Si una característica distintiva del populismo es la defensa de un pueblo excluido de los beneficios sociales y políticos de la democracia, ¿por qué su discurso y acciones generan tanta polémica? ¿por qué estaríamos en contra de un proyecto que busca mejorar la sociedad?
El populismo nos ha situado en la perplejidad pues, aunque tengamos intuiciones o certezas sobre sus peligros y excesos, cualquier crítica nos hace ver como si negáramos la existencia de las injusticias sociales que denuncia.
Para de esta perplejidad conceptual y política, debemos alejarnos de su idea de pueblo y comenzar a preguntarnos de qué manera el populismo define a sus adversarios, pues ahí está la clave para mejorarlo o combatirlo.
Sobre el populismo una cosa es segura: que su discurso se basa en una división social, cuyo contenido cambia dependiendo del país, líder o contexto, pero cuya aparición se identifica con la creación de dos grupos antagónicos política y moralmente hablando.
En los últimos años, hemos visto cómo líderes populistas alrededor del mundo han utilizado esa división social -ya sea de clase, nacionalidad, etnia, cultura-, como ideología política durante sus campañas electorales e incluso como criterio para tomar decisiones una vez en el gobierno.
En México, durante todo su sexenio el ex presidente Andrés Manuel López Obrador, en sus conferencias matutinas conocidas como “la mañanera”, insertó en nuestro imaginario político que los “conservadores” eran el enemigo del “pueblo bueno”. Con esta división, a partir de la cual entendía a la sociedad y el ejercicio de su gobierno, sus credenciales populistas -sin que éste sea un adjetivo negativo per se– eran incuestionables.
Pero también fue incuestionable que, a partir de aquellos términos promovió un clima de polarización afectiva que trazó una frontera impermeable a la diversidad política y social del país pues, quienes buscaban un lugar en el espacio público para definir su posición, se veían obligados a escoger uno u otro bando.
En una investigación publicada recientemente sobre el tema, analizamos más de 1000 conferencias matutinas de López Obrador en busca de las características definitorias del “conservador” para, a partir de ellas, conocer el tipo de impacto que su discurso puede tener en la práctica de la democracia. Aquí algunos de los resultados.
Dentro del corpus de conferencias analizadas entre 2018 y 2023, se encontraron 734 en donde el tema principal fueron los “conservadores”, para un total de 2,388 menciones a aquel término y sus inflexiones (conservadora, conservador, ideología conservadora, entre otros). Apoyados con el software Atlas.ti & OpenAI se pudieron aislar las palabras que, al establecer una relación constante con el término conservador, crean un vínculo de sinonimia.
Dichas palabras fueron las siguientes: corrupto, hipócrita, autoritario, opuesto al cambio, clasista, racista y adversario. A través del software mencionado, se puede mostrar que en el discurso populista de López Obrador, aquellas palabras no fueron utilizadas en ningún otro contexto por lo que les dota de una fuerza simbólica y política que le permitieron posicionar al “conservador” como un enemigo de su proyecto y del pueblo que él representaba.
A partir de estos resultados se puede argumentar que “conservador” se convierte en un significante performativo, es decir, una palabra que implica una acción: conservador es igual a ser corrupto, mentir, robar, discriminar. En este sentido, en el populismo obradorista, la categoría de “conservador” hace referencia a alguien cuyas acciones y postura política lo sitúan en el terreno de la ilegalidad y la inmoralidad excluyendo a su portador de la participación política en asuntos de la vida colectiva.
¿Qué implicaciones tiene este hallazgo para relación entre populismo y democracia? Recordemos que ésta es la única forma de gobierno que concibe a cada persona con igual derecho y capacidad para participar en la toma de decisiones colectivas, a pesar de los obstáculos y dificultades que pueden implicar en su práctica, esta posibilidad de igualdad de participación permite que las decisiones políticas sean vinculantes para todos.
El discurso populista resulta negativo para la democracia cuando, a través de una división social, amenaza con quitarle el igual derecho de participación a quienes considera sus enemigos. Si el discurso populista está cargado de una performatividad que, por un lado, no promueve la progresividad en los derechos y las libertades y se basa en una descalificación moral que sitúa a su enemigo en la ilegalidad e inmoralidad, entonces está creando un conflicto que sólo puede resolverse con la anulación de un bando.
A partir de aquellos elementos, el discurso populista ejercería una polarización afectiva, es decir, un discurso vertical descendente que construye otro antagónico cargado de una “significativa dimensión afectiva” que genera en las personas una reacción divisiva: o estás conmigo, defensor del pueblo, o estás con los conservadores: corruptos, hipócritas, autoritarios, opuestos al cambio, racistas y clasistas.
Por mucho tiempo se ha considerado que al populismo lo define su caracterización del pueblo, lo cual es cierto; pero para salir de la perplejidad en que nos ha situado, es momento de evaluar sus credenciales democráticas por la forma en que caracteriza a su otredad: si ésta es concebida como un enemigo sin igual derecho de participación, entonces el populismo es negativo para la democracia.