Donald Trump publicó un mapa sin escribir una sola palabra. No le hacía falta: la bandera de Estados Unidos cubría México, Canadá, Groenlandia, Islandia y buena parte del Caribe. Sobre aquella extensión aparecía un solo nombre: Estados Unidos de América.
El origen de la imagen no está claro. Trump acostumbra a compartir en la red Truth Social memes y contenidos creados por sus seguidores o mediante inteligencia artificial. Pero fue él quien decidió colocar aquel mapa ante millones de personas.

La publicación tampoco apareció de manera aislada. En 2025, Trump ordenó que el gobierno federal estadounidense llamara “Golfo de América” al Golfo de México. En agosto de 2026 rebautizó el Lago Ontario como “Lago América”. Poco después sugirió cambiar el nombre del estado de Nuevo México por “Nueva América”. El mapa llegó al final de esa secuencia y extendió la bandera de su país sobre buena parte de sus vecinos. Primero cambió los nombres. Después mostró los territorios como propios.
Para América Latina, esa imagen no es una provocación distante. México, Centroamérica y el Caribe aparecen absorbidos bajo una bandera ajena. No hay argumentos, tratados ni reclamaciones jurídicas. El mapa sencillamente los presenta como si sus soberanías hubieran desaparecido. Sin referirse expresamente a la publicación de Trump, la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, afirmó ese mismo día que México “no es ni será colonia ni protectorado de ningún país extranjero”.
Los nuevos nombres no modifican el derecho internacional ni obligan a otros países a reconocerlos. Sin embargo, su circulación no se limita a los documentos del gobierno estadounidense. Google Maps muestra “Golfo de América” y “Lago América” a quienes utilizan la plataforma desde Estados Unidos. México conserva “Golfo de México”; Canadá, “Lago Ontario”. En otros países pueden aparecer ambas denominaciones. El resultado es que usuarios situados en Estados Unidos, Canadá y otros países pueden consultar un mismo lugar y encontrar nombres diferentes.
Google explica que sigue las fuentes oficiales reconocidas en cada país. Es una política concebida para manejar denominaciones que varían entre jurisdicciones, pero tiene consecuencias más amplias. Cuando el nombre decretado por un gobierno aparece en la pantalla de millones de personas, se incorpora al paisaje cotidiano. Así, la decisión política adquiere apariencia de información geográfica. El mapa que suponíamos común se fragmenta en versiones nacionales del mundo.
Mientras Trump difundía esa imagen, la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) acababa de aprobar una resolución sobre otra manera de cambiar los mapas. Con 164 votos a favor, uno en contra y seis abstenciones, la ONU promovió el uso de proyecciones de áreas equivalentes, capaces de representar con mayor fidelidad el tamaño relativo de los territorios. Estados Unidos emitió el único voto en contra.
La resolución favorece a alternativas como Equal Earth, una proyección creada en 2018 que conserva las proporciones entre las superficies y procura mantener formas continentales reconocibles. Con el tiempo, la proyección clásica de Mercator se convirtió en una de las imágenes más familiares del mundo. Diseñada en 1569 para facilitar la navegación, permitía trazar rumbos sobre una superficie plana. A cambio, agrandaba progresivamente los territorios a medida que se alejaban del ecuador. Groenlandia terminó pareciendo casi tan grande como África, aunque África es unas catorce veces mayor.
Así, una herramienta concebida para orientarse en el mar se convirtió en el mapa con el que generaciones enteras aprendieron a imaginar el planeta. Europa, Canadá y Groenlandia adquirieron dimensiones desproporcionadas. África, buena parte de América Latina y el sur de Asia quedaron visualmente empequeñecidos frente a los territorios de latitudes más altas. La distorsión no creó por sí sola las jerarquías internacionales, pero les prestó una imagen. Los territorios más poderosos también parecían ser naturalmente más grandes.
La crítica a Mercator tiene varias décadas. Hacia finales del siglo XX se difundió el mapa de Peters, otra proyección de áreas equivalentes. El contraste revelaba una África y una Sudamérica mucho mayores de lo que sugerían los mapas tradicionales. Peters preservaba las superficies, aunque deformaba considerablemente las formas. Equal Earth retoma ese principio con un diseño más equilibrado.
Si llega a las escuelas, la nueva proyección puede cambiar algunas nociones aprendidas desde la infancia. Mostrará, entre otras coses, que Estados Unidos cabría unas tres veces dentro de África, que Brasil se aproxima mucho más al tamaño de Canadá de lo que sugerían los mapas tradicionales y que Sudamérica es considerablemente mayor que Europa. Los territorios seguirán midiendo lo mismo, pero cambiará la intuición aprendida desde la infancia sobre qué países son grandes, dónde queda el centro y qué regiones aparecen en los márgenes.
El sociólogo peruano Aníbal Quijano utilizó el concepto colonialidad del poder para explicar la permanencia de jerarquías nacidas durante el colonialismo, aun después de la desaparición formal de los imperios. Esa jerarquía también ordenó la producción del conocimiento: perspectivas originadas en el Norte terminaron presentándose como la manera universal de interpretar la realidad.
Aunque no reparará siglos de desigualdad ni aumentará la influencia económica o política de América Latina, la corrección del mapa puede entenderse como una forma de justicia cognitiva. Puede modificar la posición desde la cual los latinoamericanos aprendemos a mirarnos dentro de él, y evita que confundamos el tamaño del poder con el tamaño del territorio.
Toda proyección obliga a escoger qué cualidad se preserva y cuál se deforma. Mercator sacrificó las superficies para conservar los rumbos. Equal Earth preserva las áreas a costa de distorsionar, en distintos grados, formas, distancias y direcciones. El mapa de Trump deforma algo que no depende de las matemáticas: la soberanía.
En el siglo XVI, una proyección podía condicionar durante generaciones la percepción del tamaño de los continentes. En el siglo XXI, un gobierno puede cambiar un nombre y una plataforma global mostrarlo en pocos días a millones de ojos.
Por eso la pregunta ya no es solamente quién posee un territorio, sino quién tiene la capacidad de nombrarlo y dibujarlo y conseguir que los demás se acostumbren a verlo de determinada manera. Porque antes de mover las fronteras, el poder suele comenzar por los nombres










