En el debate público latinoamericano, el término “polarización” se ha convertido en una palabra que aparentemente lo explica todo, desde una crisis institucional, la agresividad en un debate, la débil aprobación a la gestión de un gobierno, hasta la incapacidad de construir acuerdos. Si bien Perú es un país conflictivo, marcado por la desconfianza y la indignación, eso no equivale a que sea un país polarizado. En términos analíticos, la experiencia peruana se parece menos a una sociedad estructurada en dos campos estables y más a una arena fragmentada, personalista y volátil, donde la competencia se organiza por momentos, no por clivajes definidos.
En ciencia política, polarización no es sinónimo de “conflicto”, tampoco equivale a los sobresaltos propios de una crisis, la retórica como estrategia de comunicación de un político o la crispación típica de una campaña electoral. La polarización puede distinguirse en dos dimensiones: la polarización ideológica que se da entre grupos políticos relevantes, con debilitamiento del centro y alineamientos relativamente coherentes en torno a ideas o políticas y la polarización afectiva que es la hostilidad o aversión hacia el otro bando, que deja de percibirse como actor legítimo para pasar a ser una amenaza moral o existencial.

Tras una investigación cualitativa, vía grupos focales, realizada en julio de 2025 y de cara a las próximas elecciones presidenciales, conviene analizar las dos dimensiones de la polarización en Perú. Cualquier país puede tener una sin la otra o puede tener ambas, tanto de manera estable o de forma intermitente (como estallido social). La polarización, para ser tal, debe ordenar el sistema político de modo regular ya que en el sentido opuesto se expresa la fragmentación, el consenso, la resiliencia, el desalineamiento, la antipolítica, el antipartidismo, el personalismo o el simple conflicto.
En esa perspectiva, la evidencia cualitativa y las encuestas electorales recientes revelan que en Perú no existe polarización ideológica que estructure el sistema de partidos como tampoco existe un comportamiento electoral de manera consistente en el tiempo. Hay debates sobre “modelo económico”, “Estado”, “seguridad” o “moral pública”, pero suelen expresarse de forma cruzada, sin producir dos bloques programáticos estables. La autoubicación izquierda–derecha no organiza una competencia partidaria duradera porque la institucionalización es débil y los partidos son frágiles, por lo que es difícil predecir de manera consistente el voto. A esto se suman las fugaces alianzas legislativas, el transfuguismo, los cambios de etiquetas, la mimetización de los liderazgos y cruces de un campo a otro.
En un país polarizado ideológicamente, la disputa se vuelve relativamente predecible, en dos campos que agregan demandas, forman coaliciones reconocibles y compiten con cierta continuidad. En Perú, ocurre lo contrario, no hay partidos consistentes, o institucionalizados: lo que sí hay es una extraordinaria oferta de candidaturas, vehículos electorales, facciones, y listas improvisadas. El resultado es la dispersión y la fragmentación parlamentaria, no una división binaria estable.
Esto no significa ausencia de conflicto ideológico, sino que la ideología no logra convertirse en un eje que ordene durablemente identidades, organizaciones y lealtades. Y sin ese eje, la polarización ideológica pierde su condición principal: la capacidad de estructurar y orientar la acción política.
Perú sí muestra signos de polarización afectiva. Dada la baja mediación partidaria, los rechazos se vuelven intensos hacia figuras, instituciones, símbolos o etiquetas, muchas veces más fuertes que cualquier adhesión positiva. En ese sentido, Perú puede experimentar picos de polarización afectiva, pero no como clivaje social estable, sino como mecanismo de campaña y de crisis, centrado en liderazgos e instituciones más que en partidos.
En las segundas vueltas, es frecuente que la disputa se organice más por el “anti” que por el “pro”, así surge comúnmente la retórica antiestablishment, anticomunismo, anticorrupción, anticaviares, antifujimorismo y como algunas décadas atrás lo era el antiaprismo. Esa lógica evidencia que los peruanos son empujados emocionalmente en un cierto momento electoral hacia un antagonismo que puede ser intenso pero frágil, porque depende de quién sea el rival, de qué escándalo domine la semana y de qué coalición mediática se articule coyunturalmente.
Perú puede parecer polarizado por el volumen del ruido, ya sea por insultos o deslegitimación, pero no es polarizado en el sentido estructural del concepto. Lo que domina es un patrón de negatividad política, adhesiones frágiles y rechazos duros. Y ese patrón, lejos de fortalecer identidades programáticas estables, tiende a debilitar la representación y a erosionar la confianza en las instituciones. Perú no presenta, de manera persistente, polarización ideológica estructurante; lo que exhibe es fragmentación y volatilidad, con episodios de polarización afectiva personalista que se activan en coyunturas electorales y crisis institucionales.
El drama de una sociedad fragmentada es cuando el conflicto no produce agregación, sino descomposición. En democracias con polarización programática, la tensión puede ser alta, pero el sistema logra ordenar la competencia en dos o tres polos reconocibles, reglas de alternancia, coaliciones estables. En Perú, con frecuencia la tensión produce lo contrario, proliferación de actores, bancadas que se rompen, partidos que se disuelven, y gobiernos sin mayoría que dependen de transacciones cortas y defensivas, que pueden derivar hacia dinámicas autoritarias o iliberales sin estar polarizado. Esta combinación hace que la promesa autoritaria sea seductora incluso sin polarización estructural, en la apuesta de que “alguien ponga orden”, “que acabe con los políticos”, “que gobierne sin trabas”.
La crisis no se explica porque “dos mitades irreconciliables” se enfrentan. Se explica porque múltiples minorías con baja disciplina y alto incentivo al veto convierten al Estado en un campo de obstrucción. La política se vuelve una suma de bloqueos, no una confrontación binaria de proyectos. No es “guerra de facciones”; es “guerrilla institucional”.
Este patrón de fragmentación es funcional al modelo neoliberal porque impide construir una mayoría programática estable capaz de disputarlo. Sin partidos consistentes y sin lealtades duraderas, la política se organiza por escándalos y vetos; y así, lo estructural queda fuera de la agenda o se decide por inercia tecnocrática. El modelo no se sostiene por consenso, se sostiene por ausencia de una coalición capaz de reemplazarlo.











