¡Derribemos todas las estatuas!

Cada año, con la llegada del 12 de octubre, en la mayoría de los países hispanoamericanos emergen posturas contrapuestas en torno a la colonización española, iniciada en 1492 y finalizada en la primera mitad del siglo XIX con los procesos de independencia. Ecuador no es una excepción: mientras que para algunos la existencia de una llamada “leyenda negra” ha generado un imaginario de revancha, repudio y odio hacia lo que fue el Imperio español, para otros es una fecha que recuerda más de 500 años de resistencia de los pueblos originarios, quienes han tenido que soportar el despojo, sufrimiento y sometimiento de la autoridad colonial y republicana.

Con motivo de la fecha, estatuas de diferentes personajes de la época colonial han sido derribadas o vandalizadas en distintas ciudades de América Latina y Estados Unidos. En el caso del Ecuador, algunos grupos de manifestantes indígenas y otros autodenominados como “hispanistas”, encontraron en la estatua de Isabel la Católica el espacio ideal para expresar sus posturas respecto al período colonial e introducir en la discusión pública el viejo debate sobre la presencia española en América.

Pero en un país como Ecuador, donde a lo largo de su historia se han creado imaginarios de líderes carismáticos, apoyándose en supuestos mandatos divinos o inspiraciones mesiánicas,  y cuya autoridad se articula en torno a la figura del “iluminado”, la existencia de monumentos que rememoran esos liderazgos es, sin duda, nociva. Una historia plagada de la distinción schmittiana de “amigo-enemigo”, la cual refuerza los relatos de las bondades y los pecados de distintos líderes, distorsiona lo sucedido en torno a esos procesos políticos y subraya la importancia de entender esos procesos como mecanismos para la búsqueda del poder; como medios para alcanzar unos fines específicos.

La existencia de una memoria histórica, que se centra en los individuos y no en los procesos, impide ver que tras esas figuras idealizadas siempre existieron otros actores sin los cuales hubiese sido imposible su éxito. Tal es el caso de los afroamericanos que, en el proceso de emancipación de las repúblicas americanas, cambiaron su vida por la posibilidad de dejar la esclavitud. También están los indígenas, que con su trabajo y a pesar de la oposición de las élites terratenientes, ayudaron a la construcción de caminos que permitieron un mayor comercio interno en el período denominado como  “garcianismo” (1859-1875). O la participación de una élite costeña en la expansión, con ideas liberales, que tuvo su culmen en la revolución del 5 de junio de 1895.

alimentar los mitos relacionados con los próceres de la patria no hace más que reproducir la existencia de  figuras omnipresentes en la historia, perpetuando las lógicas de “beatificación” o “satanización”

En sociedades donde la política se articula en torno al culto a la personalidad, y donde el populismo es parte de una cultura política que se contrapone a las instituciones de la democracia liberal, alimentar los mitos relacionados con los próceres de la patria no hace más que reproducir la existencia de  figuras omnipresentes en la historia, perpetuando las lógicas de “beatificación” o “satanización”. Tanto es así que no sorprende que aún se ignore la definición de los indígenas como “clase abyecta y miserable” de la constitución de 1830 (a pesar de habernos ya “liberado de la opresión ibérica”), o que, 145 años después de su muerte, aún se considera a Gabriel García Moreno como “presidente mártir”. Entre otros casos similares, algunos aún consideran que Eloy Alfaro Delgado (líder de la revolución liberal de fines del siglo XIX y XX) fue el único constructor del ferrocarril que unía la costa con la sierra (obra que comenzó en 1873), y lo que es peor, que en pleno siglo XXI, se considere al ex presidente Rafael Correa, como el “sucesor” del proyecto liberal del Alfaro.

Si queremos revisar la historia, que sea deconstruyendo a nuestros “mesías” y no “blanqueando” violentos procesos de dominación, tal como lo propugnan actualmente algunos grupos, especialmente a través de las redes sociales. Continuar rememorando a los líderes a través de una narrativa que los pone por sobre el resto de los mortales, no cambiará ese imaginario que busca el regreso de un “elegido”, que “salvará a la patria”. Se necesita una democracia con instituciones fuertes, y para conseguirla, no solo basta con un diseño institucional que permita su funcionamiento, sino una cultura política que la favorezca.

Y, tal vez, uno de los principales retos para la sociedad ecuatoriana sea justamente construir esa cultura política que permita realmente entender el significado de la democracia. De una democracia que reconozca el pluralismo de cosmovisiones, construcciones históricas y posiciones políticas, tan necesarios para un equilibrio político que garantice el pleno ejercicio de los derechos y libertades fundamentales. Una cultura política que propicie la participación política alejada de las amenazas, de la violencia y del irrespeto entre posiciones contrarias; que permita una mayor inclusión y competencia de sectores históricamente excluidos, y así, alejar a los fantasmas autoritarios y totalitarios, que también se nutren de los caudillismos. Es por eso, que no solo se deben derribar las estatuas de colonizadores, colonizados o de quienes nos han gobernado; ¡se deben derribar todas!

Foto de C. Matges em Foter.com / CC BY

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