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La división en la Comunidad del Caribe ante el poder de EE. UU.

Mientras algunos países de este bloque caribeño abrazan el poder de Estados Unidos, otros buscan limitar su alcance, dejando al resto en una difícil búsqueda del punto medio.

El bloque de la Comunidad del Caribe (CARICOM) está siendo arrastrado por impulsos de política exterior contrapuestos: mientras algunos Estados miembros buscan los beneficios estratégicos del poder estadounidense, otros procuran protegerse de sus consecuencias asimétricas y un tercer grupo intenta desenvolverse por una vía diplomática intermedia.

Fundada en 1973, la CARICOM reúne a 15 naciones del Caribe con el objetivo de promover la integración regional, coordinar la política exterior y aunar fuerzas frente a desafíos económicos, sociales y de seguridad.

Con la excepción de Haití, cuya independencia se remonta a 1804, sus otros 14 Estados miembros soberanos obtuvieron la independencia política entre las décadas de 1960 y 1980. En este contexto histórico, el tratado constitutivo del bloque consagra la coordinación de las políticas exteriores de sus Estados miembros como uno de sus pilares fundamentales.

La creciente división en materia de política exterior dentro de esta agrupación regional gira en torno a una cuestión fundamental: ¿deberían sus Estados miembros buscar una mayor protección y capacidad de influencia mediante el multilateralismo y la acción colectiva, o trabajar pragmáticamente con los centros de poder predominantes? Lo que está en juego es una cuestión más amplia sobre cómo los pequeños Estados pueden ejercer una mayor capacidad de acción a medida que el sistema internacional se vuelve más multipolar: ya sea reformulando las reglas e instituciones que estructuran el poder global, o trabajando dentro de ellas y aprovechando las relaciones con los Estados e instituciones que ya configuran esas reglas. En este cálculo, Estados Unidos ocupa un lugar central.

La primera ministra de Barbados, Mia Mottley, se ha convertido en una de las principales defensoras de la primera visión, mientras que la primera ministra de Trinidad y Tobago, Kamla Persad-Bissessar, representa cada vez más la segunda. Estas visiones ejemplifican dos modelos contrapuestos de capacidad de acción de los pequeños Estados: la Transformación Multilateral (defendida por Mottley) y el Aprovechamiento Pragmático del Poder (defendido por Persad-Bissessar), que desarrollo en otro artículo.

Sin embargo, a medida que los Estados miembros de la CARICOM divergen en sus enfoques respecto a la competencia entre grandes potencias y el multilateralismo, se vuelve cada vez más difícil mantener posiciones coordinadas de política exterior y ejercer una capacidad diplomática colectiva.

No obstante, esta divergencia no debería interpretarse como una ruptura completamente nueva con las políticas exteriores de los Estados caribeños. Durante buena parte del período posterior a la independencia, los Estados miembros de la CARICOM buscaron preservar su autonomía estratégica mediante el no alineamiento, el multilateralismo y el principio de igualdad soberana de los Estados, incluso cuando su proximidad geográfica y sus vínculos económicos hacían de Estados Unidos un socio central. La invasión estadounidense de Granada en 1983 puso a prueba los límites de ese consenso: algunos gobiernos caribeños apoyaron la intervención, mientras que otros la condenaron como una violación de la soberanía.

La administración Trump ha puesto a prueba de nuevas maneras el tradicional enfoque diplomático de la CARICOM, mientras que su actitud cada vez más asertiva hacia los asuntos del hemisferio ha ejercido una presión renovada sobre el compromiso de la región con la autonomía estratégica y la igualdad soberana.

La asimetría en sí misma no es nueva; lo que está cambiando es la naturaleza de la potencia hegemónica, el entorno estratégico en el que la CARICOM debe gestionar esa asimetría y las consecuencias de equivocarse en el equilibrio.

El reconocido teórico de las Relaciones Internacionales Stephen M. Walt, en su artículo «The Predatory Hegemon» (El hegemón depredador), publicado en Foreign Affairs a principios de este año, ofrece un marco analítico útil para comprender cómo los Estados más débiles responden ante una potencia dominante: alineándose con ella (bandwagoning), buscando un equilibrio entre potencias competidoras (hedging) o contrarrestándola (balancing). Aplicar este marco a las declaraciones nacionales pronunciadas por 14 Estados miembros de la CARICOM durante el Debate General del 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas revela un patrón general sobre cómo este bloque de pequeños Estados se está posicionando frente a Estados Unidos.

Estas categorías son analíticas y describen la tendencia predominante que se observa en la reciente posición diplomática de cada Estado, en lugar de identidades de política exterior rígidas.

Guyana y Trinidad y Tobago se han acercado con mayor claridad al bandwagoning, buscando ampliar su capacidad de acción mediante el fortalecimiento de sus relaciones de seguridad y estratégicas con Washington. Su seguridad, desarrollo económico y posicionamiento internacional se formulan cada vez más de manera compatible con las preferencias estadounidenses.

Trinidad y Tobago, en particular, ha mostrado una disposición inusualmente explícita a adaptarse a las preferencias de Washington. Guyana ofrece un claro ejemplo de cómo la dependencia en materia de seguridad puede traducirse en señales diplomáticas alineadas con una potencia dominante.

El alineamiento de Haití está condicionado más por la necesidad que por la elección, mientras que Bahamas, Jamaica y Belice ocupan una posición intermedia más flexible, cooperando estrechamente con Estados Unidos allí donde coinciden sus intereses, al tiempo que preservan margen de maniobra a través de la CARICOM y de las instituciones multilaterales.

Una forma algo más pronunciada de hedging se observa en Dominica, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía y Surinam. Estos Estados combinan el compromiso práctico con Washington con la resistencia a determinados aspectos de su agenda, buscando preservar la flexibilidad diplomática allí donde sus intereses divergen.

En el otro extremo del espectro, Barbados, Granada, San Vicente y las Granadinas, y Antigua y Barbuda han adoptado una forma de equilibrio blando o institucional, utilizando las instituciones multilaterales, el derecho internacional y el principio de igualdad soberana para preservar su autonomía frente al poder estadounidense.

Así, algunos países de este importante bloque caribeño están abrazando el poder estadounidense, mientras otros buscan limitar su alcance, dejando al resto lidiando por encontrar un terreno intermedio.

El resultado no es tanto una simple división entre países proestadounidenses y antiestadounidenses como un continuo de estrategias mediante las cuales estos pequeños Estados buscan gestionar su asimetría con la potencia dominante del hemisferio occidental.

La CARICOM se está convirtiendo en un laboratorio de cómo los pequeños Estados responden ante una superpotencia global cada vez más asertiva, y sus estrategias divergentes podrían debilitar la capacidad de influencia colectiva de la que dependen.

Por tanto, el bloque se enfrenta a una paradoja fundamental: sus miembros pueden obtener individualmente un mayor margen de maniobra al adoptar estrategias diferentes, pero al mismo tiempo corren el riesgo de perder, colectivamente, la capacidad de influencia diplomática que hace valioso al regionalismo en primer lugar.

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Director saliente de la Academia Diplomática del Caribe, del Instituto de Relaciones Internacionales del campus St. Augustine de The University of the West Indies (The UWI), Trinidad y Tobago. Doctor en ciencia política de la York University, Toronto.

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