Un mes es un lapso que puede parecer largo, pero en política suele ser una eternidad. Es un periodo en el que se dan acontecimientos que merecen mayor atención, aunque también puede tratarse de cuatro semanas largas en las que aparentemente no sucede nada. En los avatares que dominan la política latinoamericana en su terreno internacional y más concretamente en la esfera de sus siempre relevantes relaciones hemisféricas ha habido dos momentos que llaman mi atención y que merecen un seguimiento especial ya que, además, se encuentran arropados por el discurso dado por un relevante funcionario político.
El primer momento tiene que ver con el hecho de que, según el New York Times, Estados Unidos está enviando un batallón de 600 soldados que se están desplegando en un nuevo centro de entrenamiento en la selva de Panamá y que posteriormente se entrenarán con fuerzas de Colombia y de Honduras. Se trataría del contingente militar norteamericano más grande en décadas en una región en la que su presencia no ha dejado de tener efectos traumáticos. Ello podría constituir el colofón de trece meses de ataques aéreos estadounidenses contra barcos de supuestos narcotraficantes que han traído consigo más de doscientas víctimas mortales.

Se trata de un episodio más de la guerra contra el narcotráfico desencadenada hace más de medio siglo con los resultados desalentadores de sobra conocidos. En la actualidad se constata que el tráfico de cocaína se ha desviado sin frenarlo, ya que los traficantes ingenian constantemente diferentes mecanismos como la fijación de módulos cargados de cocaína a los cascos de los cargueros y transportan los cargamentos por itinerarios cada vez más enrevesados. Los estupefacientes llegan a Estados Unidos y a Europa en cantidades récord a precios más bajos y, en el caso de la cocaína, con mayor pureza que en décadas, con precios al por mayor que si bien han caído alcanzan unos 16.500 dólares el kilogramo en Miami.
El segundo momento lo protagoniza el proceso de elección de la persona que se hará cargo a partir del próximo 1 de enero de la Secretaría General de la ONU. Una institución básica en el entramado del hoy desacreditado multilateralismo a la que el actual presidente argentino calificó en su propia sede hace apenas unas semanas de «organización inútil» que mantiene a una casta de «parásitos arrogantes». El veto no explícito de Estados Unidos a que el cargo sea ocupado por una mujer latinoamericana, fiel al ideario actual de la Casa Blanca, se ha proyectado a través de su influencia en gobiernos integrados en el Escudo de las Américas.
Si el presidente chileno ya descabalgó la candidatura de su compatriota Michelle Bachelet ahora ha sido la presidenta de Costa Rica quien fulminó de manera insólita a su ministro de Relaciones Exteriores por hacer, como era su obligación, una campaña demasiado comprometida a favor de su compatriota Rebeca Grynspan. Las evidencias del alineamiento entre Santiago y San José con Washington sirviendo a los intereses finales de este último y sin tener en consideración los intereses generales de sus respectivos países son evidentes.
Ambos momentos cobran un especial significado a tenor del discurso pronunciado por el secretario de Estado norteamericano ente la Acrópolis el pasado 7 de octubre donde se presentó como “bisnieto de colonos venidos de España al Nuevo Mundo”. Si bien la finalidad de sus palabras era exponer la doctrina de un nuevo occidentalismo, no dejaba de ser relevante el uso semántico del término “colono” en lugar del de “emigrante” por aquello de no conculcar el discurso de satanización anti emigrante hoy tan en boga.
La necesidad de apoyar un poder sin límites y en justificar el proceso de recolonización requería de un marco físico de esa naturaleza donde tuvieran su ensalce. De este modo, “las cualidades que llevaron a Alejandro a conquistar todo el mundo conocido reaparecieron en César, luego en Carlomagno y en Cortés”, según las palabras del secretario de Estado, impulsaban un tipo de nuevo destino manifiesto. Para ello, lo que ahora se debe es “conquistar nuevas fronteras: en la fabricación de vanguardia y la superinteligencia; en los drones, las armas y la guerra; en los chips, los minerales, la ciberseguridad y todos los demás ámbitos de lo posible para el ser humano. Liberar nuestra energía, reconstruir nuestras fábricas, enviar de nuevo a nuestros astronautas a la Luna y abrir una nueva era de exploración espacial”.
El carácter refundacional de su propuesta requería del marco emblemático del Partenón para que la imagen se hiciera viral y proferir una sentencia de inequívoco carácter imperial: “la historia de nuestra civilización es la más grandiosa que la humanidad haya conocido jamás”. El discurso, en el circo mediático en que vivimos, no solo pretende justificar plenamente los dos momentos citados más arriba, sino que articula argumentos en favor de un regreso al escenario de modernidad sólida previo a los grandes cambios que se comenzaron a dar tras la segunda guerra mundial. La reivindicación de sus ancestros españoles y la inclusión de Hernán Cortés, alineado con César y Carlomagno, suponen una confrontación en el orden teórico, aunque con las consecuencias prácticas evidentes ya referidas, de la prédica poscolonial.
Una proclama para asentar un orden político que requiere no solo de etiquetas como la de MAGA -Make America Great Again- sino un relato florido en el que se reivindique el origen del nombre de Filadelfia o el hecho de que el autor más citado en Los papeles del federalista sea Plutarco. Pero también la individualidad indomable y la ambición incansable, entre otros rasgos. En fin, un discurso pretenciosamente erudito que acompaña a dos momentos de cariz diferente pero de significado solapado para asentar el inicio de una carrera presidencial, quizá, o un brindis al sol en el marco del tecnofeudalismo imperante que puede devorarlo todo.











