¿Qué fue de los outsiders de 2018 en Brasil?

Coautora Magna Inácio

El pasado mes de noviembre los brasileños concurrieron a las urnas para votar alcaldes y concejales en 5567 municipios del país; en 57 de ellos la elección de alcaldes se definió en una segunda vuelta. Pospuestas inicialmente por la pandemia del Covid-19, las elecciones de 2020 transcurrieron con relativa normalidad. Aunque la abstención fue expresiva, participó el 76,9% de los electores. ¿Por qué prestar atención a estas elecciones? Por tres razones.

Primero, porque representan un termómetro para medir si el tsunami electoral de 2018, del que los principales partidos políticos salieron deshidratados y los outsiders victoriosos (con Jair Bolsonaro a la cabeza), fue una situación excepcional o un giro más duradero en la política brasileña. Segundo, porque bajo el impacto de la pandemia, en la que los gobiernos locales tuvieron un papel crucial frente a la inacción del gobierno nacional, estas elecciones se convirtieron en la evaluación retrospectiva de su desempeño. Tercero, porque fue la primera disputa electoral después de la reforma que abolió una de las reglas de oro del multipartidismo brasileño, las coaliciones electorales, que permitía a los partidos aliarse entre sí para superar la mínima barrera electoral y obtener representación legislativa.

En las elecciones anteriores de 2018, el hecho más destacado fue la voluntad de castigo a la élite política.

En las elecciones anteriores de 2018, el hecho más destacado fue la voluntad de castigo a la élite política, desprestigiada por denuncias y escándalos de corrupción, y la consecuente inclinación de la mayoría de los ciudadanos por los discursos anti-Brasilia y los candidatos anti-sistema. Jair Bolsonaro resultó electo presidente presentándose como un outsider (pese a sus casi treinta años como parlamentario del bajo clero) y convirtiéndose así en el portavoz principal de esa postura contestataria. No fue el único. Importantes distritos electorales del país eligieron gobernadores autoproclamados como no políticos, como Rio de Janeiro (Witzel, PSC), Minas Gerais (Zema, Partido Novo) y Brasília (Ibaneis Rocha, MDB).

Para muchos, el outsiderismo se convirtió en un estilo de gobierno, además de una ventana electoral. Mas, paradójicamente, los eventos del año 2020, que culminaron en la contienda electoral de noviembre, dejaron en evidencia que los outsiders necesitaban hacer política para su supervivencia.

En minoría en el Congreso y sin partido, con su postura negacionista de la pandemia, la radicalización de su agenda y los ataques a las instituciones democráticas, a principios de año Bolsonaro parecía encaminarse al aislamiento político. Sin éxito, trató de evitar el número creciente de pedidos de impeachment y los riesgos de crisis institucional acercándose a los partidos del centrão, una coalición legislativa de partidos ávidos de patronazgo. De referirse a estos partidos como la ‘vieja política’, Bolsonaro pasó a alimentarlos con cargos en el ejecutivo, colocándose así en las antípodas de sus promesas electorales de renovación. Es más, aunque Bolsonaro se negó a liderar una estrategia de enfrentamiento de la pandemia, a mediados de año intentó revertir la caída de su popularidad a través del impacto positivo del del auxilio de emergencia, programa que el Congreso creó frente a la inacción del gobierno y que alcanzó a 67 millones de brasileños. Sin embargo, las apuestas que el presidente hizo por su cuenta no le salieron bien. Su popularidad volvió a caer para las elecciones, esta vez frente a la incapacidad de dar rumbo a la economía.

Obsesionado con la reelección, la actitud de Bolsonaro en las elecciones fue errática. Apoyó a algunos políticos radicales y aliados pertenecientes a partidos y regiones con vocación presidencial, como en el Nordeste del país. Pero sólo dos de los 13 candidatos para quienes hizo campaña resultaron electos como alcaldes, y ninguno en capital de estado.

Otros outsiders ni siquiera llegaron a testear su influencia electoral. Dos de las sorpresas de la ola anti-política de 2018, los gobernadores de Santa Catarina (Moisés, PSL) y Río de Janeiro (Witzel, PSC) fueron suspendidos este año en sendos procesos de impeachment. Acusados de corrupción, y sin haber tendido puentes con los partidos y legislaturas, ambos acabaron siendo desafiados por los mecanismos de control horizontal.

En noviembre pasado las urnas se distanciaron de las posiciones extremas del presidente, pero fortalecieron a la derecha política.

En noviembre pasado las urnas se distanciaron de las posiciones extremas del presidente, pero fortalecieron a la derecha política. Partidos del ‘centrão’, como el PSD, PP, PL y Republicanos eligieron el 34% de los alcaldes del país. Partidos tradicionales de derecha (DEM) y centro-derecha (PSDB, MDB), base de coaliciones presidenciales desde la redemocratización, ganaron musculatura: lograron mantener su peso nacional y gobernarán la mitad de las capitales de los estados. No es necesariamente una buena noticia para el presidente. Con la ‘vieja política’ fortalecida, su apoyo en el Congreso costará más caro, lo mismo que el apoyo a su plan de reelección, si es que el presidente no queda en el camino como lame duck.

Los partidos que en 2018 sirvieron de puerta de entrada para la llegada de outsiders al Congreso no tuvieron suerte en la contienda electoral. El PSL, segundo en financiamiento público, no consiguió elegir ningún alcalde en las 100 mayores ciudades del país y sus candidatos exitosos en 2018 ahora resultaron entre los menos votados. El Partido Novo, cuyo outsider Amoedo disputó la presidencia en 2018 y que llevó al empresario Zema al gobierno de Minas Gerais, logró elegir sólo un alcalde.

Es posible que la causa de la poca suerte de los outsiders extremistas en las elecciones locales haya estado en la pandemia y en el fin de las coaliciones electorales. La pandemia renovó los incentivos para premiar la gestión política o para valorar la importancia de volver a ella. La descoordinación de la gestión de la crisis a nivel federal debido a la reticencia de Bolsonaro, creó el espacio para que los alcaldes y políticos locales se disputaran los réditos. Un indicio interesante fue que el alto porcentaje que buscó la reelección. Con campañas cortas y alto riesgo de abstención, los partidos se lanzaron con candidatos conocidos y con votos. El fin de las coaliciones electorales, por su parte, impulsó a los partidos a lanzar candidatos propios para alcalde, a fin de enfrentar mejor una elección de concejales más competitiva.  

Los efectos de la elección municipal sobre la disputa presidencial de 2022 debe ser tomados con cautela, pero sus resultados nos dejaron algunas señales claras. Primero, el distanciamiento de los electores de la retórica antipolítica y extremista que portaron los outsiders de derecha radical en 2018. Segundo, la victoria de los partidos tradicionales de derecha, como oportunidades abiertas para que Bolsonaro haga política. Tercero, el débil desempeño de la izquierda y la necesidad de una nueva política de alianzas como única alternativa para llegar al poder. No sabemos si estas señales o alguna de ellas sobrevivirán hasta 2022, pero sí que tienen el potencial de convertir al 2018 en una excepcionalidad, trágica para la historia de Brasil, pero un punto en el tiempo.

Foto del Palacio del Planalto en Foter.com / CC BY

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