Hace algunos años, escribiendo sobre Cuba, el politólogo Armando Chaguaceda distinguió tres barreras que se interponen entre una sociedad y el conocimiento incómodo: no poder ver, no saber ver y no querer ver. La primera es fáctica, porque no hay acceso a la información. La segunda es epistémica, porque el marco de referencia impide procesarla aunque esté disponible. La tercera es volitiva, porque se tiene todo para ver y se elige no hacerlo. Conviene importar esas categorías a Colombia, porque explican con precisión incómoda el silencio de tantos que ayer se decían críticos del gobierno de Gustavo Petro, pero que hoy decidieron hacerse los de la vista gorda y abdicar sus principios creyendo que “se la jugaban por la vida”.
Nada más lejano a la verdad si se tiene en cuenta que este gobierno y el candidato de la continuidad, Iván Cepeda, fueron los artífices de la llamada Paz Total. Un plan desestructurado para poner fin al conflicto armado en Colombia, que terminó por incrementar el número integrantes de las estructuras ilegales como las disidencias de las FARC, el ELN y el Clan del Golfo. Además de aumentar los homicidios, los secuestros, las masacres y los cultivos de uso ilícito. Pero entonces, ¿Por qué los bien pensantes optaron por este proyecto?

Empecemos por los que no pueden ver. Aquí no hablo de comentaristas urbanos, sino de los ciudadanos atrapados en territorios donde el orden público lo dicta el fusil. En zonas controladas por disidencias de las FARC, el ELN o el Clan del Golfo, la información sobre por quién convenia votar no llegó libre, sino filtrada por la coacción. Cuando un grupo armado decide que la región debe respaldar a un candidato, el elector no tiene un acceso genuino a alternativas, sino una muralla. Su ceguera es la menos culpable de las tres, porque es impuesta. Pero por eso mismo es la más grave, y es exactamente la que los bien pensantes urbanos deberían denunciar a gritos, pero no lo hacen. Que la presión armada sobre el voto favorezca a su candidato preferido los vuelve, convenientemente, sordos.
Siguen los que no saben ver. Son personas de buena fe cuyo marco mental les impide procesar lo que tienen enfrente. Durante años construyeron su identidad política alrededor de una idea según la cual la derecha es la amenaza, el uribismo es el peligro y el establecimiento es el enemigo. Ese esquema les sirvió para criticar abusos reales. Pero hoy funciona como un velo. Cuando el candidato del oficialismo se negaba a cuestionar los fallos del gobierno saliente, no lo leían como falta de criterio, sino como lealtad. Cuando aparecía la idea de una asamblea nacional constituyente, tampoco lo registraban como una amenaza al ordenamiento, pese a su carácter sectario, porque creían que debían “profundizarse las reformas sociales”. En términos prácticos no mienten, sencillamente no disponen de las categorías para ver que el peligro puede venir del lado que ellos identifican con la virtud.
Y llegamos a los que no quieren ver, la categoría que Chaguaceda reserva para los más cultos y los más responsables, porque su ceguera es un acto de voluntad. Son los columnistas, académicos y figuras que ayer presumían de independencia, que se distanciaban de Petro cuando convenía y que cultivaban la pose del que “llama las cosas por su nombre”. Tienen todo el acceso y todas las herramientas para ver. Ven, y eligen callar. No quisieron ver que la amenaza a la independencia del Banco de la República no era retórica menor, sino el debilitamiento de un contrapeso esencial. No quisieron ver que la insistencia en una democracia plebiscitaria, esa apelación constante al pueblo movilizado por encima de las instituciones, los jueces y el Congreso, era precisamente el mecanismo con el que los autoritarismos contemporáneos vacían las democracias desde dentro, sin un solo tanque en la calle. No quisieron verlo y, aún hoy con la evidencia de que la Paz Total significó el sometimiento del Estado a la voluntad de los grupos armados, tampoco lo van a ver, porque hacerlo tendría un costo y seria reconocer que en este caso el autoritarismo también podía venir desde la Izquierda. Les obligaba a aplicar a este proyecto el mismo rasero con que midieron a los anteriores, a romper con su tribu y a renunciar a la comodidad de pertenecer al bando que se cree, por definición, el de los buenos.
Conviene detenerse en por qué esa ceguera voluntaria casi siempre se inclina hacia el mismo lado. Con los líderes autoritarios o antidemocráticos de derecha se es drástico y sin matices, pero con los de izquierda se es indulgente, y se les conceden atenuantes y el beneficio de la duda. Por eso el gobierno Petro, que es un arquetipo del modelo plebiscitario y refundacional, sigue sin ser abiertamente cuestionado por antidemocratico. Para el bien pensante resulta más cómodo acercarse a un autoritarismo de izquierda que a uno de derecha, porque al primero lo siente como propio con el atenuante de llamarlo “progresista”, mientras que al segundo le resulta más costoso por las etiquetas de la prensa y la academia de “ultra” y “radical”. Pero el doble rasero no es un descuido, sino la forma en que la tribu protege a los suyos.










