El éxito exportador y el rápido crecimiento de la economía China normalmente serían motivo de elogio y admiración, y la estrategia de desarrollo que lo ha hecho posible formaría parte de los paquetes de políticas cuya adopción el Banco Mundial, el FMI y los países ricos exigirían como condición para otorgar asistencia financiera a los países pobres. Historias de éxito anteriores -por cierto, también asiáticas- fueron presentadas como ejemplos a seguir y bautizadas con conceptos inspiradores. Así, el rápido crecimiento económico del Japón de la posguerra fue denominado el Milagro Japonés, mientras que Singapur, la Isla de Taiwán, Hong Kong y la República de Corea fueron celebrados como los Tigres Asiáticos, debido a sus éxitos económicos.
Sin embargo, los resultados chinos frecuentemente se ha adjetivado en occidente con términos negativos, como el Choque Chino (aunque no en el artículo académico publicado en a la American Economic Review en el 2013 que da origen al término), concepto que posteriormente evolucionó hacia el Nuevo Choque Chino (o Choque Chino 2.0), a raíz de sus éxitos recientes en los mercados mundiales de vehículos eléctricos, inteligencia artificial, baterías, biotecnología, energías renovables, robótica, semiconductores y otras tecnologías del futuro.
Los beneficios globales de la producción china
En lugar de elogios, el China Shock suele denigrarse como sobreproducción, sobrecapacidad y sobreoferta, situación que es atribuida a políticas industriales (intervención del estado en la economía) y a la selección de ganadores (champions). Ello, deliberadamente olvidando que esta misma estrategia también estuvo en los cimientos del Milagro Japonés y de los éxitos de los Tigres Asiáticos.
Desde el punto de vista de la oferta y la demanda, sobreproducción existiría si se fijan precios mínimos (¿por alguna hipotética autoridad mundial de comercio?), lo cual, evidentemente, no es el caso. Lo realidad es que las empresas chinas, debido a su elevada productividad y a políticas gubernamentales, han desplazado la curva de oferta hacia la derecha y hacia abajo, presionando a la caída los precios a los cuales se equilibra el mercado para numerosos productos industriales.
Esa situación deriva en tres consecuencias socioeconómicas. En primer lugar, millones de consumidores de ingresos bajos y medios de todo el mundo, han podido adquirir automóviles y otros bienes industriales a precios asequibles. En segundo lugar, el combate al cambio climático ha sido más eficaz gracias al acceso a equipos de energía renovable de alta tecnología y bajo costo. Y, en tercer lugar, industrias occidentales de baja productividad y altos costos no han podido sobrevivir.
Los políticos occidentales, en lugar de alegrarse por el mayor nivel de vida de sus consumidores y las mejores perspectivas en la lucha contra el calentamiento global derivadas de la inserción de China en la economía mundial, han optado por alinearse con los intereses de grandes empresas poco productivas, con sus conglomerados monopolísticos y oligopolísticos y con los financistas de sus costosas campañas políticas.
Las claves de la competitividad de China
Más que defender esos intereses y atribuir culpas a China, los países occidentales harían bien en identificar los factores que explican la competitividad de las empresas de ese país. Entre ellos merecen especial atención los siguientes: primero, un amplio mercado interno, que permite alcanzar economías de escala y una intensa competencia doméstica; segundo, elevadas tasas de ahorro e inversión, que impulsan la acumulación de capital; tercero, la continuidad y previsibilidad de la política económica, junto con la estabilidad política; cuarto, fuertes inversiones en educación, infraestructura, energía e investigación y desarrollo; y quinto, una estrategia de desarrollo basada en un manejo macroeconómico sólido, planificación y políticas industriales de largo plazo, combinadas con un papel importante del mercado y la empresa privada.
Todos estos factores pueden replicarse en Occidente. Gran parte de Europa, integrada económicamente bajo los acuerdos de la Unión Europea, y Estados Unidos, debido al tamaño de su mercado, comparten con China las ventajas descritas en el punto primero.
Las altas tasas de ahorro e inversión chinas responden a decisiones políticas y a dificultades históricas que privilegian la acumulación de riqueza y la cultura de la previsión. Las sociedades occidentales han optado por un modelo de crecimiento que necesita del consumismo como herramienta para dinamizar la demanda, para que esta a su vez supuestamente estimule la inversión y el crecimiento económico.
Sin embargo, las bajas tasas de ahorro resultantes de este enfoque derivan en tasas de interés relativamente elevadas lo que a la postre afecta negativamente la inversión, la acumulación de capital y el crecimiento del PIB. Existen herramientas fiscales, monetarias y bancarias que permitirían incrementar las tasas de ahorro en cualquier país occidental. Los obstáculos para adoptarlas son políticos más que tecnológicos; se trata de una decisión nacional, evidentemente no atribuible a China.
Los obstáculos políticos de Occidente
En cuanto al tercer punto, establecer un régimen de partido único que garantice la prolongación y la predictibilidad de la ruta del desarrollo, no sería una alternativa realista ni conveniente. Sin embargo, alcanzar acuerdos que garanticen la continuidad de las políticas económicas estratégicas dentro de sistemas multipartidistas sí es una opción. Los políticos de las democracias occidentales han preferido la polarización, los logros inaugurarables en el corto plazo, los triunfos electorales y las victorias pírricas, por encima de acuerdos que den primacía a los intereses estratégicos nacionales. Pero eso, por supuesto, no es culpa de China.
Lo mismo puede decirse del cuarto factor. No existen imposibilidades estructurales que impidan a los políticos occidentales destinar suficientes recursos a la educación, la infraestructura y la investigación científica. De hecho, lo hicieron en otras épocas. No obstante, materializar esa ruta hoy requiere de reducciones en los gastos militares, elevar los impuestos a los multimillonarios y tocar los intereses de los financistas de sus dispendiosas campañas políticas, todas decisiones difíciles desde el punto de vista de sus objetivos inmediatistas en el campo electoral, objetivos que tampoco les han sido escogidos por China.
Respecto al quinto punto, los países occidentales ricos también llegaron ahí no apegados a los dogmas del mercado sino con soluciones eclécticas (aunque la propaganda intente convencernos de lo contrario). Sin embargo, si la estrategia China, abierta y explícitamente dirigista, explica buena parte de su éxito, como suele argumentarse en Occidente, nada impide que se implementen enfoques similares. Eso sí, ello implicaría separarse de narrativas ideológicas utilizadas durante décadas para justificar imposiciones al Sur Global y renunciar a uno de los argumentos más utilizados para desacreditar a China. Pero si el orgullo u objetivos geopolíticos son los obstáculos, ello jamás puede atribuirse a China.
Aprender de China en lugar de culparla
En lugar de considerar seriamente alternativas, Occidente ha optado por el juego de las culpas y las guerras económicas. Todo ello mientras la paz mundial se ve amenazada por una creciente retórica anti China.
¿No sería mejor para el mundo, y ciertamente para Occidente, examinar con atención los factores que explican el éxito Chino, los que explican su propio éxito, para así, sin dogmas ni amenazas a la paz, construir las estrategias de futuro?










