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Las remesas sostienen economías, pero vacían hogares

Mientras las remesas baten récords y alivian las economías de muchos países de la región, millones de hogares latinoamericanos se reconfiguran en torno a una ausencia que deja huellas sociales, educativas y emocionales.

Según Naciones Unidas, más de 43 millones de latinoamericanos viven fuera de su país de origen, casi el doble que a inicios de los años noventa. Esto significa que casi uno de cada siete migrantes del mundo proviene de América Latina y el Caribe. Millones de personas abandonan sus países buscando oportunidades que sus economías no pueden ofrecer. Desde Estados Unidos hasta Europa, quienes logran establecerse en el exterior envían dinero a casa y sostienen a sus familias. En términos económicos, el fenómeno parece incluso virtuoso, pues las remesas se han convertido en uno de los flujos financieros más importantes para la región.

Según el Banco Mundial, América Latina y el Caribe recibieron más de 155.000 millones de dólares en remesas en 2023, una cifra récord que continúa creciendo cada año. En algunos casos, las remesas representan más del 20% del PIB nacional. Sin embargo, medir la migración únicamente en términos de dinero es una forma incompleta de entender el fenómeno. Las transferencias financieras sostienen el consumo familiar, pero no reemplazan la presencia de quienes se fueron. En muchos hogares latinoamericanos el dinero llega puntualmente cada mes, pero la vida cotidiana se reorganiza alrededor de una ausencia permanente.

Esta transformación ha dado lugar a lo que los sociólogos llaman familias transnacionales, es decir, núcleos familiares repartidos entre varios países que mantienen sus vínculos a través de tecnología y contactos esporádicos. Padres que trabajan en otro continente mientras sus hijos crecen con abuelos o tíos, parejas que pasan años separadas, niños que ven a sus padres solo en vacaciones. Un informe de UNICEF sobre niños que permanecen en sus países mientras sus padres migran señala que, en varios países de América Latina y el Caribe, entre el 7% y el 21% de los menores viven con al menos uno de sus padres en el extranjero. La migración puede mejorar el ingreso familiar, pero los estudios sobre sus efectos sociales muestran una realidad más compleja. UNICEF advierte que, aunque el aumento de ingresos puede mejorar las condiciones materiales del hogar, la separación prolongada suele generar efectos psicológicos negativos asociados a la ausencia parental, como ansiedad, sentimientos de abandono o inseguridad emocional.

Estos efectos no siempre aparecen en las estadísticas macroeconómicas, pero sí influyen en el desarrollo cotidiano de niños y adolescentes. La supervisión familiar disminuye, el acompañamiento escolar se vuelve irregular y la autoridad afectiva del hogar se debilita. La escuela pierde así uno de sus principales aliados, la familia. Entonces, diversos estudios regionales muestran que los hogares con migración parental presentan con mayor frecuencia dificultades de seguimiento escolar, especialmente en contextos de bajos ingresos. El problema no es solo académico, también cambia el horizonte de expectativas de los jóvenes. En muchas comunidades latinoamericanas, el mensaje implícito ya no es “estudia para progresar aquí”, sino algo más pragmático: “Estudia lo suficiente para poder irte”.

Ese cambio cultural refleja una diferencia generacional profunda. Las generaciones anteriores crecieron con la expectativa de construir su vida dentro de su propio país. Incluso en contextos de crisis económica, el progreso se concebía como un proceso local, que era estudiar, trabajar, formar una familia y mejorar las condiciones de vida en el mismo territorio. Hoy, para millones de jóvenes latinoamericanos, el éxito se asocia cada vez más con la posibilidad de emigrar. La migración ha dejado de ser una excepción y se ha convertido en una estrategia familiar colectiva. 

Una consecuencia es el impacto en la salud mental juvenil. Según UNICEF, debido a la disminución de productividad y el abandono educativo. Aunque estos problemas tienen múltiples causas, la fragmentación familiar aparece cada vez más como un factor relevante en el bienestar emocional de niños y adolescentes. La ausencia prolongada de figuras parentales no solo afecta al desarrollo emocional, sino también a la capacidad de los jóvenes para construir redes de apoyo estables. En contextos donde la pobreza, la desigualdad y la violencia ya son problemas estructurales, esa fragilidad puede abrir nuevas vulnerabilidades sociales. La relación entre migración y delincuencia juvenil no es directa, pero diversos estudios coinciden en que la ausencia prolongada de supervisión familiar puede aumentar los factores de riesgo, especialmente en barrios donde el Estado tiene una presencia débil y las economías ilegales ofrecen oportunidades inmediatas de ingreso.

La región registra algunas de las tasas de homicidio más altas del mundo. Datos del Banco Interamericano de Desarrollo y de Naciones Unidas muestran que América Latina y el Caribe tienen una tasa de homicidios cercana a 18 por cada 100.000 habitantes, aproximadamente tres veces el promedio global. Además, cerca de la mitad de los homicidios en la región están vinculados al crimen organizado, una proporción muy superior al promedio mundial. En este entorno, las organizaciones criminales han desarrollado una capacidad notable para reclutar a jóvenes en comunidades vulnerables. Las investigaciones de UNICEF sobre violencia urbana muestran que pandillas y redes de narcotráfico incorporan a menores en tareas de vigilancia, transporte de drogas, mensajería e incluso sicariato.

Estos procesos no pueden explicarse únicamente por la fragmentación familiar, pero tampoco pueden analizarse ignorando ese factor. El crimen organizado prospera en contextos donde coinciden tres condiciones: la falta de oportunidades económicas, la debilidad institucional y los entornos sociales vulnerables. Cuando la estructura familiar se debilita, una de las barreras más importantes frente a esos riesgos desaparece. La pandilla ofrece algo que muchos adolescentes buscan desesperadamente, como pertenencia, reconocimiento y una fuente inmediata de ingresos. Por eso, la discusión sobre migración en América Latina necesita ampliarse. Durante años el debate público se ha centrado en las fronteras, la regularización o el impacto económico de las remesas. 

En muchas comunidades rurales y barrios urbanos, una generación completa está creciendo en hogares donde la presencia parental es intermitente o distante. El resultado es una forma de infancia distinta a la que conocieron generaciones anteriores. La región enfrenta así un dilema complejo: por un lado, la migración seguirá siendo una válvula de escape frente a economías incapaces de absorber toda su fuerza laboral, y, por el otro, el costo social de esa movilidad empieza a reflejarse en la cohesión familiar, la educación, la salud mental y, en algunos casos, la seguridad. América Latina necesita empezar a medir la migración no solo en dólares enviados, sino también en vínculos perdidos, hogares fragmentados y generaciones que crecen aprendiendo a vivir con la ausencia. Las remesas sostienen economías, pero las familias sostienen sociedades, y cuando estas últimas se debilitan, el impacto termina extendiéndose mucho más allá de las estadísticas económicas.

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PhD en Automática y Robótica. Ha desarrollado investigaciones en diversas universidades ubicadas en Francia, España y Ecuador, en temas de energía, tecnología y desarrollo. Su línea de trabajo se enfoca en economía social, transformación industrial y evolución educativa.

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