Nada presagiaba en la noche de la primera vuelta del 4 de octubre que, tres semanas después, las calles de las ciudades más importantes de Brasil se verían sumergidas en una “ola roja”. Y es que Lula Da Silva, el octogenario presidente de la nación más grande del Cono Sur, le puso el broche de oro a un triunfo ajustado en un balotaje que desafió todos los análisis y rompió el clima derrotista post primera vuelta. Lula obtuvo una ventaja de más de 4.4 millones de sufragios, siendo esta la primera vez desde la redemocratización que quien quedó segundo en la primera vuelta gana el balotaje. Sin embargo, este triunfo no debe ser mirado solamente desde una perspectiva épica en relación con la reviravolta, sino también de cómo le tocará gobernar su cuarta presidencia.
Lula gobernará con un Congreso dominado por la derecha, donde el Partido Liberal es la primera fuerza con 121 de los 513 diputados y 28 de los 81 senadores, con un Centrão todavía prevalente y con apenas 4 de las 27 gobernaciones en manos de la izquierda. A ello se suma el desgaste institucional. Flavio Bolsonaro desconoció el resultado, apoyado en una noche electoral caótica en la que un juez del Supremo ordenó extender dos horas la votación, aunque su partido, el Partido Liberal reconoció la derrota.

Más allá de los obvios desafíos de mediano plazo, Lula y la izquierda de Brasil puede que encuentren muy rápidamente acotadísimos márgenes de maniobra política. Las cuentas públicas están en rojo y las agravan las recientes medidas como la condonación de deudas a microempresarios y el aumento del Bolsa Familia, mientras la seguridad aparece como la mayor preocupación de los brasileños, un terreno en el que la oposición lo acusa de debilidad. Se evidencian así, los límites concretos de un proyecto progresista que deberá afrontar cambios en su conformación y en la orientación de sus propuestas, con una estrategia que atienda a las nuevas generaciones sin perder de vista a los grupos de interés que apostaron por el antilulismo.
Sintéticamente, Lula ha ganado porque es Lula y porque la campaña de Flavio se vio ganadora antes de tiempo. Pero el enfrentamiento que viene puede conformar un empate catastrófico entre un PT en minoría y con la urgencia de reformular muchos de sus postulados históricos. En frente, tiene a un bolsonarismo con mayorías congresales y territoriales, cuyo proyecto puede verse aplazado en el tiempo, pero aún tiene sobrevida en términos internos.
El segundo condicionante es externo y tiene su epicentro en Washington. Horas después de confirmado el resultado, Trump sembró dudas sobre la limpieza del escrutinio al afirmar que en Brasil acababan de aplicar “el manual de Joe Biden”. Sin presentar pruebas, claro. No fue un exabrupto aislado. Había celebrado como una “victoria muy, muy grande” el desempeño de Flavio en la primera vuelta.
Además, Trump impuso a Brasil aranceles del 50% en 2025 y un nuevo gravamen del 25% este año, sumado a sanciones a autoridades judiciales por el juicio a Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por golpismo. Frente a esa presión, Lula hizo de la soberanía su bandera, el mismo hilo del discurso que pronunció el 22 de septiembre en la 81 Asamblea General de Naciones Unidas, donde afirmó que Brasil no cabe en el “patio trasero de nadie”, y que retomó tras su victoria.
El resultado reordena además el mapa regional. Con Milei en Argentina, Kast en Chile, Paz en Bolivia, Noboa en Ecuador, Fujimori en Perú y De la Espriella en Colombia, Brasil se mantiene como el principal gobierno de izquierda de Sudamérica. Sin embargo, casi todos los presidentes latinoamericanos saludaron al ganador, incluidos dirigentes de derecha como Kast, Paz o Keiko Fujimori —hasta Delcy Rodríguez!—, que priorizaron el vínculo económico por sobre la afinidad ideológica. Al margen quedó Javier Milei, en sintonía con la posición de Trump.
No son pocos los desafíos con los que deberá lidiar el gobierno de Lula, ni las fuerzas profundas, tanto internas como externas que deberá afrontar. Se trata de una sociedad cada vez más escorada a la derecha y con el síndrome del oposicionismo informando sus decisiones políticas. A este complejo frente interno se suma un escenario regional marcadamente adverso. América Latina ya no ofrece el entorno afín de antaño, sino que se ha transformado en el tablero de una estrategia más ambiciosa por parte de la derecha hemisférica. La influencia de la corriente trumpista en la región ha evolucionado y ya no busca simplemente moldear gobiernos aliados a su conveniencia, sino articular una red de intervención continental profunda y coordinada que desafía de raíz el proyecto de autonomía liderado por Brasil.
En definitiva, la victoria de Lula no es solo la historia de una remontada sino la de un presidente que llega a su cuarto mandato más condicionado en lo interno y más convocante en lo regional.











