En tiempos de cambio climático, Brasil acaba de experimentar un verdadero tsunami de la extrema derecha en las urnas. ¿Cómo interpretar la mezcla de emociones y racionalidades que llevó a muchas personas a considerar que un giro hacia la extrema derecha es la solución a nuestros problemas?
El primer punto es que Brasil es muy grande y somos muchos. Y si bien somos un pueblo muy desconfiado, como indican, por ejemplo, las encuestas del Latinobarómetro, no deberíamos considerar a nuestro vecino, compañero de trabajo o incluso a quien nos cae mal como un enemigo.

Pensamos diferente, es parte de la vida; este es el valor más importante de la democracia, que hoy está en riesgo ante las posibilidades de un regreso de la familia Bolsonaro a la presidencia.
En general, en internet es habitual escuchar y reírnos de los casos de los «nepobabies». Los «nepos» hacen referencia a la práctica del nepotismo, un concepto político y jurídico que se remonta a la Edad Media.
El nepotismo es el favorecimiento de los vínculos de parentesco (es decir, el acto de favorecer a los propios familiares: padre, hijo, hermano, etc.) en las relaciones laborales o de empleo. Pues bien, estos son casos comunes que llevan a familias enteras a la quiebra, que hunden negocios y que muchas veces ocultan muertes o abusos sexuales. El punto —y aquí está mi sugerencia— es pensar cómo la política actual en Brasil está reproduciendo una lógica problemática que ocurre en muchos hogares, muchas familias y muchos vecindarios.
Las prácticas de nepotismo sustituyen la evaluación del mérito —es decir, la valoración de ser una persona con conocimientos reconocidos sobre el trabajo que debe realizar— para el ejercicio de una función pública, por la simple valoración de los lazos de parentesco. En este sentido, cuando pensamos en la esfera de la política y en los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, el nepotismo es una práctica que viola las garantías constitucionales de imparcialidad administrativa, en la medida en que establece privilegios en función de las relaciones de parentesco y desconsidera la capacidad técnica necesaria para ejercer un cargo público.
En este sentido, el fundamento de las acciones contra el nepotismo es el fortalecimiento de la República y la resistencia frente a acciones de concentración del poder que privatizan el espacio público. Acciones que pretenden convertir, por ejemplo, la Presidencia de la República nuevamente en el patio trasero de la familia Bolsonaro.
Es público y notorio el involucramiento del candidato del PL en problemas relacionados con desvíos de recursos y con las milicias, casos que son criticados por la propia derecha. Por otro lado, no hay dudas de que existe un agotamiento del contexto de polarización. Hay una sensación de cansancio, un deseo de cambio que flota en el aire y que es legítimo.
El mayor problema de este escenario es pensar que el nepobaby de los Bolsonaro puede resolver los problemas del país. Precisamente él, quien generó problemas y enfrentamientos con su madrastra, con Malafaia y con Tarcísio; aquel a quien los otros tres candidatos de la derecha —Nery, Caiado y Renan Santos— niegan su apoyo y critican duramente.
El temor, que debe tomarse en serio, es precisamente considerar que atacar la democracia, las leyes, el Estado de derecho y sus instituciones pueda constituir un camino mejor para el futuro del país.
Estos no son únicamente argumentos de la izquierda, como alguien podría decir. Son evidencias, muchas de ellas provenientes no del Gobierno, sino de lo que la propia derecha critica del actual candidato de la oposición, Flávio Bolsonaro.
Por eso, este es un momento de reflexión —para eso precisamente el sistema político contempla una segunda vuelta—, para que una vez más la población se detenga, respire y reflexione sobre las decisiones que debe tomar.
Una manera de pensar las críticas a la ola de extrema derecha es analizar qué podemos aprender de lo dicho por los propios interlocutores de Flávio Bolsonaro. Renan Santos es el más contundente y el pasado domingo afirmó que Brasil corre el riesgo de ser gobernado por «el más corrupto de la familia Bolsonaro», «un don nadie en términos de carisma o inteligencia».
Una segunda cuestión tiene que ver con que quien vote por Flávio debe saber que una de sus promesas de campaña es precisamente conseguir que las leyes no se apliquen a la familia Bolsonaro. Como señala Renan, cabe esperar que uno de sus primeros pasos sea garantizar la liberación de su padre.
Esta concepción de una familia antiética es, en realidad, la de una familia orientada hacia la criminalidad. No existe una ausencia de valores, sino valores muy malos, que conducen a la arrogancia, la maldad, la impunidad y la crueldad. Valores que crean verdaderas distorsiones, porque papá puede pagar, porque la ley no se aplicará a mi hijo.
Tal vez esta «familia de las maldades» esté pasando inadvertida para una gran parte de la población. ¿Será realmente eso lo que el país va a elegir? ¿La familia en primer lugar, aunque sea criminal? La respuesta está en las manos de los electores.










