Autonomía líquida: A.L. y la política exterior en el siglo XXI

Co-autor Esteban Actis

La consagración por primera vez en la historia de un estadounidense como presidente del BID supone un quiebre histórico en la arquitectura de gobernanza interamericana de la posguerra. El avance de Washington en el banco, y también en la OEA, deja a la vista la debilidad y las fracturas de América Latina, incapaz de encontrar una posición de consenso frente a esa arbitrariedad. ¿Dónde quedó la autonomía? Esa es la pregunta que muchos se hacen.

Contra lo que una mirada convencional supone, la autonomía no es aislamiento. En clave relacional, se refiere a la disposición de un país para actuar independientemente y en cooperación con otros, en forma competente, comprometida y responsable, como señalan Roberto Russell y Juan Tokatlian. Para América Latina, la noción de poder no ha estado centrada en la influencia, sino en la autonomía. Como indica Benjamin Cohen, la primera es “poder sobre” otros; la segunda es “poder para” implementar políticas y resistir presiones externas. Las potencias se preguntan cómo lograr lo primero, los países de la región cómo incrementar lo segundo.

Lejos de la solidez inquebrantable de la Guerra Fría y de la Posguerra Fría, la autonomía hoy sigue siendo posible, pero es más líquida y frágil.

Lejos de la solidez inquebrantable de la Guerra Fría y de la Posguerra Fría, la autonomía hoy sigue siendo posible, pero es más líquida y frágil. Parafraseando a Zygmunt Bauman en Modernidad Líquida, las condiciones de actuación de los países pueden cambiar antes de que las formas de actuar se consoliden en conductas determinadas. Para ello, se necesitan diagnósticos adecuados y dinámicos del mundo y de la región, que ponderen tanto amenazas como oportunidades. Se trata de habilitar un pensamiento estratégico sobre diferentes escenarios prospectivos y opciones de política exterior. Sin previsión, sólo queda reacción.

El mundo de hoy es uno de arenas movedizas. Pandemias, guerras tecnológicas, ataques ciberterroristas o catástrofes climáticas incrementan el riesgo global. El proceso que explica la política global no es el orden, sino la entropía, como bien señala Randall Schweller. A su vez, esa incertidumbre está atravesada por una transición hegemónica sin final a la vista. Estados Unidos, un gigante con pies de barro que abdica de su vocación de líder mundial, versus China, cuyo ascenso imparable consolida su transición desde la riqueza al poder. La pandemia acelera todo, pero también lo torna más tangible y denso.

La nota saliente de la región hoy es su menor relevancia sistémica. Encogimiento relativo, ensimismamiento e inusitada fragmentación explican ese descalabro. Ni escenarios de equilibrio de poder, ni de hegemonía regional, son ya esperables. Los vacíos regionales son ocupados por potencias extra regionales. Estados Unidos afianza su diplomacia coercitiva y fortalece lazos militares con Colombia y Brasil. La no resolución de la crisis venezolana tiene como protagonistas a China y a Rusia. Noruega es la única esperanza de mediación pacífica. En el Amazonas, es Francia la que intenta frenar el desquicio de Bolsonaro. Las crisis regionales no se resuelven, se congelan.

Mientras la presencia militar norteamericana sigue siendo incontrastable, la pandemia continúa profundizando la dependencia económica, comercial y financiera de la región con China.

Mientras la presencia militar norteamericana sigue siendo incontrastable, la pandemia continúa profundizando la dependencia económica, comercial y financiera de la región con China. El “no alineamiento” o la “neutralidad” como alternativa a una subordinación automática, ya sea a Beijing o a Washington, aparece hoy en la retina de políticos y académicos. La prescripción normativa de mantener una posición equidistante frente a esa gran disputa es correcta, pero insuficiente para un mundo y una región que cambiaron.

Frente al juego de rivalidad creciente entre dos potencias económicamente imbricadas , los países de la región que busquen preservar márgenes de maniobra deben pensar menos en el “espíritu de Bandung” y más en el “espíritu de la ABACC”. La agencia de control nuclear entre Argentina y Brasil, creada en los años noventa, es un ejemplo que perdura en un terreno dominado por potencias nucleares. También la alianza entre México y Argentina para producir la vacuna contra el coronavirus o el centro argentino-brasileño de biotecnología son muestras del potencial de las agendas de nicho. Frente a la imposibilidad del multilateralismo deseable, la opción es el minilateralismo viable.

Para mejorar la capacidad negociadora con Estados Unidos y China, se tendrá que jugar inteligentemente con las deficientes instituciones regionales existentes, pero de manera complementaria forjar coaliciones ad hoc sobre temas como salud, género, reducción de desigualdades sociales, crisis ambiental, infraestructura, regulación de la tecnología, protección de recursos naturales, financiamiento externo, entre otros. Se deberá seleccionar y priorizar “enclaves de autonomías” a través de diplomacias de nicho. No sólo gobiernos centrales, también provinciales y locales, actores de la sociedad civil, científicos, empresarios o ciudadanos pueden contribuir a reforzar una renovada “diplomacia 3M” multidimensional, multiactoral y multinivel.

En un mundo entrópico, la preservación de márgenes de maniobra depende más de la anticipación y la adaptación que de la rigidez. El debate en relación a las políticas exteriores parece haber dejado atrás el dilema entre autonomía o aquiescencia, para girar en torno a una constante transacción entre ambas lógicas ante una complejización de los actores, las agendas y las dinámicas externas. La “autonomía líquida” supone proactividad, variaciones y flexibilidad. También pragmatismo para ofrecer concesiones en temas específicos que serán funcionales para ganar márgenes de maniobra y resultados en otras batallas. Hoy no se trata de “autonomía en la resistencia”, sino de “autonomía en la resiliencia”. A veces, hay que saber elegir qué sapos tragarse y dónde.

Foto de Gobierno Danilo Medina en Foter.com / CC BY-NC-ND

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