Para una sociedad que se destaca a nivel regional por su baja simpatía por la democracia, por una amplia desconfianza en el uso de los recursos públicos y por un fuerte sentimiento de falta de representación política, los brasileños probaron que -así y todo- pueden existir antídotos contra el suicidio institucional.
Esa desalienación afectiva con el funcionamiento de la democracia liberal capturada por estudios de opinión pública como el Latinobarómetro, podría suponer una resistencia de los electores para expresar su voto, cuando no un endoso mayoritario, más o menos silencioso, a la quiebra de las reglas de juego establecidas. Ejemplo de ello podría ser la pasividad frente al boicot del transporte público a los electores promovido por empresarios e intendentes afiliados a la ultraderecha.

Como advertía el politólogo Juan Linz al estudiar el origen de las dictaduras del siglo XX y sus sucesores contemporáneos Steve Levitsky y Daniel Ziblatt al analizar el siglo XXI, las democracias mueren, sobre todo, por la apatía y la complicidad de los sectores que, si bien no proponen la autocracia, no hacen nada para detenerla.
En este marco, y envalentonado por el tsunami de parlamentarios de ultraderecha que tomarán posesión en 2027, una mayoría de gobernadores alineados con sus directrices, un poder judicial desprestigiado y parcialmente cooptado por jueces simpatizantes y su liderazgo electoral en la primera vuelta, Flavio Bolsonaro no dudó en ventilar públicamente sus planes. Estos se basaban en revisar la Constitución, cortar gastos sociales, promover la política de rearme civil y represión violenta de su padre, y limpiar la Justicia de no alineados. Se trata del menú utilizado, con más o menos éxito, por sus socios de la cofradía neoconservadora en EEUU, El Salvador o Hungría.
No se trataría de dar un golpe de Estado con militares o revoluciones violentas, aunque los militantes bolsonaristas lo intentaron en enero 2023 tras perder la presidencia. Se trataría de derrocar la democracia de forma gradual, legal y desde dentro mediante la subversión del sistema con las propias herramientas de la democracia.
La estética del borrón y cuenta nueva, junto con la glamurización de políticas de choque de Flavio Bolsonaro, parecían hablar fluidamente con el cinismo político, la desconexión social y la suspensión cognitiva, características de sus electores, fanáticos o inclinados por su candidatura, para oponerse a un eterno Lula. Sin duda, aquellas propuestas resuenan ante la amplia inclinación antidemocrática vigente en Brasil que lo distingue del resto de sus vecinos, como Argentina, Uruguay o Chile.
Sin embargo, en la segunda vuelta gran parte de la sociedad brasileña recordó que existe un actor generalmente desarticulado, desmovilizado, fragmentado, pero esencial por detrás del resurgir democrático o la neutralización de las autocracias: la sociedad civil en acción. La imagen de ancianos legalmente exceptuados de votar llegando a los centros de votación, de indígenas y pobladores ribereños atravesando ríos en botes precarios para hacer valer su voto, de trabajadores rurales caminando hasta los pueblos y de autobuses y subterráneos de las grandes urbes abarrotados de ciudadanos yendo a ejercer su derecho electoral resumió ese cuadro. La abstención y los votos inválidos del balotaje fueron menores que en la primera vuelta, algo inédito en el país y causa fundamental para el triunfo de Lula sobre Bolsonaro.
Pero la fuerza de la sociedad civil también tuvo otras dimensiones. Por un lado, una movilización digital inesperada para las fuerzas progresistas, bajo el rótulo (conveniente y preocupantemente militarista) de “Ejército de Lula”. Esta comunidad de Whatsapp consiguió reclutar a más de diez millones de adeptos en menos de tres semanas para educarlos en cómo usar los algoritmos a favor de la candidatura que levantaba la Constitución como estandarte.
Por otro lado, una masiva, pacífica, festiva y constante presencia en las calles de simpatizantes del PT, pero también de independientes y movilizados orgánicamente, excediendo el caudal de -hoy en día escasos- militantes de tiempo completo y lejos de toda obediencia partidaria. Ocupar las calles fue la contrapartida de ocupar las redes sociales, y, por ende, inundó los titulares de todos los medios de comunicación, virtuales y convencionales, generando un círculo virtuoso de motivación y sentido de eficacia política.
A metros del abismo civilizatorio que podría representar el vaciamiento democrático y la entronización del autoritarismo por la vía electoral, la sociedad civil movilizada fue la clave para entender cómo se puede evitar el suicidio político de nuestros sistemas y la preservación de un orden inclusivo, plural, no violento e institucionalizado.










