China y América Latina: ¿hacia una era de relaciones win-win?

Si bien aún son inciertas las ramificaciones a largo plazo de la guerra en Eurasia, existe cierto consenso entre los analistas de que surgirá, precisamente por ese problema, una nueva configuración internacional.

Si un conflicto bélico no es generalizado, la diplomacia y las negociaciones para la consecución de la paz prevalecen sobre la fuerza bruta, o más probablemente el nuevo escenario internacional se caracterice por un mayor multilateralismo mediante el fortalecimiento de bloques geopolíticos alternativos, además de los tradicionalmente predominantes en Occidente.

De darse esta situación, será compatible con viejos lineamientos de la política exterior de China que va desde los tiempos en que sus pilares fueron fijados por parte del primer ministro Zhou Enlai, especialmente desde los hechos que ocurrieron a finales de los sesenta y que culminaron en la histórica visita de Richard Nixon a ese país en febrero de 1972. Este fue uno de los eventos diplomáticos más importantes del siglo pasado, que celebró su 50 aniversario en febrero de este año.

Es cierto que el mundo ha cambiado mucho desde aquel hecho, pero China continúa siguiendo (como parte de su política exterior) las pautas básicas de dichos lineamientos. Entre estas pautas están el respeto a la soberanía económica de los pueblos y su derecho a decidir autónomamente sobre sus destinos y su sistema político, sin imponer regímenes políticos por la fuerza contra la voluntad y las características culturales de estos pueblos.  

También están el predominio de las negociaciones pacíficas y diplomáticas sobre el uso de la fuerza militar para la solución de conflictos internacionales, y, en materia de relaciones comerciales entre países, la defensa consecuente del multilateralismo mediante la construcción de bloques económicos diversos y soberanos, incluso en el tercer mundo a través de la profundización de “relaciones win-win” en lo que respecta al comercio exterior.

La posibilidad de concretar esta situación futura mediante el continuo crecimiento de la economía china en los próximos años y sus lineamientos de ganancias económicas mutuas y el respeto a la soberanía de los pueblos, representa una serie de desafíos países latinoamericanos para los países lationamericanos.

Dichos desafíos están orientados hacia la optimización de las oportunidades que significa el surgimiento de nuevos bloques económicos y un escenario de creciente multilateralismo, sin que ello implique la adhesión exclusiva y unilateral a ninguno de ellos, pero manteniendo, eso sí, buenas relaciones con varios países que traen estímulos económicos a la región.

Así, los recientes acuerdos comerciales entre Argentina Argentina y China son muy prometedores, sumándose el primero a la iniciativa de la Franja y la Ruta, lo que abre el camino para un crecimiento de los BRICS si estos acuerdos generan un nuevo ciclo de progreso económico continuo y una mayor inclusión, también económica, en el continente.

El caso de Uruguay y el inicio formal de las negociaciones de un Tratado de Libre Comercio (TLC) entre este país y China es otro ejemplo del avance de las relaciones chino-latinoamericanas.

Si bien Brasil aún no ha avanzado tanto como Argentina o como podría llegar a ocurrir en Uruguay (en términos de acuerdos comerciales y políticos) con China (aunque este ya es su mayor socio comercial), hay varias iniciativas importantes en marcha en el país que apuntan hacia un escenario prometedor para el desarrollo político, cultural y el intercambio comercial entre ambos países (esto, pese a algunos pequeños incidentes ocurridos recientemente, que podrían ser superados en un futuro próximo).

Vale destacar, en particular, la construcción actual del puente entre Salvador e Itaparica, dos de los principales centros económicos y turísticos del noreste de Brasil, que en este momento es su mayor proyecto de infraestructura. Este caso es un excelente ejemplo de la realización de “relaciones win-win” en la medida en que los dos socios de la relación se benefician de las inversiones y obras previstas para comenzar próximamente.

Por un lado, ganan los brasileños, ya que se atienden demandas históricas de la población por mejorar la calidad de los servicios de viaje entre las dos localidades, un viejo cuello de botella en los flujos comerciales y turísticos de la región. Por otro lado, ganan los chinos, ya que dan visibilidad y acrecientan su negocio en infraestructura en lo que a América Latina se refiere, difundiendo un modelo más avanzado de gestión económica en todo el mundo, que se basa en ganancias mutuas entre los países, el desarrollo sostenible y el respeto por el medio ambiente. Con ello también suma a Brasil a otros países que ya se benefician de inversiones en infraestructura que crearán externalidades positivas en sus respectivas economías, así como beneficios para las empresas y los empresarios chinos.

Es evidente que un emprendimiento de esta magnitud puede ir en contra de intereses bien establecidos, especialmente de aquellos que se vieron favorecidos por la situación anterior de déficit crónico en inversión en cuanto a infraestructura, y con lo que, sin embargo, obtuvieron ganancias extraordinarias y desproporcionadas con medios de transporte, precarios y arcaicos, para la población. De ahí la necesidad de un esfuerzo constante y diario por parte de los socios involucrados en este proyecto, a fin de aclarar a la opinión pública los impactos positivos de la obra en la región, que ayudará en gran medida a la población local en su conjunto.

Finalmente, es posible afirmar que la intensificación de los vínculos diplomáticos y comerciales entre Brasil y China en un futuro próximo, basándose en los principios de respeto mutuo tanto de la soberanía como de las especificidades culturales de los pueblos y en «relaciones win-win», puede servir como un prometedor contrapunto a las perspectivas de futuro que ofrecen quienes, en el siglo XXI, desean restaurar la mentalidad arcaica de «guerra fría» y «choque de civilizaciones», llevando, sin embrgo, al mundo al cierre de una guerra entre superpotencias.

Esta situación solo favorece a las grandes empresas del complejo tecnológico-militar y sus simpatizantes, a los políticos financiados por estas empresas, pero excluyen de su lista de prioridades las demandas de la población trabajadora y de los empresarios locales.

* Este texto fue publicado originalmente en la web de REDCAEM


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