La falta de medicamentos en Brasil: un problema que viene de fuera y se encuentra con la inercia política

Los brasileños que buscan medicamentos básicos en farmacias y hospitales, como antibióticos, antialérgicos y analgésicos, encuentran las estanterías desabastecidas y se quedan con las manos vacías. Un informe publicado por el Consejo Regional de Farmacia de São Paulo (CRF-SP) avala esta percepción al señalar la falta de medicamentos en las farmacias. Diferentes campos ideológicos debaten diversas soluciones al problema, pero la discusión no parece haber llegado aún a la campaña electoral brasileña.

Según el documento CRF-SP, el 98,5% de los farmacéuticos consultados indicaron la falta de medicamentos, especialmente de antibióticos. En julio, la Confederación Nacional de Municipios (CNM) reveló que el 80% de los municipios enfrentaba escasez de medicamentos. La red privada tampoco escapa a los elevados precios: una encuesta publicada por la Confederación Nacional de Sanidad con 112 hospitales privados reveló que el 87,6% de ellos tenía dificultades para comprar suero, además de enfrentarse a un importante aumento de los precios de otros artículos.

La escasez afecta aún más a los medicamentos pediátricos, destinados a esa parte de la población especialmente vulnerable a las enfermedades respiratorias.

El problema, sin embargo, no es una sorpresa. En el primer semestre, el Consejo Nacional de Secretarios de Salud (Conass) y el Consejo Nacional de Secretarios Municipales de Salud (Conasems) ya venían alertando sobre la falta de medicamentos. En junio, varias entidades profesionales del sector sanitario se unieron para exigir respuestas al Ministerio de Salud.

Dependencia de China

La razón inmediata de la escasez de medicamentos es la dependencia de Brasil de los insumos importados, especialmente de China. Según datos de la Asociación Brasileña de la Industria de Insumos Farmacéuticos, el país importa cerca del 95% de los Insumos Farmacéuticos Activos (IFA) necesarios para fabricar los medicamentos de consumo interno.

La pandemia de Covid-19 ha interrumpido las cadenas de producción mundiales. Por el lado de la oferta, la ampliación de las medidas de bloqueo en China ha afectado a la capacidad de producción de sus fábricas. Debido a la pandemia, también se han observado fuertes inflexiones en los patrones de demanda de productos manufacturados, incluidos los medicamentos.

En el caso de la industria farmacéutica, mientras que la demanda de insumos necesarios para combatir el Covid-19 aumentó exponencialmente en 2020 y 2021, la demanda de otros tipos de medicamentos disminuyó. Con el avance de la vacunación y la vuelta a la vida social, las enfermedades respiratorias volvieron a circular, haciendo de 2022 un año atípico: los casos de enfermedades respiratorias crecieron incluso antes del invierno. La demanda de medicamentos creció de forma precoz y encontró al sector farmacéutico desestructurado.

Además, la guerra de Ucrania reforzó el proceso inflacionario -que ya había sido estimulado por la reanudación de la demanda de servicios- con el aumento de los precios del combustible en el mercado internacional, que encareció los gastos de transporte y produjo un impacto generalizado en los precios.

La devaluación del real también encareció los productos importados. En otros sectores de la economía, los precios se trasladan al consumidor, como se observa a diario en los supermercados. Sin embargo, la industria farmacéutica está muy regulada y depende de la autorización estatal para reajustar sus precios, lo que repercute en su rentabilidad.

¿Quién es el responsable de la escasez?

Ante este escenario, sería posible concluir que la escasez de medicamentos en Brasil es un producto de la globalización: la liberalización económica de los últimos 40 años provocó el desplazamiento de sectores industriales a China y países vecinos, donde se instaló la “fábrica del mundo”. Así, los demás países estarían a merced de los problemas originados en los países asiáticos, con las manos atadas para responder a las fluctuaciones inesperadas de la oferta.

Según esta lectura, la crisis de escasez de medicamentos no sería una crisis brasileña: diferentes países como Alemania, Francia, Canadá, Australia, Sri Lanka y Myanmar también han sufrido escasez de medicamentos. Sin embargo, cabe destacar que los dos últimos se enfrentan a graves crisis económicas, mientras que los tres primeros observan un racionamiento de medicamentos específicos. No es el caso de Brasil, que se ha enfrentado a la escasez de una lista más amplia de medicamentos, incluidos los de uso indispensable, como los antibióticos.

Silencio interno

Las crisis internacionales están mediadas internamente por acuerdos institucionales nacionales. La articulación entre los actores políticos de las diferentes coaliciones, que gestionan los recursos institucionales disponibles, ayuda a explicar las respuestas de los gobiernos a las crisis externas.

En Brasil, a pesar de las más de 680.000 muertes por Covid-19, el gobierno de Bolsonaro nunca ha cambiado de rumbo en cuanto a la política sanitaria. Pese a cambios en el discurso, la estrategia es la misma: abstenerse de coordinar la respuesta a la crisis de (des)abastecimiento. En plena campaña para la reelección, Bolsonaro guarda silencio. El Ministerio de Sanidad y Anvisa afirman que no pueden intervenir en las causas de la crisis, atribuidas a restricciones externas. Como medida paliativa, fue autorizado el aumento de los precios de los medicamentos con riesgo de desabastecimiento y se redujeron algunos impuestos en la importación de insumos.

A pesar de la exitosa trayectoria de coordinación federativa en salud, construida desde la creación del Sistema Único de Salud (SUS), el gobierno de Bolsonaro se abstiene de movilizar respuestas en colaboración con los entes federativos para enfrentar el desabastecimiento. También se abstiene de intermediar, a través del Itamaraty, la importación de insumos básicos que escasean, manteniendo la inercia observada durante el apogeo de la pandemia de Covid-19. Por último, se abstiene de ayudar a los sectores más vulnerables de la población y continúa con recortes presupuestarios en el área de salud.

Como respuestas a medio/largo plazo, los expertos han propuesto diversas soluciones. Por un lado, la reanudación del activismo estatal para crear un sector farmacéutico de vanguardia, capaz de reducir la dependencia de los insumos chinos. Para ello son necesarias grandes inversiones en ciencia y tecnología y en la formación de personal cualificado.

Esta propuesta ha ido ganando terreno en los países desarrollados que ya tienen industrias farmacéuticas consolidadas, como Francia y Alemania. En Brasil, la Fiocruz ha firmado asociaciones internacionales para evitar la dependencia de las fábricas chinas, pero su alcance está limitado por la ausencia de apoyo gubernamental.

En el polo opuesto, el bando liberal defiende una mayor desregulación del sector, considerando que el techo de los precios de los medicamentos es un impedimento para las inversiones en la industria farmacéutica. La opción por una de las alternativas es eminentemente política, pero hasta ahora este debate ha estado ausente en la campaña electoral.

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