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El liderazgo de la ultraderecha en América Latina

El avance de la ultraderecha en América Latina plantea una incógnita clave: si podrá consolidarse como un bloque regional capaz de perdurar más allá de sus actuales liderazgos.

El presidente argentino Javier Milei, como otros líderes políticos de la extrema derecha, busca instalar la idea del liderazgo de las nuevas derechas latinoamericanas. Pero si bien ha habido un crecimiento  importante de gobiernos de esta ideología, cabe analizar si estas nuevas derechas gobernantes son tan homogéneas como para necesitar, o al menos sostener un liderazgo político a nivel regional, algo así como un primus inter pares. Y, en segundo término, si estas derechas tienen, o creen tener, una proyección política lo suficientemente extendida en el tiempo como para conformar un bloque de poder en América Latina.

El triunfo electoral, luego de cuatro intentos, de Keiko Fujimori en Perú amplió el mapa de la derecha latinoamericana: Milei en Argentina, Noboa en Ecuador, Peña en Paraguay, Paz en Bolivia, Kast en Chile, De la Espriella en Colombia, Bukele en El Salvador, Asfura en Honduras, Mulino en Panamá. Flotando queda el antecedente de Jair Bolsonaro en Brasil y el intento electoral de Flavio Bolsonaro para noviembre. Un mapa político ideológico nutrido que confronta directamente con la hegemonía de gobiernos de izquierda de la primera década del siglo XXI.

Estos liderazgos se definen, autoperciben y promocionan como gobiernos de derecha. Pero, ¿que tipo de derecha? ¿O cabe decir que existen varios tipos de derecha?

Hay un denominador común en estos gobiernos: una férrea adopción y  puesta en marcha de los fundamentos de la economía de mercado. Estabilidad macroeconómica, control del déficit fiscal y, por ende, del gasto público, incentivos a la inversión privada transnacional, reducción del Estado, tanto en su rol económico como en regulaciones de la economía y en el empleo público.

Pero tras este recetario compartido hay dos visiones diferenciadas respecto a la visión del orden social y político. Por un lado, ciertos gobiernos tienen una agenda conservadora por la cual quieren dejar su marca a partir de políticas que reviertan ciertos derechos y costumbres que dejó el giro a la izquierda de principios de siglo. Algo así como una agenda política antiwoke que revierta o desplace derechos en torno al género, a la sexualidad, a las minorías, a las migraciones y a ciertos movimientos sociales. Reestablecer un orden social mas tradicional, menos movilizado y con capacidad de controlar y procesar negativamente nuevas demandas sociales. Los gobiernos de Kast, Peña, Fujimori, Paz, representarían este ideario conservador.

Por otra parte, hay gobiernos de derecha prestos a dar lo que denominan la “Batalla Cultural”. Esta agenda no se conforma con una reestabilización conservadora del orden social sino que apunta, reaccionariamente, a derruir las instituciones y derechos establecidos y sentar las bases doctrinarias que hagan inmutable el resultado de su “victoria cultural”. Bolsonaro, Bukele, Milei, De la Espriella, Noboa, éste quizás presionado por la inmersión de Ecuador en la economía del narcotráfico, sostendrían el escenario de la derecha reactiva. Cabe acotar, gobiernos de derecha extrema como el de Bukele que en su accionar sobrepasan en ciertos aspectos los límites de la democracia.

La otra cuestión, respecto a un liderazgo regional de estas nuevas derechas reside en su perdurabilidad en el tiempo político, es decir, en la capacidad de estos gobiernos de reproducirse a través de triunfos electorales, conformar una nueva época política en Latinoamérica y, a partir de ese escenario, necesitar de un liderazgo común. Cuestión hoy todavía muy incierta.

Este vuelco ideológico tiene otro factor común: la promesa de políticas de “mano dura” tras el profundo deterioro de la seguridad pública debido al aumento del crimen organizado. Un punto de acuerdo relativo es que gran parte del electorado que llevó a este cambio político en la región proviene de una matriz estructural determinada por la precariedad socioeconómica, la inseguridad y la pérdida de expectativas de futuro, sobre todo en las generaciones jóvenes.

Si la expresión de ese enojo es este cambio ideológico, es posible pensar que la consolidación de esta nueva política depende de la capacidad de los gobiernos de dar respuestas a la situación socioeconómica que produjo ese resentimiento. Concretamente, en políticas que logren pacificar a las sociedades, que incorporen a las mayorías sociales en el empleo y sobre todo mejores expectativas a futuro.

De momento no hay datos de que estos gobiernos, empezando por los más “antiguos”, estén dando señales -desarollando políticas- que busquen alcanzar los objetivos esperados por sus bases electorales. Los gobiernos “neoliberales” de los ‘90, sin ser tan agresivos como algunos de los actuales, atravesaron un escenario de gran impulso electoral en sus orígenes, construcción hegemónica y reelecciones. Pero luego, en poco más de una década, hubo una retirada ominosa acompañada de una fuerte conflictividad política.

Esto dificulta la consolidación de estas nuevas derechas como un bloque homogéneo. En todo caso, antes de pensar en el liderazgo de un nuevo tiempo político en la región, estos gobiernos deberán pasar el examen que implican las reelecciones.

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Director de la Licenciatura en Ciencia Política y Gobierno de la Universidad Nacional de Lanús. Profesor titular de la Facultad de Ciencias Sociales de la Univ. de Buenos Aires (UBA). Licenciado en Sociología por la UBA y en Ciencia Política por Flacso-Argentina.

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