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La factura geopolítica de haber subestimado a América Latina

Mientras Europa postergaba su acercamiento a América Latina, China avanzó silenciosamente hasta convertirse en un actor central de la región.

La reactivación y la concreción del acuerdo UE-Mercosur debe leerse hoy como un acto de contención de daños geopolíticos, más que como un tratado de libre comercio convencional. No se trata simplemente de reducir los aranceles a los bienes primarios, sino de reconstruir un puente transatlántico que sirva de contrapeso a la hegemonía de un actor autocrático en la región como lo es China

Para Europa y América Latina, este momento no es solo una encrucijada geopolítica, sino el despertar de una memoria compartida. Como en las antiguas crónicas de Tolkien, cuando la sombra se alarga y las potencias oscuras parecen dominar el tablero del mundo, la salvación no reside en nuevas estrategias individuales, sino en despertar aquella antigua amistad que nunca dejó de existir.

El aplazamiento sistemático del acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur no representó solo una oportunidad comercial desperdiciada; constituyó, fundamentalmente, uno de los mayores errores de cálculo estratégico de la Europa de la posguerra. Al tratar a América Latina como una periferia predecible —un depósito de materias primas con el cual negociar desde una condescendencia burocrática y pretensiones asimétricas—, Bruselas operó bajo la ilusión de que el tiempo era un recurso infinito y de que la región esperaría indefinidamente en su antecámara.

Esta indiferencia de las últimas décadas representa una anomalía trágica y una abdicación a su propio patrimonio como civilización. A diferencia de otras regiones del mundo, donde las relaciones entre las potencias globales a menudo están mediadas por profundas fracturas de lenguaje, tradición y visión del mundo, el vínculo transatlántico se funda en una matriz compartida. Cuando la Unión Europea le dio la espalda al Mercosur, no estaba ignorando a un actor distante, sino a su propia extensión institucional y cultural en el hemisferio occidental.

Es crucial comprender que esta miopía no atañe exclusivamente a la dinámica interna del Mercosur; refleja, en verdad, una crisis más profunda y estructural en toda la relación entre Europa y América Latina. El Mercosur es la punta de lanza de un vínculo continental que el Cono Sur ha plasmado históricamente a través de las corrientes del pensamiento ilustrado, los debates sobre el constitucionalismo republicano, los límites al poder y los flujos migratorios que transformaron sus principales ciudades en espejos transatlánticos de las metrópolis europeas.

Las instituciones, la tradición jurídica, la organización universitaria y la concepción misma de ciudadano en toda la región no son injertos extraños, sino capítulos de una misma historia intelectual. Al subestimar esta afinidad continental, la diplomacia de la UE olvidó que los valores que hoy intenta defender a escala global —el Estado de derecho, la democracia representativa y las libertades individuales— ya tenían un terreno fértil y natural en América Latina. Lejos de las narrativas que intentan encasillar a la región en categorías colectivas e imprecisas, el bloque comparte un destino común con Occidente, fundado en principios políticos compartidos.

Esta subestimación de la autonomía y del potencial de la región generó un vacío de poder que el pragmatismo de Pekín no dudó en capitalizar. Mientras la Unión Europea se enredaba en debates internos, proteccionismos agrícolas disfrazados de normativas ambientales y una excesiva profesionalización de la desconfianza, China desplegó una estrategia de desembarco silenciosa pero voraz.

El contraste con la irrupción de Pekín vuelve este punto implacable: China entra en la región desprovista de cualquier pretensión de afinidad cultural o comunión de valores; su enfoque es estrictamente transaccional, guiado por un frío pragmatismo extractivo e infraestructural. No busca convencer ni apelar a valores compartidos, sino condicionar. Cuando Europa redescubrió el valor estratégico de la región —obligada por la necesidad de diversificar las cadenas de suministro y garantizar el acceso a minerales críticos—, se encontró frente a un mapa regional donde los principales puertos, las redes ferroviarias, las centrales hidroeléctricas y los contratos de litio ya están en mandarín.

El avance chino en el Cono Sur pone al desnudo la miopía de la diplomacia normativa europea. Pekín no llegó exigiendo reformas institucionales o estándares de gobernanza occidentales; se presentó con financiamiento inmediato, infraestructuras llave en mano y una política de captura de élites (élite capture) que neutralizó las resistencias políticas. Esta penetración no sólo desplazó a Europa en términos de volumen comercial, sino que comenzó a alterar el equilibrio geopolítico, arrebatándole a Occidente un aliado natural que comparte raíces culturales, valores históricos y visiones convergentes del orden global.

Ante el surco excavado por la soberbia de una Europa que prefería sermonear en lugar de cooperar, las capitales del Mercosur se vieron empujadas a aceptar el abrazo del gigante asiático. El pragmatismo material terminó por llenar el vacío dejado por la deserción política del viejo continente.

Por lo tanto, la reactivación y la concreción del acuerdo UE-Mercosur no debe leere como una transacción comercial, sino como una comunidad de destino unida por raíces profundas. Si sabemos mirar más allá de las ataduras del proteccionismo sectorial, redescubriremos que el Atlántico no es una distancia que separa, sino un puente que une. Existe aún el espacio político y estratégico para remendar cada desgarro, recuperar el tiempo perdido y reavivar una alianza natural.

La cooperación transatlántica puede y debe ser el eje de un nuevo equilibrio global: nuestra Nueva Alianza para redefinir la gobernanza del Atlántico Sur, fundada en instituciones sólidas y valores de libertad que el tiempo no ha podido desgastar.

Autor

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Directora de la Licenciatura en Ciencia Politica de la Universidad del CEMA, Argentina. Doctora en Ciencia Política de la Universidad de Cádiz, UCA. Postdoctorado en política latinoamericana, IBEI Instituto Barcelona de Estudios Internacionales.

 

Doctor y responsable del servicio de cooperación europea en IILA, Organización Internacional Ítalo-latinoamericana.

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