Brasil celebró la primera vuelta de las elecciones presidenciales este domingo en un contexto latinoamericano donde predominan gobiernos de derecha, y sobre todo de extrema derecha. En este contexto, es posible identificar tendencias más allá de las especificidades nacionales: ¿qué significa realmente esta nueva oscilación? Hay quienes consideran que se trata del fin del progresismo, y atribuyen las derrotas al pecado de la excesiva moderación (que alcanza a los demócratas en Estados Unidos), las concesiones infinitas (como es el caso del Partido de los Trabajadores en Brasil), el abandono definitivo de la ortodoxia marxista (el caso del Partido Comunista en Chile), etc. Así, a cada cambio de orientación electoral, América Latina parece inaugurar una nueva era, una nueva ola o una marea política diferente.
El desafío es observar la regularidad de estos fenómenos ante las recientes victorias de candidatos de derecha en Chile, Colombia, Perú, Costa Rica u Honduras que han vuelto a poner sobre la mesa la idea del agotamiento del progresismo latinoamericano. En Honduras (Libre), Costa Rica (Frente Amplio) y Bolivia (MAS) los partidos de izquierda sufrieron una debacle electoral. Pero existe otra interpretación posible y que lo que estamos observando es menos el fin de una época y si un fenómeno recurrente en la región, la alternancia que puede traducirse en algunas coyunturas como el castigo a quienes gobiernan.

Los resultados recientes permiten volver sobre esta hipótesis. En Perú, Keiko Fujimori ganó la presidencia en segunda vuelta con apenas el 50,1% de los votos frente al 49,9% del izquierdista Roberto Sánchez. En Colombia ocurrió algo semejante, donde Abelardo de la Espriella obtuvo alrededor del 49,7% frente al 48,7% de Iván Cepeda. En Argentina el peronismo alcanzó el 44% de los votos, en Ecuador el correísmo el 44,4%.
Se puede hablar de victorias electorales de la derecha, pero muy difícilmente de la desaparición electoral de los movimientos progresistas. Incluso Chile presenta una situación distinta, allí José Antonio Kast obtuvo una victoria amplia con el 58,2% de los votos, pero la candidata oficialista Jeannette Jara retuvo alrededor del 42%. Cabe anotar que en este análisis no se incluyen los regímenes autoritarios de El Salvador, Venezuela, Cuba o Nicaragua.
México constituye una excepción en este panorama ya que Morena presenta un amplio predominio electoral. En ese sentido, la pregunta debería ser otra: ¿qué tendría que ocurrir para que pudiéramos hablar realmente del fin de un ciclo político?
De acuerdo con lo planteado, no todas las victorias recientes de la derecha son alternancias frente a gobiernos progresistas. Daniel Noboa fue reelecto en Ecuador en 2025 siendo ya presidente, y Laura Fernández llegó al poder en Costa Rica proclamando la continuidad de la administración de Rodrigo Chaves. En Paraguay, Santiago Peña mantuvo al Partido Colorado en el poder. De ese modo, el electorado no castiga al que gobierna por el solo hecho de gobernar, sino cuando fracasa en lo que más le preocupa. Oficialismos de derecha con discurso de mano dura sobreviven; oficialismos de izquierda con buenos números económicos pueden perder elecciones.
Chile cerró 2025 con la economía creciendo 2,5%, inflación anual de 3,5% y remuneraciones reales aumentando 2,4%. En Colombia, la pobreza bajó del 36,6% en 2022 al 28,0% en 2025, y mejoraron otros indicadores sociales. Aun así, los oficialismos perdieron donde la seguridad pública, el crimen organizado y la migración ocuparon un lugar destacado.
Lo que se evidencia es que los electores están más dispuestos a reemplazar al gobierno cuando consideran que sus expectativas no son satisfechas. La consecuencia es un movimiento pendular, que cuando gobierna la izquierda puede crecer la oposición de derecha y, cuando gobierna la derecha, puede crecer una coalición progresista.
En buena parte de los casos considerados, se configura un patrón de acentuada volatilidad electoral, dado que ninguno de los dos campos consigue construir una mayoría social lo suficientemente estable para volverse hegemónico. Milei, en Argentina, es quizás el caso donde la extrema derecha se ha propuesto estar más cerca de lograrlo. Desde esta perspectiva, las recientes derrotas del progresismo latinoamericano no significan su final, sino mas bien que se revela uno de los fenómenos más democráticos de la región, como es la alternancia.
Pero el péndulo solo funciona si quien gana no desmonta las condiciones para perder, en otras palabras, se mantiene estrictamente el sentido de la incerteza propia de los resultados electorales. De esa forma, la amenaza a la democracia ya no viene de los cuarteles, sino de los propios Ejecutivos asociadas al autoritarismo competitivo que se basa en cooptar tribunales, cambiando las reglas electorales o habilitando reelecciones. El régimen autoritario de Bukele en El Salvador evidencia que el fin de la democracia puede alcanzarse sin golpes de Estado.
En Brasil, de cara a la segunda vuelta de noviembre, Lula busca su cuarto mandato, los primeros resultados demuestran que un gobierno progresista puede conservar una mayoría electoral 45.2%; ya su derrota no sería suficiente para anunciar el agotamiento electoral del progresismo.
En sistemas políticos con baja institucionalización y fragmentación partidaria, incluso mejoras materiales y una buena gestión pueden convivir con insatisfacción política y viceversa. Por lo tanto, lo que estamos viendo no es el final de una ola o un giro ideológico específico, sino la consolidación de una política latinoamericana electoralmente mucho más competitiva.










