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Igualdad de género: ¿el fin de la historia?

Aunque se registran progresos claros en distintos ámbitos, persisten brechas estructurales y percepciones divergentes que evidencian tensiones aún no resueltas.

Hace treinta y cinco años, la consagración de la democracia electoral en una avasalladora cantidad de países era considerada como el fin de la historia en materia de cómo organizar el conflicto y los intereses colectivos en nuestras sociedades complejas. La solución democrática surgía como modelo incuestionable y aspiración predominante en el Norte y Sur global, así como en Oriente, siguiendo los pasos de Occidente.

En las formas y las normas, el favoritismo por el método democrático imperaba como consenso conceptual y procedimiento preferido en la práctica. Para varios intelectuales como Francis Fukuyama, ello representaba la liquidación de la disputa entre sistemas alternativos de legitimación política, orden público y generación de bienestar. El triunfo de la democracia representaba simbólicamente el “fin de la historia”, ya que todos los países concordaban en llegar al mismo destino.

Hasta allí también llegaba ese relato sobre la entronización de una única salida para todas las sociedades como objetivo deseado de común acuerdo, dado que ese consenso convivía con una infinidad de anomalías poco democráticas al nivel cotidiano e institucional. Quizá las de alcance más extendido y por lo tanto más ofensivas fueran las fuertísimas desigualdades de género existentes en la política, el trabajo y la vida hogareña. No menos cuestionador de la vitalidad y salubridad del consenso democrático era la vigencia de un sentido común naturalizando tamañas asimetrías entre hombres y mujeres en las oportunidades y recompensas encontradas por cada género en dichas dimensiones de la vida.

Una democracia a medias

De hecho, las populares y esperanzadas transiciones hacia la democracia de la última década del siglo XX se caracterizaron por coincidir con parlamentos nacionales que carecían de mujeres, gobiernos provinciales o municipales vacíos de presencia femenina, una vida corporativa establecida como un ghetto masculino y un mundo doméstico monopolizador y agotador de las energías femeninas. Sociedades donde las mujeres, universo siempre mayoritario de las naciones, resultaban excluidas de las altas instancias de decisión privada o pública y se mantenían sumergidas tan sólo en el cotidiano casero.

Este fenomeno contenía una interpelación sobre de la autenticidad y legitimidad del proceso democratizador de aquel momento. También revelaba la naturaleza verticalizada de dichas transiciones. La democratización política ocurría menos como expresión de una igualación y empoderamiento previos de las mayorías en áreas substantivas y más como acuerdos entre determinadas elites o como fruto de la movilización y articulación de minorías específicas: básicamente hombres blancos de clase media alta o alta.  

Que esos cambios pro-democracia se consolidasen dependió -en no poca medida también- de la capacidad de los nuevos regímenes de expandir esa representación y obtener resultados palpables significativos para las mayorías, incluyendo la mayoría femenina de la población. Paradójicamente, más de tres décadas después, los datos de opinión pública sugieren que, si por un lado, han tenido lugar importantes progresos rumbo a la igualdad de género, por otro lado, se ha debilitado la popularidad de la democracia como forma de organizar políticamente y dar respuestas a los problemas de nuestras sociedades.

Encuestas realizadas por la consultora Market Analysis en Brasil y la red WIN (Worldwide Independent Network) en otros 40 países con casi 44 mil adultos, incluyendo varias naciones de Latinoamérica, confirman la percepción de dichos avances en reconocer a la mayoría de las mujeres como actores de relevancia en las esferas que extrapolan el ámbito hogareño, al mismo tiempo que se alivia su inmersión exclusiva en el cuidado de la casa. A lo largo de la última década, la diferencia de percepción de mayor igualdad de género en el mundo laboral y profesional triplicó y se multiplicó por 20 en el terreno de la política.

La desigual igualación

El crecimiento en la sensación de igualdad es una buena noticia e indica que para 72% de todos los consultados hoy existe una distribución más equitativa de la carga hogareña y para el 66% que las mujeres han conquistado más paridad en el universo corporativo. ¿Quiere decir entonces que llegamos a un consenso?

Si es verdad que la opinión pública sobre igualdad de género se ha movido en una misma dirección, reconociendo progresos importantes, también es clara la brecha existente entre como mujeres y hombres perciben esos avances. Tanto en la vida profesional como política hay una distancia de 10 a 11 puntos porcentuales entre ambos respecto de su lectura de igualación, con un marcado sesgo masculino al optimismo.

En definitiva, la realidad percibida por el público femenino dista de ser pareja con  la que los hombres tienen sobre la equidad de género. Ello revela importantes tensiones a negociar y una disputa a cielo abierto sobre la narrativa de la calidad y alcance de la democratización concretamente conseguida. Más allá del derecho al voto, a la inserción en el mercado de trabajo y estudio y otras prerrogativas pobremente disponibles cuando las transiciones arrancaron.

Los estudios de opinión pública también indican que la experiencia de la vida adulta enseña a moderar lecturas ingenuas o extremamente optimistas de la juventud sobre el balance de conquistas obtenidas y aún pendientes para las mujeres. Las jóvenes brasileñas de 18 a 24 años tienden a exagerar su diagnóstico de igualdad de género en el ámbito profesional al punto de superar a los hombres en su optimismo. Sin embargo, todo cambia a partir de los 25 años cuando ocurre la plena inserción en el mundo del trabajo y las desigualdades para las mujeres respecto de los hombres se vuelven tangibles y diarias.

La democratización iniciada varias décadas atrás puede haber extraviado algo de la fé pública de los ciudadanos en las instituciones políticas y la dinámica republicana de resolver conflictos y generar soluciones para las sociedades. Pero sí puede reconocérsele que ha sido capaz de suavizar las diferencias en desigualdad entre géneros y motorizar la sensación de empoderamiento e inclusión entre las mujeres.

Aún queda terreno por avanzar, y el escepticismo realista femenino parece asimilar adecuadamente los entusiasmos sin dejar de reconocer los logros. Con todo, es parte de la historia satisfactoria de nuestras democracias haber permitido los progresos conquistados y facilitado que ciudadanos y ciudadanas entiendan y reconozcan que -de hecho- han existido mejoras en las condiciones de participación de la vida política, profesional y hogareña de las mujeres, situaciones que brillaban por su ausencia 35 años atrás. 

A pesar de los consensos que reúnen a mayorías optimistas a lo largo y ancho del globo, aún falta para equiparar todas las condiciones de juego y sus resultados para ambos géneros. Más que el fin de una historia, es -aún- una historia por escribirse.

Autor

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Fabián Echegaray es director de Market Analysis, consultora de opinión pública con sede en Brasil, y actual presidente de WAPOR Latinoamérica, capítulo regional de la asociación mundial de estudios de opinión pública: www.waporlatinoamerica.org.

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