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Apaguemos los incendios para detener el cambio climático

Coautores  Celso H. L. Silva-Junior, Marcus Vinicius Silveira, Liana Anderson

Un día de principios de agosto de 2015, Yara de Paula, residente del Área de Protección Ambiental Raimundo Irineu Serra, en el estado brasileño de Acre, llegó a su casa con su recién nacida cuando el cielo ya estaba gris por el hollín. En minutos el fuego estaba a metros de su casa. Para detener el humo tapó los huecos en ventanas y puertas con toallas mojadas mientras su esposo contenía las llamas con cubos de agua. El incendio afortunadamente no quemó su vivienda, pero desde entonces, Yara y su hija sufren de bronquitis asmática crónica. Este incendio en la Amazonía no es un caso aislado. En junio de 2022, solo en el estado de Acre se mapearon 196 km² de áreas quemadas en zonas ya deforestadas, un número que viene en aumento en los últimos años.

Estos incendios en la selva amazónica han causado un gran aumento en los ingresos hospitalarios por problemas respiratorios. De hecho, la esperanza de vida en la región occidental de la Amazonía es hasta tres años menor que la de las personas que viven en otras partes del país, incluso en comparación con los grandes centros urbanos.

Además de los problemas de salud, estos incendios no solo conducen a la pérdida de producción agrícola, sino que también arrasan con más de 8.000 km² de bosques al año, perdiendo, así, una de las mayores capacidades para mitigar el cambio climático: el estoque de carbono en la cuenca del Amazonas. Es decir, se pierde la capacidad de almacenar este gas de efecto invernadero. Pero hay otros impactos, estas florestas se empobrecen en términos de biodiversidad y ni siquiera logran recuperarse totalmente a largo plazo.

Un círculo vicioso de consecuencias catastróficas

El fuego y la deforestación están acabando con la mayor selva tropical del mundo. Esto está acelerando el cambio climático, haciendo que el clima en esta región sea más seco y caluroso, y llevando a que los bosques sean más vulnerables a los incendios. Esto ha generado un círculo vicioso, en el que el cambio climático hace que los bosques tropicales sean más vulnerables a los incendios, y el fuego, cada vez más presente, aumenta las emisiones de CO₂, lo que implica que empeore el cambio climático y el clima local y regional.

Los registros de incendios en la Amazonía baten récords año tras año. Entre 1985 y 2020 se quemó aproximadamente el 16% del bioma. De media, se queman más de 65.000 km² al año en la Amazonía brasileña, una superficie mayor a la de Costa Rica. Además, gran parte de estos incendios alcanzan a los bosques nativos, algo sorprendente teniendo en cuenta que el Amazonas está formado, en su mayoría, por selva tropical donde el fuego difícilmente se produciría de forma natural y menos aún se propagaría.

Sin embargo, el cambio climático ha golpeado con fuerza a la región y el incremento de la temperatura en algunas regiones como el suroeste de la Amazonía alcanza los 2,5 °C durante los meses de estación seca. En la región oriental, por otro lado, la lluvia ha disminuido en más de 30% durante los meses más secos del año. Además, las sequías extremas son cada vez más frecuentes (en este siglo han ocurrido cada 5 años), lo que hace que se quemen mayores áreas de bosque, y la que queda sana sea cada vez más vulnerable a los incendios.  

En el pasado, Brasil demostró que es posible disminuir la deforestación en la Amazonía brasileña, principalmente a través de la implementación en 2004 del Plan de Acción para la Prevención y el Control de la Deforestación en la Amazonía (PPCDAm). Sin embargo, también ha demostrado que el avance en la agenda ambiental es frágil y muy susceptible al escenario político. De hecho, los reveses de los últimos años han llevado a que en 2021 se diera la mayor tasa de deforestación en la Amazonía brasileña de los últimos 15 años.

Los incendios forestales contribuyen al aumento de CO₂

De todos los impactos negativos, quizá el de mayor preocupación sea la contribución de los incendios forestales al incremento de CO₂ en la atmósfera, lo cual tiene un impacto directo en el cambio climático. A diferencia de la deforestación, el fuego no lleva a que la tierra cambie necesariamente de uso. El bosque puede arder y seguir en pie, pero sin las características del bosque sano y emitiendo carbono a la atmósfera durante décadas.

Otro efecto es que estos bosques aminoran su capacidad de bombear agua a la atmósfera. Esto es parte importante del ciclo hidrológico, ya que contribuye con la lluvia que es fundamental, tanto para las áreas agrícolas de Brasil, Uruguay y Argentina como para la generación de energía hidroeléctrica.

Esta emisión, que no está asociada directamente a la deforestación, puede representar una cantidad superior a la mitad de la que produce la deforestación de los bosques primarios durante los años de sequía. Por lo tanto, la creciente susceptibilidad a los incendios generados por sequías y la proyección de condiciones futuras más secas hacen que las emisiones de carbono en la Amazonía estén dominadas por los incendios forestales. A esto se suma que, una vez que el medio ambiente se vuelve más inflamable, se acrecienta la probabilidad de que los incendios intencionales (tradicionalmente utilizados de forma controlada por las comunidades locales) alcancen a los bosques adyacentes.

Cambiar esta tendencia es fundamental tanto para mitigar el cambio climático como para adaptarse a él a escala mundial. Pero la búsqueda de soluciones debe tener en cuenta las principales razones que llevan al uso intenso de los incendios en la región: la deforestación ilegal y el mantenimiento de los pastos.

Por ello, invertir en recursos para promover alternativas al uso del fuego en la agricultura es fundamental para prevenir los incendios forestales en la Amazonía. Se estima que, en promedio, un tercio del área total quemada anualmente en la Amazonía corresponde a áreas agrícolas. En la Amazonía brasileña, la gran mayoría de las áreas agrícolas corresponden a zonas de pastoreo gestionadas con baja tecnología y conocimientos técnicos, lo que significa que el fuego se utiliza a menudo para la renovación de los pastos degradados, y con ello los riesgos de incendios forestales se incrementan.

En Brasil, el uso del fuego en la agricultura está prohibido por ley, salvo en los casos de agricultura de subsistencia, y requiere la aprobación del organismo medioambiental. En 2020, a pesar de que el Gobierno estableció un decreto que prohibía a los organismos su autorización durante 120 días, los incendios se mantuvieron en los altos niveles de 2019. Esto demuestra que el uso del fuego en la región es mayormente ilegal y recibe poca supervisión. Por ello, la lucha contra la ilegalidad debe alinearse con la ampliación de la asistencia a los productores rurales para fomentar prácticas sostenibles que agranden la productividad a fin de sustituir el uso del fuego.

Brasil debe adoptar medidas urgentes para romper el círculo vicioso en el que el fuego está transformando el entorno en su propio combustible. Las repercusiones socioeconómicas y medioambientales de los incendios forestales son amplias, por lo que no modificar esta situación supone ir en contra de lo que se espera de una nación comprometida con el desarrollo sostenible.

Ana Carolina M. Pessôa es bióloga e investigadora asistente en el Centro Nacional de Monitoreo y Alertas de Desastres Naturales, de Brasil. Doctora en teledetección.

 Celso H. L. Silva-Junior es ingeniero ambiental e investigador posdoctoral en el Instituto de Medio Ambiente y Sostenibilidad de la Universidad de California, Los Ángeles | UCLA, EE. UU. Doctor en teledetección.

Marcus Vinicius Silveira es ingeniero forestal. Estudiante de doctorado en teledetección en el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), de Brasil. 

Liana Anderson es bióloga e investigadora del Centro Nacional de Monitoreo y Alertas de Desastres Naturales (Cemaden), de Brasil.

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