La captura de Maduro no abrió una transición democrática en Venezuela, sino un precedente inquietante: el de una soberanía intervenida sin consentimiento ni legalidad internacional.
La política estadounidense hacia la isla ya no busca gestionar una realidad, sino cerrar una historia inconclusa convirtiendo el sufrimiento económico y la migración en pruebas morales.
La intervención de Estados Unidos en Venezuela reactivó en América Latina y Europa una política exterior marcada por el realismo periférico: cautela, adaptación al poder y defensa retórica de principios sin confrontación directa.
Bajo la retórica moral de ayer y el cinismo descarnado de Trump hoy, las potencias vuelven a exhibir una verdad incómoda: sin reglas ni disfraces, Estados Unidos se asume como gendarme global al servicio de sus intereses.