La crisis del Amapá y la integración energética sudamericana

Amapá es un estado en el extremo norte de Brasil. Su capital, Macapá, está en la latitud cero, sobre el ecuador. No hay comunicación por carretera a Brasilia ni a ninguna de las otras 25 capitales de estado del país. Y aunque es posible conducir 10 horas para llegar a Cayena, capital del territorio de ultramar de la Guayana Francesa, un brasileño sólo puede cruzar la frontera con un visado, que no sería necesario si la visita fuera a París.

El aislamiento de 850.000 brasileños que viven en los 142.000 kilómetros cuadrados de Amapá se ha intensificado en las últimas semanas.

Desde el 3 de noviembre, el estado ha sufrido la mayor crisis energética de su historia.

Desde el 3 de noviembre, el estado ha sufrido la mayor crisis energética de su historia. Han sido cuatro días de oscuridad. Luego, dos semanas más de suministro intermitente, afectando al 80% de su población. La crisis ha comprometido el acceso a Internet, a los cajeros automáticos, a las gasolineras y ha dañado la salud pública. Las elecciones municipales de Macapá, que se celebrarían el 15 de noviembre, se pospusieron. El 17 de noviembre hubo otro apagón total. Después de 20 días el suministro de energía aún no se ha normalizado.

Las reflexiones sobre la crisis energética de Amapá en las últimas semanas se han centrado en el precario desempeño del concesionario, los altos costos y la baja calidad de los servicios de distribución de energía en algunas regiones del país y la lentitud de la acción gubernamental.

La empresa española Isolux controló hasta 2019 la concesionaria Linhas de Macapá Transmissora de Energia (LMTE), responsable de la subestación que se dañó y se convirtió en el epicentro de la crisis. La gestión de la LMTE fue transferida a Gemini Energy, controlada por Starboard Asset, un fondo especializado en la gestión de activos en dificultades financieras. Este tipo de transferencia de activos de grupos que tienen en la ingeniería su actividad principal a conglomerados especializados en la gestión financiera ha sido recurrente en los últimos años.

Sin embargo, la seguridad energética permanente de Amapá sólo se garantizará con la construcción de un anillo de infraestructura en todo el Arco Norte o la isla de Guyana, que incluya, además de la Guayana Francesa y Amapá, a Guyana, Surinam, el sur de Venezuela, Roraima y la arteria norte de los estados de Amazonas y Pará. El Sistema Interconectado Nacional (SIN) de Brasil funcionaría mejor si contara con el potencial de generación de energía hidroeléctrica de Guyana y Surinam.

La mayor parte de la producción hidroeléctrica de la Amazonia brasileña se concentra en su cuenca meridional (como Tucuruí, Belo Monte, Jirau y Santo Antônio), cuyo régimen pluviométrico es complementario del de Guyana -la estación con mayor incidencia de lluvias- y la producción hidroeléctrica es diferente en el sur de la Amazonia y en el escudo del norte de la Guayana. Brasil podría vender energía en el período de mayor producción de Belo Monte y comprar en los meses en que su producción es insuficiente.

Este movimiento sería decisivo para generar una interdependencia económica y vincular el desarrollo de las Guayanas al del Brasil. Debido a la expansión de la producción de petróleo, Guyana será el único país de América con crecimiento económico este año. Sin embargo, el Brasil representa menos del 2% de todas las exportaciones e importaciones de Guyana. Esta presencia económica tan baja del Brasil también se da en la Guayana Francesa y en Suriname.

Hay varias experiencias positivas de la integración energética del Brasil con sus vecinos.

Hay varias experiencias positivas de la integración energética del Brasil con sus vecinos. La construcción de la central hidroeléctrica de Itaipú ha vinculado definitivamente a Paraguay con el estado de Paraná, el gasoducto Brasil-Bolivia (Gasbol) ha convertido a Brasil en el mayor socio comercial de Bolivia tanto en importaciones como en exportaciones. La cooperación nuclear entre Brasil y Argentina fue decisiva para la distensión de las relaciones entre ellos, lo que permitió la creación del Mercosur. Antes de estos proyectos, Brasil no era el principal socio económico, comercial o político de ninguno de estos tres países.

Hasta el año 2023 se renegociará el Anexo C del Tratado de Itaipú, que obliga a la venta del excedente de energía paraguaya al Brasil, hasta que se pague la deuda relacionada con la construcción de la central hidroeléctrica binacional. Paraguay tiene derecho al 50% de la energía total de Itaipú (consume poco más del 10%, lo que corresponde a casi el 90% de su demanda interna). Pronto, Paraguay habrá pagado toda la deuda y podrá vender la parte de la energía que no consume a otros países, como Chile.

El acuerdo de 1999 para suministrar gas de la empresa estatal boliviana YPFB a Petrobras a través de Gasbol recibió un aditivo en 2020. Las obligaciones de compra y venta entre las dos empresas estatales han disminuido y se ha permitido a otras empresas brasileñas utilizar la infraestructura para comprar gas directamente. Mientras que el Brasil aumenta su producción de gas natural y puede importar menos, Bolivia tiene ahora más excedentes para exportar a otros mercados.

En los últimos tres años, América del Sur ha experimentado un período sin precedentes de caída del comercio entre sus países y de crisis en la gobernanza regional. La fragmentación se está intensificando tanto entre los países como dentro de ellos. Si hace cinco años el 17% de las exportaciones de Brasil se dirigían a los países vecinos, en la primera mitad de 2020 eran sólo el 10%.

La primarización y especialización de las exportaciones sudamericanas y la desindustrialización de sus principales economías (Brasil y Argentina) en los últimos años dificultan la reanudación del comercio intrarregional a corto plazo. Para la estabilidad regional sería importante recuperar programas positivos que pudieran beneficiar a todos los países y generar una mayor complementariedad e interdependencia.

Durante la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), entre 2008 y 2018, hubo debates entre los doce países de la región para promover la integración energética. Se negoció un tratado regional de energía, aunque no se formalizó, que sería la base de un mercado energético sudamericano.

En 2001, Brasil atravesó una crisis energética generalizada, mucho más grave que la actual, que se concentra en un solo estado. En los años siguientes, se reestructuró la planificación energética en el país y se fortaleció el sistema con la construcción de nuevas centrales hidroeléctricas y mejoras significativas en la transmisión e interconexión de las diferentes redes. Sin embargo, los estados de Amapá, y especialmente Roraima, siguen siendo vulnerables.

La crisis energética de Amapá debería llevar a la reanudación del debate sobre un mercado energético sudamericano, necesario tanto desde el punto de vista de la seguridad energética como de la estabilidad política y económica regional.

Foto de Sebastián Criado en Foter.com / CC BY-NC-SA

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