Manuel Anselmi y José del Tronco Paganelli/Latinoamérica21
Javier Milei atraviesa una etapa de dos caras. En las urnas, el respaldo no le falta: el 26 de octubre de 2025, La Libertad Avanza ganó las elecciones legislativas de mitad de mandato con el 40,84 % de los votos, un resultado que Donald Trump calificó de «extraordinario» y al que Washington supeditó, según declaró, un paquete de ayudas de hasta 40.000 millones de dólares. Pero la trayectoria del presidente libertario también está marcada por sombras y derrotas. Su hermana Karina, secretaria general de la Presidencia y auténtica «gatekeeper» del poder, sigue siendo investigada —tanto en Argentina como en Estados Unidos— por el colapso de la criptomoneda $LIBRA, en una causa aún abierta. En el frente interno, en agosto de 2026 Milei sufrió una dura derrota política: el Senado aprobó su ley sobre la «inviolabilidad de la propiedad privada» solo después de vaciarla de su disposición más controvertida, la que habría elevado del 15 % al 25 % el límite de tierras rurales que pueden adquirir los extranjeros. Entre protestas, enfrentamientos con la policía y acusaciones de «vender el país» —amplificadas por el clima patriótico del Mundial—, el Gobierno tuvo que dar marcha atrás.
En el frente exterior, en cambio, la estrategia da resultados. En abril de 2026, Milei realizó su tercera visita de Estado a Jerusalén y reafirmó su alineamiento total con Israel y Washington en la guerra contra Irán. El 17 de septiembre de 2026 volvió a avivar el contencioso histórico con Londres al presentar un proyecto de ley que endurece las sanciones contra las empresas dedicadas a la explotación de las Falkland/Malvinas. Lo que mantiene unido a un personaje tan poliédrico es su instinto de showman: el 6 de octubre de 2025, Milei convirtió la presentación de su libro La construcción del milagro en un mitin-concierto ante 15.000 personas en el Movistar Arena de Buenos Aires.

Para comprender el «fenómeno Milei» más allá de la actualidad inmediata, hay que remontarse a sus raíces: un outsider que permaneció en los márgenes del sistema político argentino hasta su clamorosa irrupción en los medios, entre 2016 y 2021, cuando fue elegido diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires. Su ascenso nace del cruce de dos crisis simultáneas. Por un lado, la profunda impugnación de la política entendida como actividad al servicio del bien común. Por otro, la transformación irreversible de la economía «fordista» argentina, cuyo tejido social se vio erosionado por la desindustrialización, la creciente propiedad extranjera de los activos productivos y la terciarización de la economía.
Ese proceso disolvió las identidades de clase sobre las que se asentaba el antiguo sistema representativo. En ese doble deslizamiento, económico y político, el discurso de Milei supo recoger tres reivindicaciones históricas de la sociedad argentina: la lucha contra la inflación, que golpea sobre todo a los asalariados y a los trabajadores informales; el rechazo de una sociedad corporativa percibida como asfixiante para el esfuerzo individual; y el hartazgo ante un Estado que genera privilegios para unos pocos cercanos al poder.
La economía, sin embargo, no basta para explicar el éxito de Milei. Un elemento decisivo es el «gorilismo»: el profundo y transversal antiperonismo arraigado desde hace más de quince años en parte del electorado argentino. Se trata de un rechazo frontal a todo lo que evoque al peronismo, un movimiento históricamente identificado con la defensa de los sectores populares, pero también percibido como una fuente de privilegios para quienes administran su redistribución. Milei ha sabido fusionar un estilo plebeyo e irreverente con una ideología libertaria, una combinación funcional a los intereses del gran capital que lo respalda: el eje formado por Estados Unidos, Israel, las finanzas y las derechas internacionales. Desde esta perspectiva, el populismo de derechas aparece como la estrategia mediante la cual el capital concentrado captura el malestar popular e impide que se transforme en una oposición real.
Nacido del colapso prehiperinflacionario que dejó como herencia el Gobierno de Fernández, Milei ganó las elecciones al reunir apoyos, tanto entre los sectores más pobres como entre los más acomodados. Hoy, sin embargo, ese frente se ha resquebrajado: los sectores populares, al no haber percibido mejoras concretas, se abstienen en parte de acudir a las urnas, mientras las clases medias y altas permanecen firmemente a su lado.
Su destino en 2027 dependerá de la evolución de la economía y de la eventual aparición de una alternativa creíble, dado que el kirchnerismo tiene grandes dificultades para serlo. Como señala el politólogo Andrés Malamud, el antikirchnerismo sigue siendo la identidad política más fuerte de Argentina, un terreno en el que Milei continúa moviéndose con comodidad.
*Este texto fue publicado originalmente en el medio Pubblico de la Fondazione Feltrinelli, Italia











