La relación entre América Latina y la UE en tiempos de confrontación

Es difícil escapar a la sensación de que el mapa mundial se está redibujando a la luz de la confrontación entre Estados Unidos y China. A medida que Pekín se posiciona como una potencia económica, un gigante tecnológico y una fuerza militar, nadie quiere verse abocado a tomar partido entre las dos potencias en una lógica binaria. Por ello, la Unión Europea (UE) está repensando sus vínculos internacionales y ha salido en búsqueda de sus aliados mientras que América Latina esperaría de su socio europeo un tercer polo donde apoyarse. En el Viejo Continente se afianza la idea de la “autonomía estratégica”, mientras que al otro lado del Atlántico emergen las voces de consenso sobre el “no alineamiento activo”.

La idea de que los Estados busquen ejercer una política exterior independiente, en línea con sus propios intereses soberanos, tiene una larga tradición en el pensamiento latinoamericano de relaciones internacionales. En Europa, la noción de autonomía se articula como respuesta a su pérdida de peso en la redistribución de poder mundial; ante la presión que ejerce el desembarco chino en el continente y el repliegue nacionalista de Estados Unidos, su principal aliado, especialmente tras la llegada de Donald Trump al poder.

Ampliar el margen de maniobra internacional no es tarea sencilla porque cada Estado debe repensar los términos en los que pretende encajar en el nuevo tablero geopolítico internacional, cada vez más interconectado en áreas delicadas. En el caso de la UE, esta depende militarmente de Washington, de los insumos tecnológicos de China y de la energía de Rusia. En este contexto, las alianzas tradicionales son esenciales, pero la lealtad y el apoyo de los viejos amigos se han ido debilitando, y las relaciones ya no se pueden dar por sentadas.

En el caso de la relación birregional entre la UE y América Latina, esta se dio por descontada durante más de una década, y el estancamiento y la paralización de los encuentros birregionales marcaron el ritmo de las relaciones. A la vez que Europa estaba preocupada por sus asuntos internos, China multiplicó su comercio en la región por diez entre 2008 y 2018, y se convirtió en el primer socio comercial de Brasil, Chile, Perú, Uruguay y Argentina. Con esto desplazó el papel de la UE y superó a Estados Unidos.

Al tiempo que la UE perdía influencia, Latinoamérica continuaba con su constante búsqueda de alternativas funcionales para impulsar su desarrollo, y acogió abiertamente alianzas alternativas con actores extrahemisféricos como China o Rusia. Ahora, 21 de los 33 países de la región se han unido a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) de China.

El país asiático llegó para quedarse; también en Europa. Se ha convertido en el principal origen de las importaciones del bloque europeo. Según el Observatorio de Complejidad Económica (OEC, por sus siglas en inglés), en el año 2000 estas representaban un 6%, al tiempo que en el 2020 aumentaron a un 22%. Estados Unidos, por su parte, representaba el 16% en el 2000, pero en el 2020 bajó a un 12% y las cadenas de valor están cada vez más interconectadas.

Sin embargo, la UE tampoco tiene una posición cohesionada en su relación frente a Pekín. Por una parte, países como Francia y Alemania (sumamente dependientes de China) apuestan por un giro más asertivo en la política de la UE hacia el gigante asiático. Su preocupación principal es la pérdida de competitividad de sus empresas frente a gestores estratégicos de alto valor agregado.

Alemania acaba de permitir la compra del 25% del puerto de Hamburgo a China, pero sin ceder en decisiones estratégicas y de gestión. Por otra parte, los países del sur y del este de Europa se han mostrado más receptivos a estrechar vínculos con el país asiático. Italia es el primer país del G7 que firmó el acuerdo sobre la BRI, por lo que se sumó a otros países de la Unión que ya lo habían hecho, entre ellos, Hungría, Polonia, República Checa, Grecia y Portugal.

La idea de considerar a China como “socio estratégico” fue tildada de “ingenuidad europea” por parte del presidente de Francia, Emmanuel Macron, y paulatinamente los calificativos se han vuelto más ofensivos, pues se ha dicho que Pekín es un “competidor económico en busca de liderazgo tecnológico” y un “rival sistémico que promueve modelos alternativos de gobernanza”. Sin embargo, la interdependencia de los países europeos con China sigue siendo fuerte y su gestión es clave para no caer en situaciones políticamente conflictivas. Para ello, uno de los objetivos de la UE es fortalecer el multilateralismo. Pero esta área también está debilitada.

En el ámbito multilateral, el último test de alineamientos políticos (ante la conmoción mundial, debido a la invasión de Rusia a Ucrania) reveló que decenas de países se han rehusado a tomar una posición clara sobre la base de las reglas del derecho internacional.

En América Latina no ha habido unanimidad en ninguno de los pronunciamientos, y países con gran liderazgo como Brasil y México se abstuvieron en las votaciones de la Asamblea General para suspender a Rusia del Consejo de Derechos Humanos. Tampoco todos han acogido las sanciones impuestas a Rusia. Esta no es la respuesta que se esperaba de una región que tradicionalmente ha apoyado las reglas del derecho internacional y el multilateralismo como fundamentos centrales de su política exterior.

El no alineamiento activo puede ser un camino para repensar el papel de la región latinoamericana en el mundo y sacarla de la marginalidad. Sin embargo, ninguna doctrina de política exterior será efectiva mientras no se definan estratégicamente los derroteros que se quiere perseguir como región en un mundo cada vez más interconectado. Revalorizar la relación entre América Latina y la UE se vuelve un imperativo indispensable si Europa quiere recuperar liderazgo internacional como un socio de valores, y Latinoamérica, no acentuar su situación periférica ni tomar partido entre posiciones antagónicas.


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