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Chile: se deshizo el espejismo

Hay veces en que uno detesta haber acertado en el análisis. Lo cierto es que deja un amargo sabor de boca el resultado del plebiscito sobre la nueva Constitución en Chile este pasado 4 de septiembre. La derrota de los partidarios de su aprobación ha sido demasiado abrumadora (dos tercios de los votos frente al tercio restante). Tal vez hubiera sido mejor un resultado más estrecho. Pero debo reconocer que el contenido de un viejo artículo sobre la victoria de Gabriel Boric en las elecciones presidenciales de fines de 2021, en el que me preguntaba si no estaríamos ante un nuevo espejismo en Chile, conducía a anticipar el abultado resultado de este plebiscito.

La observación que hice en aquel entonces refería a una cierta interpretación de la clara victoria de Boric que, a mi juicio, podía “convertirse en un nuevo espejismo de la realidad social chilena”. Según aquella interpretación optimista, esa victoria representaba una enorme marea electoral que recogía intacto el espíritu de las protestas de 2019 sobre la base de unas generaciones más jóvenes que superaban las aspiraciones de la Concertación y formaban una amplia base electoral en la que podría apoyarse el presidente más joven de América Latina.

Mi reparo principal se refería a la dimensión de esa base electoral de apoyo. Dado que solo había votado el 56% del electorado y Boric había obtenido el 55% de esos votantes, eso significaba que el presidente electo contaba con apenas el 27% del total del electorado. Pero además esa votación tenía que ver con la segunda vuelta, y los estudios de opinión indicaban que un 70% de los casi tres millones de votos que se sumaron a su candidatura en esa segunda ronda procedían de otros partidos (de centroizquierda), que no seguirían a Boric en el futuro. Es decir, que su “amplia marea electoral” no alcanzaba ni a un cuarto del electorado.

Mi otra observación aludía a la idea de que el apoyo a Boric era producto directo del espíritu imparable del estallido social del 2019. Los sondeos de opinión mostraban que el apoyo a lo sucedido durante ese año era bastante menor de lo supuesto. Varios observadores en el país señalaron que esos hechos habían sido “sobrefestejados”: más de la mitad de la población chilena tenía una visión crítica de lo sucedido.

Es cierto que la victoria de Boric se asociaba bien con una elección (con poca participación) de los compromisarios a la convención constituyente. Y también era lógico que esa convención emitiera un texto constitucional que reflejara la cultura política de los seguidores de la plataforma electoral del nuevo presidente. 

Sin embargo, tanto el proceso como el texto resultante no han podido evitar que muchas voces progresistas lo hayan tildado de partidista. Pronto fue evidente que el marcado sesgo político del nuevo texto constitucional levantaba un creciente rechazo no solo entre las fuerzas conservadoras, sino también entre los sectores de centroizquierda que habían apoyado la candidatura de Boric frente al contendiente de la derecha, José Antonio Kast. Creo que existe una clara mayoría acerca de que hay que superar la Constitución procedente de la dictadura de Pinochet, pero de una forma mucho más amplia que permita gobernar tanto a progresistas como a conservadores.

Ante la evidencia de que la opinión pública se dividía en torno a la propuesta de una nueva Constitución, entre los partidarios de Boric también surgió una divergencia notable: por un lado, los partidarios de negociar una salida alternativa cuanto antes y, por el otro, quienes, presos del espejismo de poseer esa supuesta amplia base electoral, se inclinaron por poner toda la carne en el asador a favor de la campaña de aprobación del texto constitucional. 

La decisión del presidente Boric de inclinarse hacia esta segunda opción parece indicar que podría haberse contagiado del espejismo político que alimentaba la izquierda radical, coreada, por cierto, por esa izquierda en toda la región. El presidente hubiera podido mantener una relativa neutralidad en la campaña directa, pero ha optado por combatir en primera fila a favor de la aprobación de la propuesta constitucional. Ahora deberá pagar el costo político.

En todo caso, lo sucedido en Chile muestra los tradicionales riesgos del vanguardismo, tan conocidos en la región. Una lectura fría de la coyuntura chilena refleja que, tanto en el fondo como en la forma, la explosión de 2019 fue aprovechada por una izquierda radical que se desprendió del resto del país para dar un gran salto adelante. Y tres años después, el Chile profundo, lastrado por un enorme bolsón de población apolítica (que esta vez estuvo obligado a votar) acentuadamente asustado, se lo está cobrando. 

Como afirma el analista Ernesto Ottone, el resultado del plebiscito reivindica el verdadero sentido de la propuesta progresista, aquella que es capaz de halar el conjunto del país, midiendo el ritmo que ello requiere, sin dar saltos vanguardistas de alto riesgo.

Resulta difícil anticipar el impacto que tendrá esta abultada derrota en el gobierno del presidente Boric. No obstante, parece probable que no será un efecto despreciable ni pasajero, sobre todo a la vista de que las encuestas mostraban ya un descenso de su popularidad por varios errores gubernamentales, que muchos observadores achacan a la falta de experiencia en el manejo de la administración pública. Mientras, se extiende la preocupación en círculos progresistas chilenos de que lo sucedido pueda significar un creciente vuelco electoral hacia la derecha.

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Enrique Gomáriz Moraga ha sido investigador de FLACSO en Chile y otros países de la región. Fue consultor de agencias internacionales (PNUD, IDRC, BID). Estudió Sociología Política en la Univ. de Leeds (Inglaterra) con orientación de R. Miliband.

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