A una semana del 7 de junio, fecha en que se definirá quién ocupará la presidencia en Perú. Las encuestas constatan los resultados de la primera vuelta: una profunda fragmentación política, donde Keiko Fujimori obtuvo el 17,19% de los votos y Roberto Sánchez el 12,03%. Ambos pasan a la segunda vuelta con una base electoral reducida, pues juntos representan alrededor del 18% del padrón electoral nacional, compuesto por más de 27 millones de electores habilitados. La legalidad del resultado no está en cuestión; lo que sí es debatible es la densidad social de la representación que emerge de una elección así.
Sin embargo, el resultado no debería ser leído como una sorpresa absoluta. Las encuestas de la primera vuelta no captaron la subida de Roberto Sánchez. No obstante, desde mediados de enero ya se podía observar en redes sociales una movilización importante de sectores rurales, especialmente a través de una identidad visual de Sánchez que remite directamente a la experiencia de Pedro Castillo: el sombrero de ala ancha y copa pronunciada como símbolo político, social y territorial. Por lo tanto, no existió el mismo elemento sorpresa de la elección anterior.

El problema metodológico inicial es que varias encuestas se diseñan sin elaborar estudios cualitativos previos, de ese modo no preguntan sobre miedos, rechazos, identidades territoriales, evaluaciones sobre la economía familiar, memorias políticas y expectativas de orden. Estos estudios por cierto nadie está dispuesto a pagarlos y aquellos que son encomendados tienen como centralidad al candidato. El indeciso generalmente es considerado una categoría residual o sin expresión estadística; cuando en realidad es una pieza central en la definición de la estrategia de comunicación y con ello del resultado electoral.
Pese a estos cuestionamientos, ciertas reglas electorales fueron confirmadas. Los candidatos conocidos tienen más probabilidades de ser votados que los desconocidos. Los primeros tenían que realizar un solo esfuerzo: ganar la elección. Los segundos tenían primero que darse a conocer y luego ganar la elección. De allí la inteligencia de Roberto Sánchez al asociar su candidatura a una identidad social reconocible en el mundo rural y andino, en una operación simbólica donde casi nadie se atrevía a pisar.
Otra regla que parece confirmarse es que, cuando coinciden un poder ejecutivo desgastado, una situación económica insuficiente y una oposición mal evaluada, se abre una demanda potencial por una tercera vía. En Perú, esa demanda sólo se convirtió en alternativa porque hubo un actor capaz de organizarla políticamente. En ese escenario, el descontento ciudadano existía, pero su canalización electoral era precaria, no había una oposición suficientemente articulada ni una tercera vía con suficiente musculatura capaz de convertir el rechazo al sistema en una alternativa nacional creíble.
De ese modo, el sector que se identifica con la derecha llegó fragmentado. Rafael López Aliaga quedó en tercer lugar a pocas décimas de Sánchez, Aliaga imprimió una campaña agresiva y grosera, muy sintonizada en el tono, con las campañas de Javier Milei en Argentina y Jair Bolsonaro en Brasil. Su discurso cristiano-moralista no logró calar ante un elector que no se moviliza tanto por ese eje, sino por uno más material. En un país donde la precariedad, la inseguridad y el empleo pesan más que las batallas ideológicas importadas, así, el exceso del discurso moral no solo resulta estéticamente impertinente, sino también desconectado de la realidad.
Sería un error reducir el voto de López Aliaga, reciente exalcalde de Lima, a una derecha ideológica. Su votación debe leerse, sobre todo, desde Lima. Allí donde la inversión municipal fue más visible —obras viales, pistas, infraestructura, mantenimiento urbano—, una parte del electorado pudo interpretar esas obras como señal de empleo o estabilidad, o en todo caso, de movimiento económico inclusivo. Por eso, el voto por López Aliaga en Lima puede ser entendido como un apoyo a su desempeño, no simplemente como un voto conservador.
Allí opera una lógica distinta a la del fujimorismo. En el caso de Keiko Fujimori, el voto se explica más por la persistencia de una memoria política asociada al orden, la seguridad, el anti izquierdismo, redes partidarias y una marca electoral insistentemente conocida. No es un voto que depende centralmente de la inversión pública reciente, sino de una identidad política sedimentada en varias regiones. En cambio, el voto por López Aliaga parece más vinculado a una percepción de gestión concreta en la capital.
Qué dicen las encuestas
La última encuesta de IEP confirma que la segunda vuelta no está cerrada. Keiko Fujimori pasó de 30,6% a 36,2% y Roberto Sánchez pasó de 31,9% a 30,1%. El dato central de esta elección, sin embargo, son los indecisos, que prácticamente se duplicaron al pasar de 13,2% a 25,6%. Se trata de un elector que no se alinea claramente con ninguno de los dos candidatos.
Algunos análisis han querido explicar el resultado por la ausencia de políticos profesionales, ya otros con más excesivo optimismo consideran que existe un supuesto resurgimiento de la izquierda en el Perú, mientras que una tercera lectura se apoya en una supuesta centro derechización del elector peruano. Esas lecturas son equivocadas porque interpretan la elección desde la capital y subestiman al resto del país. El país votó desde territorios, miedos, memorias, empleos precarios, exclusión, obras visibles, rechazos acumulados, demandas postergadas y expectativas mínimas de orden así como desde el componente estructural vinculado al modelo neoliberal que condiciona la decisión del elector.
En este marco es interesante recordar que V. O. Key Jr. defendía, en su obra clásica The Responsible Electorate de 1966, que los electores toman decisiones con base en evaluaciones razonables del mundo político y de las políticas públicas. No son masas irracionales movidas apenas por manipulación o ignorancia. Sus decisiones responden a señales, experiencias y cálculos que tienen sentido dentro de su mundo social. De esa forma, la elección del 7 de junio no será simplemente una disputa entre dos candidatos. Será la disputa por ordenar, aunque sea provisionalmente, un país cuyo sistema político se sustenta y se reproduce continuamente bajo una representación precaria.
Pero, ¿y los indecisos?
Se entiende que las segundas vueltas electorales generan una polarización artificial frente a un conjunto de preferencias que originalmente estaban fragmentadas. En el Perú, sin embargo, se verifica que esta polarización no refleja lo que algunos analistas sostienen de espaldas a la evidencia. Es más, el escenario actual no se encamina como normalmente ocurriría en otros contextos o elecciones, donde las preferencias terminan concentrándose claramente entre dos candidaturas. Al contrario, el bolsón de indecisos prácticamente se ha multiplicado, y esto se debe a varias razones.
Una hipótesis tiene que ver en parte con la distancia del electorado hacia ambas propuestas, dado que, tras la primera vuelta, la adhesión de los votantes nunca es automática. Mi percepción es que las estrategias de comunicación de las dos candidaturas han sido poco enérgicas. A esto se suma el papel de los medios de comunicación tradicionales que provocan hartazgo debido a una evidente tendenciosidad que, lejos de entusiasmar, genera desconfianza.
Por otro lado, el episodio de Rafael López Aliaga —quien contaminó el ambiente político con su narrativa de fraude— acaparó durante casi un mes la atención del electorado mientras no se definía formalmente quién pasaría a la segunda vuelta. Incluso hoy, sobrevive en las redes sociales un sector de influencers de extrema derecha que, luego de su derrota, continúa sembrando desinformación, confusión y absurdos.
Sin embargo, existe una razón de peso que explica cómo se compone el grueso de quienes se manifiestan como indecisos. No se trata apenas del «voto vergonzante», sino de las consecuencias directas de la polarización de elecciones pasadas, dado que la gente está harta de las peleas familiares en los grupos de WhatsApp y de la radicalidad de los colectivos de extrema derecha con su pauta moralista y la anulación del debate, la continua crisis de representación lleva a muchos a no definirse, a no exponerse ni mucho menos revelar sus preferencias. De cualquier forma, esta segunda vuelta el electorado está dividido entre dos proyectos poco claros de país y deberá elegir entre dos candidaturas que apenas logren ordenar de manera precaria un malestar nacional más profundo. De este modo, el resultado del próximo 7 de junio será una auténtica sorpresa.










