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Cuba y los límites del aislamiento

Pese a su profunda crisis económica, Cuba conserva una influencia internacional superior a su peso material gracias a una amplia red de gobiernos, partidos, sindicatos y organizaciones sociales que respaldan al régimen.

La reciente publicación del informe The Cuban Regime’s Export of Communism, elaborado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, ha vuelto a colocar a Cuba en el centro del debate hemisférico. El documento sostiene que, pese al profundo deterioro económico que atraviesa la isla, el régimen continúa desempeñando un papel activo en la promoción de proyectos políticos autoritarios y en la articulación de redes de influencia que trascienden sus fronteras. Más allá de los diversos sesgos y usos —reales o potenciales— de un informe de carácter abiertamente anticomunista, la discusión que plantea merece atención: ¿hasta qué punto Cuba conserva una capacidad real para proyectar influencia internacional?

Una lectura convencional sugeriría que la prolongada crisis económica cubana ha reducido significativamente su margen de acción en el exterior. Bajo esa lógica, el agotamiento financiero del régimen debería traducirse, tarde o temprano, en una pérdida de aliados, una menor capacidad diplomática y un creciente aislamiento internacional. Sin embargo, los acontecimientos registrados durante los últimos meses apuntan hacia una realidad bastante más compleja.

Esta aparente contradicción obliga a distinguir entre poder material y capacidad de influencia. Estos dos conceptos, que suelen guardar cierta correspondencia, no necesariamente evolucionan de manera paralela. Hay Estados cuya proyección internacional supera ampliamente sus capacidades económicas o militares gracias a recursos ideacionales, redes políticas consolidadas o mecanismos de legitimación transnacional, como hemos argumentado en otros espacios. El caso cubano parece responder precisamente a esa lógica: mientras su economía enfrenta una crisis persistente, su infraestructura internacional de apoyo continúa mostrando una notable capacidad de movilización y adaptación.

Una infraestructura transnacional de influencia

El más reciente monitoreo de sharp power cubano, elaborado por la organización Gobierno y Análisis Político A.C. (GAPAC) para el periodo mayo-junio de 2026, ofrece evidencia empírica que permite matizar la idea de un régimen internacionalmente aislado. El monitoreo documenta decenas de acciones verificables desarrolladas en América Latina, Europa, el Caribe y Estados Unidos que reflejan la activación de una amplia red de gobiernos, partidos políticos, sindicatos, organizaciones de solidaridad, asociaciones de residentes, espacios académicos y colectivos culturales articulados en torno al respaldo político y simbólico hacia La Habana.

Lejos de retraerse frente al endurecimiento de la política estadounidense, el régimen respondió reforzando estos mecanismos de coordinación internacional. Varias organizaciones distribuidas en distintos países promovieron campañas públicas de solidaridad, emitieron declaraciones institucionales, organizaron movilizaciones, ampliaron iniciativas de cooperación y reforzaron la defensa internacional del régimen. El monitoreo identifica una capacidad de adaptación que permite a Cuba responder a escenarios adversos mediante una combinación de actores estatales y no estatales.

Un aspecto particularmente relevante es que esta influencia no descansa exclusivamente en la diplomacia oficial. Si bien las embajadas cubanas continúan desempeñando un papel importante como articuladoras, la proyección internacional del régimen depende cada vez más de una constelación de organizaciones que operan desde distintos ámbitos nacionales. Sindicatos, movimientos de solidaridad, asociaciones de amistad, universidades, organizaciones culturales e incluso plataformas de cooperación desarrollan actividades relativamente autónomas que, sin formar parte del aparato estatal cubano, reproducen narrativas convergentes y amplifican la presencia internacional de la isla.

Esta diversificación representa una ventaja considerable, ya que las redes de apoyo conservan capacidad de actuación incluso cuando cambian las administraciones nacionales o se deterioran las relaciones bilaterales. La influencia cubana, en consecuencia, no se sostiene únicamente sobre acuerdos entre Estados, sino sobre una infraestructura transnacional mucho más amplia y resiliente.

La diplomacia y las redes de solidaridad

Dentro de esta arquitectura, México continúa ocupando una posición especialmente relevante. Durante el periodo analizado coincidieron el respaldo público del gobierno de Claudia Sheinbaum a la continuidad de la cooperación bilateral, la rápida movilización del Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba frente a las nuevas sanciones estadounidenses, actividades parlamentarias, encuentros académicos y la celebración del XXX Encuentro Nacional de Solidaridad con Cuba en Aguascalientes, que reunió a cientos de delegados provenientes de distintas entidades del país.

Estos acontecimientos sugieren que México constituye mucho más que un aliado diplomático de La Habana. El país concentra una infraestructura política particularmente densa, donde convergen instituciones gubernamentales, partidos políticos, organizaciones sociales y espacios académicos capaces de articular iniciativas de apoyo con rapidez y continuidad. Esta combinación lo convierte en uno de los principales nodos regionales desde los cuales se proyectan campañas de solidaridad, intercambios políticos y mecanismos de cooperación favorables al régimen cubano.

En otros países latinoamericanos se observas dinámicas similares. En Argentina y Colombia el monitoreo identifica una evolución interesante de las tradicionales redes de solidaridad. Junto con las expresiones simbólicas de respaldo, comienzan a adquirir mayor peso iniciativas orientadas a proporcionar apoyo material mediante campañas de financiamiento, envío de ayuda humanitaria y proyectos vinculados al suministro energético. Este cambio resulta significativo porque las redes internacionales dejan de producir únicamente legitimidad política y pasan también a contribuir a mitigar algunas de las consecuencias de la crisis económica que enfrenta la isla.

Europa es otro espacio donde esta infraestructura mantiene una presencia relevante, con jornadas nacionales de solidaridad, campañas impulsadas desde el País Vasco para financiar sistemas de energía solar, actividades organizadas por sindicatos franceses y redes italianas de apoyo. Estas iniciativas se desarrollan en democracias consolidadas, lo que demuestra que la proyección internacional del régimen no depende exclusivamente de gobiernos ideológicamente afines, sino también de organizaciones sociales con capacidad para movilizar recursos, generar visibilidad pública e influir en determinados espacios del debate político.

Una influencia que desafía las expectativas

Todo ello obliga a revisar una idea ampliamente extendida: que la capacidad de influencia internacional de un Estado depende casi exclusivamente de su fortaleza económica, demográfica y militar. El caso cubano demuestra que esa relación puede ser bastante más compleja. Si bien la crisis económica limita severamente las capacidades materiales del régimen, no ha impedido que conserve importantes espacios de legitimidad y articulación política fuera de sus fronteras.

Esto no significa que Cuba conserve la capacidad de proyectar influencia en los mismos términos que durante la Guerra Fría. El contexto internacional ha cambiado profundamente, así como los instrumentos mediante los cuales el régimen se relaciona con el exterior. Hoy su influencia descansa menos en la exportación revolucionaria o en el respaldo de una gran potencia y mucho más en la existencia de una red diversificada de aliados políticos, organizaciones de solidaridad, plataformas académicas y actores sociales capaces de reproducir narrativas favorables, organizar campañas internacionales y mantener vigente la presencia política de la isla en distintos escenarios.

Quizá ahí resida la principal singularidad del caso cubano. No en el éxito económico de un modelo que hace tiempo agotó sus promesas, sino en la capacidad de un Estado con recursos materiales limitados para conservar una influencia internacional considerablemente superior a su peso relativo en el sistema mundial. Comprender ese fenómeno exige mirar más allá de los indicadores tradicionales de hard power y observar la compleja red de relaciones políticas, institucionales y sociales que el régimen continúa activando. 

En ese sentido, el informe del Departamento de Estado puede ser objeto de debate por sus hipotéticas implicaciones en la agenda del trumpismo de cara a la política doméstica de Estados Unidos, pero acierta al señalar un aspecto fundamental: la proyección autoritaria internacional del Estado cubano sigue siendo un factor relevante para entender las dinámicas de competencia política e ideológica que atraviesan el hemisferio occidental. Y en ese punto, que supone la violación de los derechos del pueblo cubano y amenazas a la estabilidad democrática de naciones vecinas, las simpatías de buena parte de la izquierda y el silencio prolongado de otros actores han abonado el terreno para que la derecha monopolice la denuncia de la longeva autocracia cubana. 

Autor

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Doctor en Historia y Estudios Regionales, Universidad Veracruzana (México). Máster en Ciencia Política, Universidad de la Habana. Especializado en procesos y regímenes autocráticos en América Latina y Rusia.

Maestro en Ciencias Sociales. Consultor e investigador especializado en la influencia de China y otras potencias autoritarias en América Latina. Autor del libro "Viejas ideas, ¿nuevos desafíos? Un estudio teórico sobre el ascenso del liberalismo"(Traveler, 2023).

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