Crimen pandémico y Estados distraídos en la región

América Latina es una región pacífica pero altamente violenta y criminalizada. La dimensión de “pacífica” se refiere más a que no hay tensiones militares de gran nivel que amenacen la estabilidad regional y que no hay hipótesis reales de confrontación a pesar de ciertas escaramuzas limítrofes con bajos dilemas de seguridad. Sin embargo, la naturaleza de la región es compleja, violenta e insegura. A saber, entre las 50 grandes ciudades más violentas e inseguras del mundo, 42 son latinoamericanas y, mientras la región representa el 13% de la población mundial, aquí sucede el 40% de los homicidios violentos del mundo. En América Latina hay más violencia y crimen que en cualquier otra parte del planeta.

A pesar de ello, al principio de la pandemia, como se esperaba, hubo un descenso interesante en el crimen tradicional en la región desplazando la violencia y los principales crímenes al interior de los hogares. Dicho descenso puede responder a que el crimen tradicional estuvo afectado por el aislamiento social y la alteración de la vida cotidiana en gran parte de los países. Por otro lado, los criminales digitales se aprovecharon de la pandemia y los ciberdelitos crecieron más de 70% en la región.

El aumento del crimen y la violencia en la pandemia

Sin embargo, a partir de mayo de 2020, las estructuras y los fenómenos criminales tradicionales comenzaron a adaptarse a las nuevas situaciones de emergencia y vigilancia en los diferentes países. La puesta en marcha de estrategias para el control de la población y el aislamiento social en la mayoría de los países de América Latina por parte de las instituciones estatales, dejó en evidencia Estados distraídos.

Mientras las fuerzas de seguridad patrullaban las zonas rurales y urbanas haciendo labores atípicas en materia sanitaria, los grupos y organizaciones criminales potenciaron sus capacidades de gobernanza en varios territorios. Y en los países más débiles y con instituciones más distraídas, los criminales comenzaron rápidamente a adoptar y emular elementos distintivos de los Estados.

En México, Colombia y Brasil, por ejemplo, grupos armados de diferentes naturalezas suplantaron roles estatales en el orden y control territorial, social y económico. El tráfico de menores entre Haití y República Dominicana se elevó un 60 %, la participación de los peligrosos carteles del narcotráfico mexicano en los diferentes nodos geográficos en Colombia con el Clan del Golfo, los Pelusos y demás, se incrementó hasta el punto de comprender esta dinámica como una diplomacia criminal. Mientras que las maras centroamericanas de MS-13 y Barrio 18 encontraron nuevos métodos de lavado de activos en negocios legales.

El crímen y la construcción de legitimidades

Estos ejemplos no demuestran que la pandemia es la causante del crimen y la violencia, sin embargo, dejan en claro que esta ha sido un elemento acelerador del fenómeno. Y es que crecimiento del críemen puede tener una explicación interesante, y es que, los operativos de las fuerzas de seguridad en las calles y la distracción sanitaria de los Estados han dejado el camino libre a los criminales para construir ciertas legitimidades en alguno territorios latinoamericanos donde las organizaciónes ya estaban acentadas.

De hecho, tanto en Centroamérica como en Suramérica, algunas de las estructuras armadas al margen de la ley impusieron sus propias medidas de asilamiento y aprovecharon las precariedades de las políticas públicas estatales para brindar protección a la población, administrar justicia, prevenir contagios, construir rutas de acceso y tejer relaciones subterráneas con la población. Todo esto a un alto costo social. Por lo tanto, la pandemia impulsó con más fuerza la gobernanza criminal y dejó al desnudo las grandes falencias institucionales en la región.

En conclusión, mientras los tomadores de decisiones en los diferentes estados siguen leyendo el contexto de seguridad de sus países en clave de policías y militares, los criminales entienden que la legitimidad es un recurso fundamental en su estrategia de pervivencia. La militarización de la seguridad no es directamente proporcional a un estadio de paz y de no crimen y no violencia. Hacen falta mejores reflexiones sobre la seguridad particular y una mejor cercanía sobre las “seguridades cotidianas” del ciudadano de a pie, para que haya mejores relaciones cívico-estatales y no cívico-criminales. Por todo esto, América Latina es una región muy pacífica pero peligrosa.

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