Se dice a menudo que la era de la hiperglobalización ha terminado. Las guerras comerciales, la política industrial, las restricciones por motivos de seguridad nacional, los controles a las exportaciones y la rivalidad geopolítica parecen apuntar hacia una economía global más fragmentada. Los gobiernos ya no hablan únicamente el lenguaje de la apertura y la integración. Hablan el lenguaje de la resiliencia, la seguridad, la autonomía estratégica y el control de las cadenas de suministro.
Pero el auge de la inteligencia artificial (IA) cuenta una historia distinta. La globalización puede estar cambiando de forma, pero no necesariamente se está desacelerando. Los datos, la computación, las telecomunicaciones, la demanda energética, el desarrollo de infraestructura y la extracción de minerales están siendo empujados a moverse más rápido que nunca. La economía mundial puede estar fragmentándose en algunos aspectos, pero en otros la conectividad se está acelerando.

El trabajo de Hartmut Rosa sobre la aceleración social ayuda a explicar por qué esto importa. Rosa sostiene que el rasgo distintivo de la globalización actual no es simplemente el intercambio transfronterizo de bienes, capital o información. Es la velocidad a la que ocurren estos intercambios. Lo que importa no es solo que el capital se mueva, que los bienes circulen y que la información viaje. Es que lo hacen con una velocidad cada vez mayor, reorganizando las instituciones, las expectativas y la vida social en torno al imperativo de la rapidez.
La IA es el ejemplo contemporáneo más claro de este fenómeno. A menudo se la describe como una carrera sin fricciones por los datos, el talento y la capacidad de cómputo. Las empresas compiten por entrenar modelos más rápido, desplegar sistemas más rápido, escalar infraestructura más rápido y capturar mercados antes que sus rivales. A los gobiernos, a su vez, se les insta a regular más rápido, otorgar permisos más rápido, invertir más rápido y adaptarse más rápido. De una manera u otra, todos estos cambios apuntan hacia una conectividad global más profunda y más veloz.
Esto debería cambiar la manera en que pensamos las afirmaciones sobre la desglobalización y la reglobalización. El análisis de Dani Rodrik sobre la hiperglobalización sigue siendo indispensable, especialmente su atención a la Organización Mundial del Comercio (OMC), los tratados de libre comercio, los acuerdos de inversión y las restricciones que estos impusieron al espacio de política interna. Pero la era de la IA revela otra cara de la historia. La hiperglobalización no fue solo un proyecto de comercio libre. Fue también un proyecto de movimiento más rápido.
El análisis de Richard Baldwin sobre la primera y la segunda globalización apunta en esta dirección. Los barcos de vapor, los ferrocarriles, los telégrafos, los contenedores, las tecnologías de la información y las cadenas globales de valor no solo expandieron los mercados; los aceleraron. Los regímenes jurídicos que hicieron posibles estas transformaciones no se limitaron a las reglas arancelarias o a las protecciones de la inversión. Incluyeron las leyes menos visibles de las telecomunicaciones, el transporte, los estándares técnicos, la administración aduanera, la logística, la infraestructura y la interoperabilidad. Esas reglas e instituciones hicieron que el movimiento de bienes, servicios, capital e información fuera más rápido, más barato y más predecible.
La IA sigue el mismo patrón. Detrás de la aparente inmaterialidad de los algoritmos yace una vasta infraestructura material y jurídica: semiconductores, centros de datos, cables submarinos, redes eléctricas, sistemas de refrigeración, redes logísticas, estándares técnicos y minerales críticos. En conjunto, forman la columna vertebral de lo que podría llamarse la hiperglobalización 2.0.
El derecho internacional desempeña un papel fundamental en este proceso. La globalización siempre ha dependido de una infraestructura jurídica oculta de aceleración. El derecho internacional no se limitó a abrir mercados. Ayudó a construir y gobernar los canales a través de los cuales la actividad económica podía moverse a gran velocidad. Estandarizó los contenedores, protegió la infraestructura de comunicaciones, facilitó el transporte transfronterizo, coordinó los sistemas técnicos y respaldó la adaptación constante de las redes globales. El derecho de la globalización, por lo tanto, nunca se trató únicamente de eliminar barreras. Se trató también de acelerar las cosas.
Cuanto más rápido busca moverse la economía digital, mayor es la presión sobre la infraestructura jurídica y material que la sostiene. Esa presión tiene consecuencias distributivas. A algunos regímenes jurídicos se les anima a volverse más rápidos, más flexibles y más adaptativos. El derecho de la tecnología, la logística, las finanzas, la inversión y la infraestructura se organiza cada vez más en torno a la velocidad. Se espera que reduzca la fricción, facilite el despliegue y brinde certidumbre a quienes pueden operar al ritmo de los mercados globales.
Otros regímenes jurídicos reciben un trato muy distinto. La evaluación ambiental, la consulta a los pueblos indígenas, la protección laboral, la planificación territorial y la deliberación democrática suelen presentarse como fuentes de demora. La reciente iniciativa de minerales críticos entre Estados Unidos y la Unión Europea, por ejemplo, espera que los participantes aceleren, agilicen o reduzcan los plazos y procesos de otorgamiento de permisos.
Para las empresas y los gobiernos que están en la frontera tecnológica, la velocidad puede sentirse como estabilidad. Los estándares rápidos, los permisos ágiles, la regulación flexible y la infraestructura predecible les permiten planificar, invertir e innovar. Pero para las comunidades que viven cerca de las zonas de extracción, para los trabajadores que se adaptan a cadenas de suministro volátiles y para los ecosistemas sometidos a una presión intensificada, esa misma aceleración puede sentirse como una pérdida de control. Todo cambia rápidamente, y sin embargo su posición sigue siendo prácticamente la misma. Viven en lo que Rosa llama una “parálisis frenética” (“frenetic standstill”).
El presente es un momento de oportunidad, pero también de preocupación. La acción coordinada y la cooperación podrían ayudar a sentar las bases de una globalización más justa. Sin embargo, las tendencias actuales apuntan en otra dirección: hacia un mundo en el que se fortalecen las instituciones que sirven a la aceleración tecnológica, mientras se comprimen aquellas que protegen el tiempo social, territorial y ecológico.
El desafío no consiste en rechazar la velocidad. Las instituciones lentas también pueden producir injusticia, especialmente cuando la demora protege a los actores establecidos o deja sin resolver problemas urgentes como el cambio climático. Pero la urgencia no puede significar que cada institución y cada comunidad deban adaptarse al ritmo de la IA. La tarea consiste en decidir qué procesos deben acelerarse, cuáles no, y quién tiene el poder de tomar esa decisión. Una economía de la IA justa y una transición baja en carbono requieren no solo conexiones más rápidas, sino instituciones capaces de alinear la velocidad tecnológica con la deliberación democrática, el conocimiento territorial y los límites ecológicos.
*La versión original de este texto fue publicado en Social Europe.









