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¿Y si las mujeres tuvieran su propio partido?

La política latinoamericana enfrenta una pregunta pendiente: ¿transformar los partidos desde dentro o construir una alternativa feminista propia?

Cuando Lidia Falcón decidió fundar el Partido Feminista de España en 1979, llevaba consigo una experiencia que difícilmente podía separarse de su manera de entender el poder. Había sido presa política durante el franquismo, perseguida y torturada por sus ideas y había conocido de cerca las formas en que una estructura política puede convertir la vida de las mujeres en un asunto secundario. Años después explicaría que había sido detenida, vigilada, silenciada e insultada, además de haber defendido a mujeres víctimas de violencia cuando esa realidad apenas encontraba espacio en el debate público.

Su conclusión fue política: si las mujeres querían transformar las relaciones de poder, necesitaban disputar el poder organizado. Ella sostuvo que los partidos tradicionales tendían a defender intereses sociales determinados y que las mujeres necesitaban una organización capaz de defender los suyos desde una perspectiva propia. El partido fue constituido en Barcelona en 1979 y legalizado en 1981, en plena transición española hacia la democracia. Cuatro décadas después, la organización continúa reivindicándose como partido político feminista, aunque su trayectoria electoral haya sido limitada.

Pero España no ha sido una excepción.

En Reino Unido, Catherine Mayer y Sandi Toksvig impulsaron en 2015 el Women’s Equality Party después de discutir públicamente la ausencia de las mujeres y sus necesidades en la política. La iniciativa nació en Londres y llegó a disputar elecciones locales, europeas y nacionales, colocando en la agenda asuntos como la representación, la igualdad salarial, los cuidados y la violencia contra las mujeres. En 2024 sus integrantes decidieron disolver el partido después de casi una década, argumentando dificultades financieras y un contexto político cada vez más polarizado. Sin embargo, demostraron que una formación pequeña podía conseguir que partidos mucho mayores incorporasen asuntos que antes ignoraban.

Suecia ha tenido su Feministiskt initiativ, creado en 2005 por Gudrun Schyman y otras activistas provenientes de la política tradicional, precisamente a partir de la insatisfacción con la respuesta de los partidos existentes frente a la igualdad. La organización llegó a obtener representación en el Parlamento Europeo y continúa presentándose como partido y movimiento feminista.

América Latina también tiene una historia propia que conviene recordar. En Panamá, mucho antes de que las mujeres obtuvieran el derecho al voto, Clara González y otras mujeres organizaron en 1923 el Partido Nacional Feminista. Su objetivo incluía conquistar el sufragio, pero también ampliar los derechos civiles, políticos, sociales y económicos de las mujeres y conseguir su presencia en los espacios donde se tomaban decisiones. Aquel partido desapareció hace décadas, pero su existencia demuestra que la idea de organizar políticamente a las mujeres no es una importación reciente ni una extravagancia contemporánea, sino que forma parte de nuestra propia historia democrática.

México también ofrece antecedentes que alimentan esta conversación. En 1929 surgió el Partido Feminista Revolucionario, mientras que décadas después aparecieron organizaciones como la Diversa Agrupación Política Feminista, reconocida en 1999 como Agrupación Política Nacional. En 2021, un grupo de diputadas de distintas fuerzas, reunidas bajo el nombre Rebeldes con Causa, volvió a plantear la posibilidad de crear un partido de mujeres, al considerar insuficiente la representación alcanzada dentro de las estructuras existentes.

¿Transformar desde adentro o construir una fuera política feminista propia?

Esta es una discusión que vuelve a cobrar relevancia ante el retroceso democrático y las resistencias que todavía encuentran las mujeres cuando disputan espacios de poder.

La cuestión merece ser retomada precisamente porque hemos avanzado mucho y, al mismo tiempo, seguimos encontrando límites estructurales. Las mujeres ocupan más cargos públicos que hace algunas décadas, existen leyes de paridad en varios países y prácticamente todos los partidos importantes han incorporado alguna referencia a la igualdad. Sin embargo, las decisiones sobre economía, seguridad, cuidados, empleo, tecnología, fiscalidad, salud o infraestructura continúan tomándose desde estructuras donde las experiencias de las mujeres no siempre tienen el mismo peso político.

La discusión adquiere todavía más urgencia en medio de la ola autocratizadora que atraviesa el continente americano, donde el debilitamiento de las instituciones, la concentración del poder y el avance de discursos abiertamente hostiles a los derechos de las mujeres están alterando las reglas del juego democrático. En este escenario, construir partidos feministas puede convertirse en una forma de defensa activa de la democracia, entendidos como organizaciones capaces de disputar el poder electoralmente, defender la autonomía de las instituciones, incorporar la perspectiva de las mujeres en las decisiones económicas y sociales y hacer frente a los intentos de convertir nuestros derechos en moneda de cambio político.

Cuando la democracia se vuelve más frágil, la representación política de quienes históricamente han tenido menos poder adquiere un valor estratégico. Un partido feminista tendría, además, la oportunidad de articular una agenda democrática que vincule igualdad, libertad, derechos humanos y calidad institucional, colocando la vida de las mujeres en el centro de las políticas públicas y de la defensa del Estado de derecho.

La discusión sobre partidos feministas en América Latina no parte de cero

La experiencia internacional muestra que crear un partido feminista tampoco garantiza por sí sola el éxito electoral. Algunos han desaparecido, otros han conseguido representación limitada y otros han influido más en la agenda pública que en el número de escaños.

Pero precisamente allí puede estar parte de su valor. La política no cambia únicamente cuando un partido gana una elección; también cambia cuando consigue modificar aquello que los demás partidos consideran importante. Lo que está pendiente es decidir si ha llegado el momento de convertir esa experiencia dispersa en una alternativa electoral propia.

América Latina tiene millones de mujeres con experiencia profesional, comunitaria, empresarial, académica, sindical, social y política. Tiene también una larga tradición de organización feminista. Quizás el desafío de la próxima etapa no sea conseguir que las mujeres encuentren un lugar dentro de los partidos existentes, sino atreverse a construir espacios políticos capaces de cambiar las reglas con las que esos partidos funcionan.

La historia de Clara González, Lidia Falcón, Gudrun Schyman y tantas otras mujeres muestra que la política feminista ha sabido imaginar instituciones antes de que parecieran posibles.

Autor

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Psicóloga. Master en Políticas Públicas con enfoque de género. Especialista en Transformación Cultural y Coaching Ontológico. Directora de FeminismoINC. Autora de "Incomodar para Transformar" y "Atrevidas: Manual de trabajo personal por el activismo feminista".

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