En Brasil y Argentina, pocas instituciones produjeron integración simbólica comparable a la de la selección nacional durante siglo XX. En sociedades atravesadas por desigualdades regionales, fragilidad institucional y dificultades de integración territorial, los Mundiales ofrecían una experiencia excepcional de pertenencia colectiva.
Esa experiencia tenía efectos políticos, una vez que fútbol, televisión y Estado funcionaban dentro de las mismas estructuras nacionales de mediación. Mientras los símbolos colectivos circulaban a través de pocos grandes medios, los gobiernos podían asociar el éxito deportivo con legitimidad política.

El Brasil de 1970 fue un ejemplo claro. La expansión de la televisión pública permitió a la dictadura militar sincronizar la emoción producida por Pelé con una imagen optimista del país. El tricampeonato apareció asociado al crecimiento económico, la modernización y la integración territorial. La selección condensaba una representación del propio Brasil.
Esa operación era posible porque todavía existía una esfera pública relativamente centralizada. La televisión organizaba buena parte de la conversación nacional y permitía estabilizar sentidos compartidos sobre la comunidad política. Las divisiones sociales y regionales seguían existiendo, pero quedaban subordinadas a una narrativa común de pertenencia nacional.
La Argentina de 1986 funcionó bajo una lógica similar. La derrota en Malvinas había producido una crisis militar y una desorganización de la autoridad estatal. El partido contra Inglaterra se transformó en una continuación simbólica de la guerra de 1982 porque Maradona condensaba una representación nacional-popular basada en soberanía, antagonismo frente a las potencias centrales e identificación plebeya. Su centralidad política derivaba de la capacidad de reorganizar la relación entre pueblo, Estado e identidad nacional.
Los años noventa modificaron las condiciones que hacían posible esa articulación entre fútbol y legitimidad estatal. La fragmentación de la esfera pública alteró la manera en que los símbolos nacionales circulaban y adquirían significado político. La televisión dejó de concentrar casi por sí sola la conversación pública. Las plataformas digitales, los mercados globales y la expansión del entretenimiento transnacional dispersaron los mecanismos de identificación colectiva. La experiencia simultánea del Mundial siguió existiendo, pero se volvió mucho más difícil estabilizar una interpretación común de su significado político.
El conflicto entre Javier Milei y la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) expresa esa transformación. La disputa ya no pasa principalmente por apropiarse simbólicamente de la selección, sino por controlar una de las principales estructuras productoras de legitimidad cultural de la sociedad argentina. El capital simbólico del fútbol sigue siendo enorme, pero hoy se distribuye entre federaciones, plataformas, patrocinadores, clubes europeos y actores políticos en competencia.
Messi pertenece plenamente a ese nuevo escenario. Su legitimidad deportiva fue construida fuera de la Argentina y su consagración en Qatar 2022 recompuso una simultaneidad colectiva poco frecuente en la vida pública de un país polarizado. La movilización del título mundial, sin embargo, circuló dentro de estructuras de mediación más fragmentadas que las del período de Maradona, limitando la capacidad de incorporación estatal de ese capital simbólico.
Brasil ofrece quizá el ejemplo más visible de ese cambio. La camiseta de la selección fue durante décadas uno de los símbolos más inmediatos de identidad nacional compartida. Sin embargo, desde 2018 la tradicional camiseta amarilla quedó fuertemente asociada al bolsonarismo y perdió parte de su capacidad integradora.
El efecto fue visible en los dos últimos Mundiales, cuando muchos hinchas comenzaron a usar la camiseta azul como forma de evitar esa identificación política. El dato revela hasta qué punto el fútbol todavía produce pertenencia colectiva, pero ya no consigue organizar simbólicamente a la nación de la manera en que lo hizo durante gran parte del siglo XX.
Pelé y Maradona surgieron en un contexto en el que fútbol, televisión y Estado todavía operaban dentro de estructuras nacionales relativamente unificadas. Messi y Neymar pertenecen a otro mundo. Uno en el que el fútbol conserva capacidad de movilización emocional, pero ya no permite a los Estados estabilizar políticamente su significado.










