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Alzar la mirada: Roma y el poder de los símbolos

La fotografía que nunca apareció reveló el verdadero poder de la visita de León XIV a España: la capacidad del Vaticano de construir significado incluso desde la ausencia.

Hubo una fotografía que nunca llegó a publicarse.

La reunión entre el papa León XIV y Bad Bunny fue confirmada. Los medios informaron sobre ella. Ocurrió en el Bernabéu, uno de los estadios más mediáticos del mundo, un espacio laico y global donde todo se documenta y nada escapa a los teléfonos. Sin embargo, la imagen que todos esperaban ver nunca apareció.

En una época obsesionada con documentarlo todo, la ausencia de una fotografía terminó convirtiéndose en noticia. Y la pregunta relevante no es por qué no vimos la imagen. La pregunta es qué significado produjo su ausencia.

Esa pregunta conduce a otra más profunda, que la visita del papa a España se encargó de responder con precisión: la Iglesia Católica continúa siendo una de las instituciones más sofisticadas del mundo en la construcción y gestión del poder simbólico. No porque controle la política. No porque controle los medios. Sino porque sigue siendo capaz de producir significado.

La visita fue mucho más que una gira pastoral. Fue un ejercicio de comunicación estratégica a escala global. Y la clave de ese ejercicio no estuvo en lo que se mostró, sino en quién decidía qué se mostraba. La agenda la establecía el Vaticano. Determinaba qué sí, qué no, con quién y en qué escenario. Gobiernos democráticos con todos los recursos del Estado cedieron el control narrativo a una institución sin ejército, sin territorio significativo, sin poder económico comparable al de las grandes potencias. Y lo hicieron voluntariamente. Hasta con gratitud.

Eso no es gestión de comunicaciones. Es poder simbólico.

Mucho antes de las redes sociales, la Iglesia Católica ya entendía que la forma de comunicar puede ser tan importante como el contenido mismo. Cada escenario, cada recorrido, cada encuentro y cada silencio transmitieron mensajes durante esta visita. La fotografía ausente también.

Madrid ofreció el primer acto, y resultó ser más complejo de lo que parecía. En dos días, León XIV habló ante audiencias distintas utilizando registros igualmente distintos: las autoridades en el Palacio Real, los jóvenes en la Plaza de Lima junto al Bernabéu, el millón de fieles en la misa del Corpus en Cibeles, los representantes de la cultura y la economía en el Movistar Arena, y finalmente el Congreso de los Diputados en una sesión histórica. No fue una visita. Fue una campaña de comunicación con segmentación de públicos.

El discurso ante las Cortes fue la pieza más densa y reveladora del viaje madrileño. León XIV se convirtió en el primer Pontífice en tomar la palabra ante el Congreso de los Diputados. Criticó la descalificación permanente del adversario, reclamó una cultura de la reciprocidad, defendió la protección de la vida desde su concepción hasta su ocaso natural y colocó en la misma ecuación moral la protección del no nacido y la del migrante. Nadie pudo apropiarse del mensaje completo. Pedro Sánchez y los líderes de la derecha española compartieron escenario en la misma sala, ante la misma figura, sin que ninguno lo leyera como derrota propia.

En un país donde la polarización política es tan aguda que los líderes apenas coinciden sin que sea noticia de conflicto, eso es poder blando en su expresión más pura: la capacidad que Joseph Nye definió como influir mediante la atracción, la legitimidad y la construcción de significado, sin necesidad de imponer.

Barcelona ofreció el segundo acto, y quizás el más cargado simbólicamente. La jornada comenzó en una prisión femenina y terminaría en la Sagrada Família. Entre ambos escenarios se encuentra buena parte de la gramática simbólica que caracteriza la comunicación del Vaticano.

Ante las reclusas, el Papa dijo algo que dentro de una cárcel adquiere una densidad que ningún discurso puede fabricar: los errores de la vida no determinan la identidad de una persona.

La Sagrada Família merece detenerse. Antoni Gaudí murió hace exactamente un siglo, atropellado por un tranvía, confundido con un mendigo porque nadie lo reconoció en el suelo. Un siglo después, el Papa, los Reyes, el presidente del Gobierno y el president de la Generalitat observaban una cruz iluminándose sobre la torre más alta de la iglesia más alta del mundo mientras drones dibujaban el rostro de Gaudí sobre Barcelona junto a una frase que resumía su legado: primero el amor, luego la técnica. La epopeya de 144 años en construcción encontró ese día su consagración simbólica. Y fue el Papa quien la presidió.

En esa jornada barcelonesa está la gramática de contrastes que define el método comunicacional del Vaticano. La cárcel y la basílica. La invisibilidad y el espectáculo. No son elementos contradictorios en la lógica simbólica de la Iglesia: son pares que se tensionan entre sí y en esa tensión producen significado que ninguna declaración política podría igualar. Roland Barthes sostenía que las sociedades modernas construyen mitologías a través de signos aparentemente cotidianos. En Barcelona convergieron simultáneamente varias de ellas: la redención, la identidad, la creación y la misericordia.

Canarias fue el tercer acto. Y resultó ser la culminación simbólica de todo el viaje.

El Papa llegó al muelle de Arguineguín, conocido durante años como el muelle de la vergüenza desde que en 2020 llegaron a hacinarse casi cuatro mil inmigrantes en plena pandemia. Lo rebautizó el puerto de la esperanza.

El gesto parece sencillo, pero encierra una sofisticada operación comunicacional. Los hechos permanecían intactos. Las embarcaciones seguían llegando. Las tensiones políticas seguían existiendo. Lo que cambió fue el significado atribuido al lugar. León XIV no discutió los datos. Disputó el significado de los datos.

Ante voluntarios de Cruz Roja, capitanes de Salvamento Marítimo, víctimas de trata y familias migrantes, dijo lo que los gobiernos europeos difícilmente podían decir en ese momento: la dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera. La visita ocurrió el día antes de que entrara en vigor el Pacto Europeo de Migración y Asilo, que endurece las condiciones de acogida. El Vaticano sabía la fecha. Pedro Sánchez recibió al Papa a pie de escalerilla. La ministra de Inclusión habló de espaldarazo a las políticas migratorias del Gobierno. Una diputada canaria preguntó en voz alta si se puede aplaudir el discurso del Papa y luego actuar como se estaba actuando. El Papa no intervino directamente en la política. Pero la política terminó reorganizándose alrededor de su mensaje.

León XIV proyecta un estilo comunicacional que merece atención por sí mismo. Primer Papa estadounidense de la historia, pero profundamente influenciado por la experiencia latinoamericana, políglota, cómodo ante los medios y dispuesto a intervenir en asuntos complejos sin aparente temor a la controversia. En el Palacio Real habló con solemnidad institucional. En la Plaza de Lima con los jóvenes se declaró un madrileño más y confesó que tampoco se había aprendido el discurso de memoria. En Arguineguín se inclinó ante la dignidad de quienes llegaban en cayuco. Cada registro, cada gesto y cada elección de escenario comunicó algo que ningún comunicado oficial podría haber dicho.

La Iglesia ha demostrado a lo largo de los siglos una capacidad particular: suele cambiar el lenguaje antes que la doctrina. Lo hizo después de la imprenta, con la radio, con la televisión y con internet. Ahora parece hacerlo nuevamente. Mientras gobiernos, empresas y celebridades compiten diariamente por atención mediante una sobreproducción de contenido, el Vaticano continúa operando con una lógica distinta: la selección. La influencia no depende únicamente de cuánto se comunica, sino de qué se decide comunicar.

Roma ya no gobierna ejércitos ni controla territorios. La antigua capital de un imperio que dominó mediante la fuerza continúa ocupando un lugar central en la conversación global gracias a instrumentos completamente distintos: símbolos, rituales, narrativas y autoridad moral. Cuando el Papa viaja, el mundo sigue mirando. Es una paradoja histórica notable.

Durante siglos, el poder se ha asociado a la capacidad de imponer decisiones. La visita de León XIV a España recordó otra forma de influencia: la capacidad de definir significados. Los imperios gobiernan territorios. Las instituciones duraderas gobiernan imaginarios.

Roma perdió hace siglos sus legiones, sus emperadores y sus provincias. Lo que nunca perdió fue la capacidad de producir símbolos capaces de atravesar fronteras, culturas y generaciones. Quizás por eso una fotografía que nunca llegó a publicarse terminó diciendo tanto. Porque, dos mil años después, Roma sigue dominando una de las artes más antiguas y difíciles de la comunicación humana: decidir qué historia merece ser contada.

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Escritor y consultor en comunicación política e institucional. Analiza política, sociedad y dinámicas de movilidad en América Latina, con énfasis en sus implicaciones institucionales y en la construcción de comunidad política.

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