La Segunda Vuelta Electoral (SVE) o balotaje es una fórmula electoral de mayoría que opera como “mecanismo de desempate” en elecciones presidenciales. Se introdujo gradualmente en varios países latinoamericanos en los contextos de transición a la democracia de finales del siglo XX. Actualmente existe en catorce países de América Latina, pero su uso es diferenciado. En algunos, como Nicaragua, nunca se ha recurrido a ella, en Argentina solo se ha usado dos veces, mientras que en Guatemala han sido diez elecciones entre 1985 y 2023 que se han resuelto con este mecanismo. En Brasil, desde 1989 y hasta hoy se han llevado a cabo diez elecciones presidenciales, en ocho, los candidatos han tenido que pasar a una SVE porque no alcanzaron la mayoría del 50% más uno en la primera ronda. Sin embargo, en las siete elecciones anteriores fue un proceso “innecesario”, porque en todas las segundas vueltas siempre se confirmó el ganador de la primera. Esta tendencia podría repetirse para la elección entre Flavio Bolsonaro y Luiz I. Lula Da Silva. Sin embargo, la reciente elección es la primera donde la diferencia entre el primer y segundo lugar es de menos del 2%, lo que refleja la polarización en la política brasileña, presente en prácticamente todo el continente.
Legitimidad artificial
Entre los principales argumentos que se esgrimen a favor de la SVE es que dota de mayor legitimidad a los presidentes. Pero esto no es así, ya que es una legitimidad artificial que se va esfumando una vez tomado el cargo. En las elecciones presidenciales de Chile en 2021, José Antonio Kast obtuvo casi 28% de los votos en el primer turno, mientras que Gabriel Boric apenas en 26%. En la SVE Boric obtuvo 30% votos más que en el primer turno y 20% más que Kast.

En las últimas dos elecciones en Perú se ha presentado igualmente este escenario. En 2021 Pedro Castillo apenas alcanzó el 19% de los votos en la primera vuelta, y en 2026 Keiko Fujimori apenas el 17%, en la SVE ambos lograron la presidencia apenas superando por décimas la mayoría absoluta. Estas votaciones nunca han sido suficientes, la legitimidad electoral es importante, pero no asegura buenos gobiernos.
Una vez alcanzado el cargo, la legitimidad se acrecienta o disminuye por otras condiciones como el apego a la legalidad y la eficiencia en el desempeño. Presidentes electos en SVE muchas veces terminan mal su gobierno porque descuidan estos aspectos.
Innecesaria
En general, la SVE electoral tiende a ser “innecesaria”. La mayoría de las veces que se ha recurrido a ella han resultado electos los presidentes que ya habían ganado en la primera vuelta. Los casos de reversión, es decir, donde el segundo lugar en la primera vuelta obtiene la presidencia en la segunda, son muy contados.
Desde 2020 se han celebrado doce elecciones presidenciales con SVE en América Latina, y solo en tres se ha revertido el resultado. Un caso emblemático fue la elección de Javier Milei en 2023 en Argentina, quien en la primera vuelta obtuvo casi el 30%, mientras que Sergio Massa obtuvo el 38%. La SVE terminó favoreciendo al primero con una diferencia de casi el 10%.
La reversión del resultado refleja el voto estratégico punitivo del electorado, que termina eligiendo a un candidato, no porque sea la mejor opción, sino porque castiga al partido en el gobierno, como en Argentina, o no desea que llegue alguien en específico, como sucedió con la elección de Guillermo Laso en Ecuador en 2021, o Fernando Arévalo en 2023 en Guatemala.
Gobiernos débiles, presidentes irresponsables
Pero el principal problema que genera la SVE son gobiernos que no gozan por lo general de mayorías legislativas sólidas. Salvo excepciones como Colombia, las elecciones presidenciales y legislativas en América Latina tienden a ser simultáneas, parcial o totalmente. Y esto juega en contra del presidente electo, sobre todo cuando gana en reversión o si en la primera vuelta su partido obtuvo una baja votación. En estos casos, la SVE no crea ni una sólida base partidista, ni fomenta mayorías legislativas que lo respalden.
Además, en los últimos años la SVE ha “permitido” el arribo de presidentes outsiders, cuyos gobiernos terminan mal o interpretan los resultados de la SVE como un mandato del pueblo para subvertir el orden constitucional vigente. Rafael Correa en Ecuador, Jair Bolsonaro en Brasil, Alberto Fujimori y Pedro Castillo en Perú, Javier Milei en Argentina, Abelardo de la Espriella en Colombia son algunos de los casos representativos de esta situación.
¿Habría que eliminarla?
Si por lo regular es la SVE tiende a ser innecesaria, crea una legitimidad artificial poco útil para gobernar y, además, es un factor que puede favorecer gobiernos divididos ¿debería entonces eliminarse? No necesariamente.
A pesar de esas consecuencias, la SVE tiene efectos compensatorios en contextos de elecciones altamente competidas o de alta fragmentación partidistas. Las elecciones con SVE en 2026 sirven para ejemplificarlo: Keiko Fujimori hubiera tenido menos posibilidades de afianzar su gobierno si hubiera tomado la presidencia de Perú con solo el 15% de la votación obtenida en primera vuelta. En las elecciones de Colombia la diferencia entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda fueron casi similares en la primera y la segunda vuelta, pero no era lo mismo llegar a la presidencia con un 43% que con casi 50%.
En suma, la SVE debe evaluarse solo como una fórmula para elegir gobernantes, pero no sobredimensionar sus efectos, pues la estabilidad de las democracias va más allá de los votos.










