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La creciente distancia ideacional entre América Latina y la Unión Europea

En la próxima cumbre con América Latina y el Caribe, la Unión Europea (UE) lanzará la Ruta 2023 como respuesta a la Franja y la Ruta de China y al plan de infraestructura, el 3BWorld, que propone EE. UU. a la región. Pero Bruselas difícilmente puede competir con las “rutas” que idearon China y EE. UU. para América Latina al haber perdido presencia desde la primera cumbre birregional en 1999, cuando la UE era el segundo socio comercial y su principal inversor y cooperante.

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), apenas el 9,8% de las exportaciones latinoamericanas tienen como destino la UE en 2020-2021, lo cual implica un gran descenso desde la histórica segunda posición, bajando a la quinta tras EE. UU (42,5%), China (15,4%), América Latina (14,5%) y otros países de Asia (10,4%). Este mismo quinto puesto ocupa la UE como región de procedencia de las importaciones latinoamericanas.

Aunque el stock de capital extranjero en América Latina procede mayoritariamente de Europa, China está aumentando sus inversiones en la región y la UE las está bajando. Esto, debido a que como la mayoría de los países latinoamericanos pertenecen al grupo de países de renta media-alta, la UE ha reducido sus aportaciones al desarrollo en comparación con regiones como África o Asia.

La escasa presencia material de la UE en América Latina y el Caribe contrasta con su peso ideacional. La gran ventaja de la UE frente a China y Estados Unidos ha sido, hasta ahora, la comunidad de valores que pretendió crear, desde una perspectiva horizontal e interregional, con América Latina y el Caribe.

No obstante, la convergencia de valores también está en riesgo desde que ambas regiones se han visto inmersas en un nuevo juego geopolítico que exige un mayor realismo en sus proyecciones exteriores y que va en detrimento de principios liberales como la democracia, el desarrollo o la paz que inspiraron una asociación estratégica europeo-latinoamericana, que fue creada en 1999 en Río de Janeiro.

Desde el comienzo del diálogo en los ochenta, América Latina y la UE comparten la dependencia de EE. UU. y la búsqueda de una mayor autonomía en política exterior. Ambas regiones son actores fragmentados con una limitada capacidad decisoria e influencia internacional. A pesar de los grandes avances, la UE solo actúa con una sola voz en el ámbito comercial, y América Latina raras veces se presenta unida o adopta posiciones comunes en el escenario global.

A pesar de ello, el regionalismo ha sido exitoso como fórmula para buscar una posición internacional más independiente (de EE. UU.). Esto ha sido más complejo tras la invasión de Rusia en Ucrania, obligando a la región a posicionarse junto a EE. UU. y a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) o, por lo contrario, junto a los Brics y, con ello, a China y a Rusia. Esta polarización internacional obliga a América Latina y a la UE a pronunciarse a favor de uno u otro lado, sin buscar un enfrentamiento con China, que es el segundo socio comercial de ambas regiones. Este delicado equilibrio ha alterado la agenda europeo-latinoamericana: por un lado, causó un alejamiento mutuo y, por el otro, un menor compromiso para construir una comunidad de valores.

Si este proyecto estaba en construcción, a partir de la guerra en Ucrania ha comenzado a desarticularse por diferencias de fondo. Aunque solo cuatro países (Bolivia, Cuba, El Salvador y Nicaragua) se abstuvieron en la votación de las Naciones Unidas para condenar la invasión de Rusia, las interpretaciones son divergentes. Brasil y México rechazaron las sanciones contra Rusia y el apoyo militar a Ucrania.

Las razones evidentes: las intervenciones militares de EE. UU. y la injerencia en asuntos internos creó una aversión casi unánime contra estas acciones unilaterales no consagradas por el Consejo de Seguridad. Otra razón es la creación de la zona de paz en América Latina. Un tercer motivo sería la lejanía geográfica, y un cuarto, la creciente cooperación con China que reclama neutralidad y presentó un plan de paz que algunos países apoyan.

Contrario a la lectura de que China sea solo un actor económico en la región, su ascenso también implicó una mayor afinidad política. Sudamérica, con Brasil a la cabeza, concentra sus relaciones económicas en China como efecto de los Brics y de la cooperación sur-sur que promueve el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, entre otras cosas, para conseguir un asiento permanente en el Consejo de Seguridad.

La Cumbre Celac-China, prevista para 2024, afirmaría una creciente presencia e influencia política y cultural del país asiático en una región tradicionalmente dependiente de EE.UU. Desde 2006 se crearon institutos Confucio en 23 países latinoamericanos, y el presidente Xi Jinping realizó 13 visitas a la región. Cuba, Nicaragua y Venezuela (países sancionados por EE.UU.) han tenido como aliados principales a China y a Rusia.

Rusia mantiene estrechas relaciones con Cuba y Venezuela, pero, aparte del grupo de países “rebeldes”, Brasil, e incluso México, han demostrado cierta afinidad con China y mantienen relaciones con la Rusia de Vladímir Putin.

La estrecha cooperación entre Sudamérica y China contrasta con una visión mucho más distante por parte de la UE que mantiene el diálogo y la cooperación con China, país al que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha tildado de “rival sistemático y competidor económico”, pero también como un socio de cooperación del que no hay que “desacoplarse”.

Esta relación ambigua contrasta con la abierta hostilidad entre la UE y Rusia, y las relaciones, antes calificadas de estratégicas, que merecieron dos cumbres anuales, están en un punto cero, pues han estado marcadas por las sanciones y la amenaza nuclear del presidente Putin frente a la OTAN.

Reconstruir el consenso en temas internacionales en los que antes existía una mayor convergencia sería un objetivo importante de la Cumbre UE-AL-Caribe en 2023. La guerra en Ucrania ha obligado a una lectura más “realista” de la política exterior de la UE que se evidenció en el reclamo de Josep Borrell de que la UE aprenda el juego del poder duro.

Del lado latinoamericano, la creación de los Brics y su desarrollo posterior en las últimas dos décadas han cambiado el posicionamiento geopolítico de la región que, por interdependencias económicas, asimétricas con China, y un mayor compromiso político con Rusia, ha supuesto un mayor distanciamiento de Europa y EE.UU. La comunidad de valores liberales continúa, pero se ha debilitado frente a los nuevos desafíos internacionales.

Reactivar el consenso en torno al poder blando y los valores liberales, reforzando el multilateralismo, la búsqueda de paz entre Ucrania y Rusia, el desarrollo sostenible o la creación de bloques regionales, es una necesidad para recuperar los fundamentos de las relaciones entre América Latina y Europa.

La cumbre de 2023 debería dar algunas respuestas a este desafío. Ello implica un cambio de perspectiva por parte de la UE que, en vez de percibir a América Latina como un asunto español o un receptor de fondos, debería darse cuenta del peso que suponen 33 países con los que se pueden construir consensos mucho más difíciles de alcanzar que con otras regiones.

Solo un diálogo más sincero que reconozca las diferencias e intente construir consensos puede evitar el declive de la tradicional afinidad de valores que marcaba la diferencia de América con otras regiones como África o Asia.

Autor

Profesora de Ciencia Política y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Investigadora senior asociada de CIDOB (Barcelona). Doctora en Ciencia Política por la Universidad de Hamburgo.

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