El 11 de junio, el Secretario de Estado Marco Rubio incluyó a la empresa estatal Unión Cuba-Petróleo (CUPET), empresa que importa y refina casi todo el combustible que consume la isla, en la lista de entidades bloqueadas por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos. Esta medida prohíbe a cualquier empresa o banco con presencia en el mercado estadounidense operar con dicha empresa. Esa misma semana, una empresa de Florida había cerrado el mayor acuerdo de combustible entre Estados Unidos y Cuba desde 1960, para abastecer al sector privado cubano para lo cual se utilizarían tanques de almacenamiento arrendados a una entidad vinculada a CUPET. Por lo tanto, Washington dedicó cuatro meses a construir una alternativa que luego bloqueó. Y como si fuera poco, las refinerías sancionadas hoy son las mismas que Washington bloqueó hace sesenta años, lo cual terminó moldeando las relaciones de ambos países.
La historia merece recordarse por la gran similitud. En junio de 1960 el Secretario del Tesoro Robert Anderson convocó a ejecutivos de Esso y Texaco para pedirles, en nombre del presidente Eisenhower, que se negaran a refinar el crudo soviético que Castro había trocado por azúcar. Estos aceptaron la solicitud a lo que Castro confiscó las refinerías en cuestión de semanas. Luego Eisenhower recortó la cuota azucarera, las expropiaciones masivas llegan en agosto y el embargo se impuso en octubre.
La presión no quebró la revolución; la empujó hacia el bloque soviético y entregó a Moscú un cliente a noventa millas de Florida, justo lo que Estados Unidos quería evitar. La vieja refinería Belot de Esso opera hoy como Ñico López y la planta de Texaco en Santiago, como Hermanos Díaz. La declaración de Rubio describe estos activos como “ilegalmente expropiados de propietarios estadounidenses”; cierto, pero omite que la expropiación respondió a una instrucción estadounidense para estrangular el suministro de combustible a la isla.
La comparación con Venezuela
Hay dos frentes. Primero, Cuba carece de una oposición organizada como la que María Corina Machado construyó en Venezuela. Segundo, Caracas entró en una transición gestionada porque Washington encontró actores internos capaces de negociarla.
¿Tiene Cuba un perfil semejante? Posiblemente uno. Óscar Pérez-Oliva Fraga, el viceprimer ministro que abrió las importaciones privadas de combustible es considerado como posible sucesor de Díaz-Canel. También resulta ser sobrino bisnieto de Fidel y Raúl Castro, lo cual importaba bastante menos antes de que Washington imputara a Raúl hace tres semanas. Las negociaciones necesitan un interlocutor y Washington está alienando a uno de los pocos disponibles.
La muerte esta semana de Ramiro Valdés agudiza esa paradoja. Con 94 años, Valdés era el último miembro de la generación histórica de la Revolución con vínculos institucionales activos en el aparato de seguridad que él mismo había construido. Con su muerte se cierra el puente entre la generación fundadora y el aparato militar-empresarial que gobierna de facto Cuba. Lo que queda es una estructura sin ancla ideológica ni histórica y con todos los incentivos para resistir cualquier transición que ponga en riesgo sus activos, redes y personas.
Un nuevo bloqueo
En Cuba no hay infeaestructura más allá de la empresa estatal que opera las refinerías, controla las terminales de importación en Matanzas y posee el almacenamiento por donde pasa todo el cargamento que llega a la isla antes de convertirse en electricidad o diésel. El acuerdo que había establecido la empresa de Florida establecía la venta de un cuarto de millón de barriles mensuales solo a compradores privados, sin pasar por el Estado. Pero el bloqueo a CUPET congela el contrato de almacenamiento, que es el único almacenamiento disponible en la isla.
La Corte Suprema falló a favor de ExxonMobil contra CUPET por las confiscaciones de 1960, eliminando su escudo de inmunidad soberana.
La secuencia de la escalada es evidente. El Departamento de Justicia desclasificó la acusación contra Raúl Castro el 20 de mayo. El Tesoro ya había sancionado a GAESA y a Díaz-Canel. El director de la CIA, John Ratcliffe, viajó discretamente a La Habana. El USS Nimitz completó los ejercicios del Caribe, el Secretario de Defensa Pete Hegseth estuvo en Guantánamo el 10 de junio y Rubio anunció que Washington está dispuesto a negociar. La pregunta es: ¿con quién? Washington está empeñado en desacreditar a uno de los pocos funcionarios posicionados para decir que sí.
El 18 de junio, Cuba aprobó 176 medidas que incluyen la banca privada y la inversión extranjera sin empresas conjuntas, descritas por observadores internacionales como la reforma económica más profunda desde la revolución. Washington respondió con nuevas sanciones y rechazó las medidas por no incluir cambios políticos. La apertura económica, por ambiciosa que sea, no alcanza el umbral que Washington ha fijado.
Y aquí está la paradoja que más inquieta. Las expropiaciones ocurrieron, la represión es real y los apagones no son propaganda. Nada de esto se parece a la inteligencia fabricada que precedió a la intervención en Irak. Por lo que cada designación que no mueve a La Habana agrega una línea al expediente que indica que se intentó todo antes de llegar a la guerra.
Las pistas del pasado
El episodio de 1960 ofrece pistas que Washington se niega considerar, aunque la dependencia, esta vez, tiene una dirección diferente. Rusia prometió mil millones en inversión para 2030, juró oponerse a cualquier intervención militar, y logró que llegara apenas un tanquero durante todo el año, con permiso de Washington.
Pero China es otra historia: equipos y financiamiento chinos conectaron 49 parques solares a la red cubana en un año, elevando la generación solar de menos del 6% a más de 20%, con 92 parques comprometidos para 2028. Cada barril que Washington bloquea aumenta el valor de los paneles que China envía. Hace 60 añoos la presión de Eisenhower entregó la dependencia energética de Cuba a la Unión Soviética; la administración de Trump está entregando el futuro energético de la isla a China.
Los apagones desgastan a las panaderías y talleres privados que constituyen el único segmento de la economía cubana con independencia real del Estado. Pero lo que este nuevo bloqueo ha coseguido es: un aparato de seguridad más endurecido, una dependencia más profunda de Beijing, y un interlocutor sin credibilidad para negociar.
El anterior bloqueo de Washington a estas mismas refinerías le costó sesenta años de problemas. Las probabilidades no han mejorado.










