Mientras en países desarrollados la productividad impulsa empleo de calidad, en América Latina el avance tecnológico está aumentando la eficiencia al costo de más informalidad y menos trabajo formal.
La violencia opera como un “impuesto oculto” que le cuesta a América Latina 3,5% del PIB y estrangula inversión, productividad y desarrollo, convirtiendo la seguridad en la gran política económica pendiente de la región.
América Latina enfrenta el riesgo de una nueva “década perdida”, con un crecimiento regional estancado y desafíos estructurales que amenazan su desarrollo económico y social.
La pasividad de América Latina ante el colapso del orden multilateral amenaza con dejar a la región sin defensa frente a las políticas económicas arbitrarias y dominantes de Estados Unidos.
América Latina sigue atrapada en un modelo primario-exportador que la condena a la dependencia, la fuga de cerebros y la pérdida de oportunidades en la economía del conocimiento.