Perú no es un país polarizado en sentido estructural, sino una democracia fragmentada y volátil donde abundan los vetos y faltan proyectos capaces de ordenar la competencia política.
El avance de las nuevas derechas en América Latina no se explica solo por ciclos ideológicos, sino por su capacidad de transformar el malestar social profundo y anómico en proyecto político.
La polarización afectiva, ya arraigada en México y la región, está erosionando las instituciones y convirtiendo el disenso democrático en un conflicto emocional que dificulta el diálogo y la convivencia cívica.
La histórica condena de Jair Bolsonaro a 27 años de prisión marca un punto de quiebre en Brasil, entre la persistente polarización y la necesidad de una desintoxicación política y democrática.
Mientras las redes sociales se presentan como territorios de libertad y autenticidad juvenil, plataformas como Discord, TikTok y Reddit se han transformado en fábricas de identidad atravesadas por la polarización y el odio.