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Presidentes, semi-dioses y teologías de segunda

Del narcisismo presidencial a la sacralización del poder, líderes contemporáneos mezclan política y religión en una peligrosa escenificación que tensiona las democracias.

No hay duda que para ser presidente de un país se debe tener una buena dosis de egocentrismo. Por lo menos, se debe creer que uno tiene la fórmula para arreglar los problemas de su país, e incluso del mundo. Hay, sin embargo, casos patológicos de narcisismo entre presidentes poderosos. Y esto hace que estos personajes tan singulares rompan con el protocolo, con las normas escritas y no escritas, y, hoy en día, gracias a las tecnologías digitales y la IA, proyecten su imagen públicamente con elementos espirituales y cuasi-teológicos.

Viene a la cabeza el presidente Donald Trump y su reciente controversia con el Papa León XIV. El jefe de la Iglesia católica ha abogado por la paz, como se podría esperar. Trump lo ha tomado como una crítica a su política hacia Irán. El vice-Presidente JD Vance se ha metido en la melé para decirle al Papa que sea “más cuidadoso a la hora de hablar de teología”. Y para más inri, Trump había decidido publicar una estampita en su red digital donde aparece vestido con una túnica crística curando a un hombre convaleciente con el “poder” de una lucecita que sale de su mano, en una escena celestial-apocalíptica. El presidente de Estados Unidos tuvo que borrar la controversial estampita. Después difundió otra imagen en la que se le ve al lado de un Jesús que lo abraza.

En Latinoamérica los presidentes endiosados tienen antecedentes. Aunque no fue presidenta de Argentina, Eva Perón, la Santa Evita a la que el periodista Tomás Eloy Martínez le dedicó una excelente novela, vivió su pasión y muerte a la vista de los fanáticos de la “Señora” como la llamaban. Evita fue, a su manera, un producto de la cultura popular. Actriz de radio-novelas, entendía muy bien la importancia de los medios de comunicación en la política. Como lo escribiera Jorge Luis Borges, la presidencia de Juan Domingo Perón y Evita (fueron un duo político-mítico) estuvo marcada por

“[…] años de oprobio y bobería, los métodos de la propaganda comercial y de la litérature pour concierges fueron aplicados al gobierno de la república. Hubo así dos historias: una, de índole criminal, hecha de cárceles, torturas, prostituciones, robos, muertes e incendios; otra, de carácter escénico, hecha de necedades y fábulas para consumo de patanes […]”

Otro ejemplo más reciente es el de Hugo Chávez en Venezuela. Asumió en varias ocasiones papeles de demiurgo. La más destaca de esas ocasiones fue la apertura del sarcófago de Simón Bolívar el 16 de julio de 2010. La transmitió Urbi et Orbi por televisión, un evento entre lo grotesco y lo ritual, en el que Chávez pretendía asumir el papel de nuevo Libertador mostrándole al mundo el esquelético cadáver del héroe patriótico, a quien el presidente había bajado simbólicamente de los altares para rebajarlo al pozo de la muerte.

El otro momento fue cuando Chávez asumió el papel de sacerdote católico en una cuasi homilía que dio, entre llantos (imploraba por la sanación del cáncer que lo mató) y chistes (recordó el noviazgo de sus padres), en una misa de Jueves Santo el 5 de abril de 2012 en Sabaneta de Barinas (su lugar natal). Transmitida por televisión, la improvisada alocución de Chávez lo mostró muchas veces delante de un Nazareno cargando la cruz. De nuevo, el presidente-comandante buscaba confundirse con una figura religiosa (en esa ocasión con la más importante figura religiosa en una Venezuela mayoritariamente católica).

Revoltillo entre política y religión

La convergencia entre política y religión marca hoy en día varios de los conflictos mundiales. Los ayatolás de Irán basan su ideología en un chiismo escatológico fundamentado en la idea de que habría un decimosegundo y último mahdi (equivalente a un mesías) que estaría oculto. Para que el mahdi se revele, piensan los religiosos iraníes, habría que acelerar el Fin de los Tiempos, desatando una guerra de proporciones apocalípticas contra lo que los dirigentes iraníes llaman el Gran Satán (EEUU) y el Pequeño Satán (Israel).

En Israel algunas de las facciones del actual gobierno encabezado por Benjamín Netanyahu, se inspiran en un mesianismo nacionalista con el ojo puesto también en la redención final. Es el caso del controvertido ministro de seguridad nacional, Itamar Ben-Gvir (partido Otzma Yehudit, “Poder Judío”) y del también polémico ministro de finanzas, Bezalel Smotrich (Partido Religioso Sionista), quienes proponen una ideología de aspiraciones maximalistas según el cual Israel debería ejercer la soberanía sobre todo el territorio desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo.

En la India el partido gobernante del primer ministro Narendra Modi, el llamado Partido Popular Indio, combina nacionalismo con hinduismo. Su programa reivindica los valores socio-religiosos del hinduismo, mantiene posiciones problemáticas sobre la minoría musulmana de la India (alrededor del 14% de la población), y sostiene posturas beligerantes contra su vecino de mayoría islámica, Pakistán.

Parece que el advenimiento de la modernidad no ha asegurado claramente la separación entre “iglesia y estado”. El principio republicano derivado de las revoluciones del siglo XVIII de una división de los poderes terrenales y celestiales ha sido puesto a prueba varias veces en el siglo XXI. Después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 se ha invocado la cruzada contra los enemigos de Estados Unidos y Occidente (como lo hiciera el presidente George Bush), ha resurgido la tesis de Huntington sobre el choque de civilizaciones, y los populistas de derecha y de izquierda han jugado a conveniencia con una teología de segunda mano para justificar sus acciones bélicas o revolucionarias.

Ya en 1978, en los prolegómenos de la revolución islámica en Irán, el intelectual francés Michel Foucault había observado con entusiasmo la “espiritualización de la política”. Un ateo como él, anti-disciplinario y anti-poder, vio en la islamización de Irán bajo el liderazgo del Ayatolá Jomeini, una mezcla explosiva que cambiaría para siempre las relaciones de poder en el Medio Oriente y en el mundo islámico en general. No le faltó razón a Foucault. Sin embargo, la explosiva mezcla entre religión y política no asegura paz ni estabilidad. Los resultados están a la vista.

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Profesor del Departamento de Comunicación de la Universidad de Ottawa. Consultor en comunicación y salud, gestión de crisis y responsabilidad social corporativa. Doctor por la Universidad de Montreal.

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