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La política del descenso

El mayor miedo de la nueva clase media latinoamericana ya no es no ascender, sino perder lo que tanto le costó conseguir.

América Latina enfrenta una paradoja que ayuda a explicar buena parte de sus tensiones políticas actuales. Nunca antes tantos ciudadanos habían logrado abandonar la pobreza y acceder a niveles de consumo, educación y oportunidades que durante décadas estuvieron fuera de su alcance. Sin embargo, pocas veces la región había mostrado niveles tan altos de volatilidad electoral, frustración política y desconfianza hacia sus dirigentes.

Durante las primeras décadas del siglo XXI, la expansión de la clase media fue presentada como uno de los grandes logros latinoamericanos. Millones de hogares accedieron por primera vez a la educación superior, al crédito, a la vivienda propia y a una expectativa de movilidad social que parecía reservada para otros tiempos. La promesa era sencilla: cada generación viviría mejor que la anterior.

Aquella transformación fue real. Pero produjo una consecuencia menos anticipada. La movilidad social transformó a los votantes más rápido de lo que los sistemas políticos lograron adaptarse a ellos.

Esa transformación ayuda a entender lo que podríamos llamar la política del descenso: una forma de comportamiento político marcada menos por la expectativa de ascenso que por el temor a perder lo alcanzado. No se trata de una explicación total de la política latinoamericana, sino de una clave de lectura que ayuda a interpretar fenómenos observables en distintos países de la región.

Durante gran parte del siglo XX, amplios sectores sociales desarrollaron identidades políticas estables. Ser de izquierda, de derecha, peronista, socialdemócrata o nacionalista implicaba una relación duradera con determinadas organizaciones y proyectos. Ese vínculo no ha desaparecido. Pero las ideologías han perdido parte de su capacidad para retener votantes cuando las expectativas económicas entran en tensión.

La política latinoamericana parece estar transitando de una política de pertenencia a una política de expectativa.

La primera etapa de esta transformación estuvo marcada por el ascenso social. La reducción de la pobreza, el acceso al crédito, la expansión educativa y el crecimiento económico permitieron que millones de personas mejoraran sus condiciones de vida. Pero una segunda etapa comenzó a emerger cuando el crecimiento perdió dinamismo, la informalidad persistió y amplios sectores descubrieron que ascender socialmente no era lo mismo que sentirse seguros.

Millones de latinoamericanos ya no se sienten excluidos, pero tampoco completamente protegidos. Han ascendido algunos escalones, pero perciben que una crisis económica, la pérdida del empleo o el aumento del costo de vida podrían hacerlos retroceder. No viven necesariamente la experiencia de la pobreza. Viven la experiencia de la vulnerabilidad.

La pobreza teme al presente. La clase media teme al futuro.

Quien teme al presente busca sobrevivir; quien teme al futuro busca preservar, y de ahí nacen demandas políticas distintas: la primera empuja hacia la inclusión, la segunda hacia la estabilidad. De esa tensión emerge la política del descenso. Es una reacción social ante la percepción de fragilidad que aparece cuando la principal preocupación deja de ser cómo avanzar y pasa a ser cómo evitar retroceder.

Lo que millones de ciudadanos buscan no es necesariamente un salto espectacular en sus condiciones de vida, sino la posibilidad de conservar lo alcanzado: mantener el empleo, conservar la vivienda, garantizar oportunidades para los hijos y proteger una posición social que costó años construir.

Las cifras ayudan a entender por qué esa ansiedad tiene fundamento. Según datos del Banco Mundial, la clase media regional pasó de representar el 35,2% de la población en 2015 al 42,3% en 2024, mientras que la pobreza cayó del 32,8% al 25,5% durante el mismo período. Son los números que sostienen el relato del progreso.

Pero el propio Banco Mundial registra, junto a esos avances, un dato que rara vez se destaca: la proporción de población vulnerable —ingresos por encima de la pobreza pero por debajo de la clase media, expuesta a caer ante cualquier shock económico— prácticamente no se movió en una década. En 2015 representaba el 32,0% de la población regional; en 2024, el 32,2%. Mientras la pobreza retrocedía siete puntos y la clase media avanzaba otros siete, esa franja intermedia permaneció congelada.

Millones de hogares cruzaron el umbral de ingresos sin cruzar el umbral de la seguridad. Ese es, en cifras, el origen exacto de la política del descenso: no la ausencia de progreso, sino un progreso construido sobre una base que millones de ciudadanos perciben —con razón estadística— como frágil.

La ansiedad que surge de esa fragilidad ayuda a explicar fenómenos que, a primera vista, parecen desconectados. La irrupción de liderazgos antisistema, la creciente volatilidad electoral, el debilitamiento de las lealtades partidistas tradicionales y la disposición de amplios sectores a experimentar con opciones políticas muy distintas entre sí son expresiones diversas de una misma preocupación: la incertidumbre sobre el futuro.

Algo similar puede observarse, con matices propios, en Argentina, Brasil, Colombia, Perú o Bolivia. Las respuestas políticas son diferentes. La ansiedad subyacente suele parecerse.

Esto no significa que las identidades ideológicas hayan desaparecido. En muchos países siguen organizando buena parte de la competencia política. Pero cada vez parecen convivir más con una lógica basada en expectativas económicas, percepciones de seguridad y capacidad de preservar lo alcanzado. La política del ascenso premia las promesas. La política de la permanencia premia las garantías.

Cuando las sociedades perciben que avanzan, los ciudadanos suelen mostrar mayor disposición a aceptar sacrificios temporales y proyectos de largo plazo. Cuando aparece el temor al retroceso, las prioridades cambian. Los votantes se vuelven menos pacientes, más exigentes y más dispuestos a cambiar de opción política si consideran que otra alternativa puede proteger mejor lo alcanzado.

Si esa es la ansiedad dominante de una parte creciente de la sociedad latinoamericana, el reto para gobiernos, partidos e instituciones será distinto al de décadas anteriores. No bastará con crear oportunidades de movilidad social. También será necesario ofrecer la seguridad necesaria para que esa movilidad pueda sostenerse en el tiempo. 

Durante décadas, la pregunta central fue cómo ascender. Para una parte creciente de América Latina, la pregunta ahora parece ser otra: cómo permanecer. La respuesta a esa pregunta no definirá únicamente los próximos ciclos electorales. También ayudará a determinar el tipo de contrato social que la región será capaz de construir durante las próximas décadas.

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Escritor y consultor en comunicación política e institucional. Analiza política, sociedad y dinámicas de movilidad en América Latina, con énfasis en sus implicaciones institucionales y en la construcción de comunidad política.

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