económico (eugenesia y productividad), señala Carlos Vainer.

El caso de la inmigración japonesa es ilustrativo de esta tensión y alternancia de construcción de significados en torno a un grupo étnico, a veces caracterizada por un profundo racismo, que llegó a asemejarse al africano, a veces por el deseo y la admiración por sus cualidades de buen trabajador: “los japoneses fueron vistos, simultáneamente, como el mejor trabajador y el más inasimilable de todos los extranjeros -el más extranjero de los extranjeros”, según Vainer.

Sin embargo, para Jeffrey Lesser, el caso japonés sería ilustrativo del choque entre “la razón racial/nacional y la razón económica”. Los japoneses en Brasil, al igual que en otros países del hemisferio, eran vistos como una “minoría modelo”.

El final del siglo XIX y el principio del XX estuvieron bajo la influencia de las teorías eugenésicas y naturalistas de mejora racial, la búsqueda del “blanqueamiento” de la población mestiza brasileña y la adopción de modelos urbanos y nuevos parámetros económicos.

Tanto Vainer como Seyferth destacan la permanencia de la concepción eugenista en el contexto posterior a 1945 para el proyecto de nación y la construcción de significados en torno a la identidad nacional. Podemos señalar, de forma sintética, que dos sesgos fueron constantes en este proyecto: el económico, que tiene como telón de fondo el deseo de transformar el país en una nación desarrollada; y, implicado a este deseo, el segundo sesgo, la noción de etnicidad, con el proyecto eugenista, de blanquear el componente étnico local.

En el plano histórico concreto, esta ecuación socio-cultural-étnica se tradujo en la institución de un proyecto modernizador que, teóricamente, dejaría atrás las huellas de una estructura rural inadecuada a las aspiraciones industriales de la nueva élite nacional. En su génesis, nuestra élite está fundada por la “cultura señorial”, el mantenimiento del privilegio, el consumo de lujo utilizado como demarcador de las fronteras sociales y de clase, y una polarización entre los intereses políticos regionales.

Las políticas de modernización consistieron en el fin de la mano de obra esclava y una apertura para atraer y recibir inmigrantes europeos destinados a ejercer el trabajo asalariado y apoyar el proceso de mecanización de las plantaciones. Así, el objetivo era promover el desarrollo económico y la “reformulación” étnica nacional. 

Este movimiento se ratificó y recibió nuevos injertos imaginarios con el tiempo. El perfil actual de la migración en Brasil revela un cambio de panorama en los nuevos flujos de extranjeros que llegan al país, con un aumento de la inmigración latinoamericana y africana, con una importante presencia de asiáticos, especialmente los chinos.

Este nuevo escenario renueva las preguntas sobre la migración en el país e impone nuevas miradas, sin embargo, mantiene la etnicidad como una cuestión latente, ya que actualmente recibimos un contingente de personas cuya visibilidad e interés deben ser constantemente negociados. En este sentido, recordamos que la lucha por la etnicidad revela un pasado racista en profunda sintonía con el discurso eugenésico eurocéntrico y que nos ciega ante una multiplicidad de minorías activas y creativas en el territorio local, tanto en el pasado como en el presente.

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