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El eje del Sur: cómo América Latina y África podrían redefinir el comercio global

África y América Latina avanzan hacia una alianza estratégica que, pese a su débil conectividad actual, podría transformar el comercio global desde el Sur.

En Yaundé, Camerún, lejos del foco oficial de la 14.ª Conferencia Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (MC14), comenzó a tomar forma silenciosamente una realineación sutil pero transformadora. África y América Latina, consideradas durante mucho tiempo actores periféricos en la economía global, están emergiendo como motores capaces de reconfigurar los patrones comerciales durante las próximas décadas.

Esto no es mera retórica. Los debates en la MC14 reflejaron un reconocimiento creciente de que el Sur Global ya no es un observador pasivo del comercio internacional. África y la región de América Latina y el Caribe se están afirmando cada vez más como fuerzas dinámicas que influyen en la producción, la inversión y los flujos comerciales. Las sinergias económicas, las afinidades culturales y las lógicas empresariales compartidas de sus comunidades de negocios revelan un vasto reservorio de oportunidades preparado para transformar el panorama económico global.

Según la OMC, el comercio Sur-Sur ha crecido desde aproximadamente el 10% del comercio mundial a mediados de los años noventa hasta alrededor del 25% en la actualidad. Con cerca de 90 países, más de 2 mil millones de personas y más de 10 billones de dólares en PIB combinado, África, América Latina y el Caribe tienen el potencial de pasar de ser puestos periféricos a convertirse en centros clave que configuren el comercio global.

Sin embargo, el comercio entre estas dos regiones sigue siendo mínimo. Las exportaciones de los 33 miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) hacia África representan apenas el 0,3% del comercio mundial, mientras que los flujos en sentido contrario son aún menores. Los envíos latinoamericanos consisten principalmente en productos agroalimentarios procesados y bienes manufacturados ligeros —dominados por Brasil—, mientras que las exportaciones africanas son principalmente materias primas y productos agrícolas con escaso procesamiento. Este desequilibrio pone de relieve la oportunidad de construir relaciones comerciales más diversificadas y mutuamente beneficiosas.

El impulso político está en aumento. Varios países latinoamericanos están profundizando sus vínculos con socios africanos, mientras se multiplican las iniciativas destinadas a fortalecer la conectividad interregional. Nuevas rutas marítimas —como el acuerdo de transporte marítimo firmado por los ministros de Relaciones Exteriores de Ghana y Colombia— señalan un esfuerzo decidido por acercar ambas regiones a través del comercio.

Mi investigación, Conectando los Sures: Identificación de sectores estratégicos para el comercio, la cooperación industrial y las cadenas de valor entre África y América Latina, realizada conjuntamente con Sebastian Galindo Cantor de la Cámara de Comercio Latino-África, identifica oportunidades de colaboración entre comunidades empresariales, inversores y actores industriales en ambas regiones. También aborda un punto ciego crítico en los análisis convencionales del comercio entre África y América Latina: la conectividad.

A pesar de su potencial económico, los continentes siguen estando pobremente conectados. Las rutas marítimas directas son escasas, las redes aéreas limitadas y la infraestructura digital fragmentada. El comercio tiene dificultades para crecer, no por la distancia geográfica, sino porque los vínculos de transporte y digitales que conectan estas regiones son débiles, costosos y poco fiables. Económicamente, la distancia no se mide en kilómetros; se define por la fortaleza —o fragilidad— de las conexiones que unen una región con otra. Incluso las asociaciones más prometedoras no pueden escalar sin una logística eficiente, corredores de transporte fiables y sistemas digitales integrados.

Sin embargo, las similitudes son abundantes. La vida económica en África y América Latina es relacional, adaptable y profundamente arraigada en redes informales que coexisten con mercados formales. Los intercambios comerciales suelen estar determinados tanto por la confianza, la afinidad cultural y las prácticas compartidas como por contratos formales. Estas afinidades subyacentes proporcionan una base sólida para una cooperación económica estructurada.

Las oportunidades sectoriales de colaboración son sustanciales. Los sistemas agroalimentarios ofrecen vías para construir cadenas de valor resilientes que mejoren la seguridad alimentaria y diversifiquen las exportaciones, pasando de materias primas a productos procesados de mayor valor. Los recursos energéticos —incluidas las energías renovables y la bioenergía— presentan oportunidades para la industrialización conjunta y una mayor autosuficiencia energética. La manufactura ligera, como textiles, confección e industrias de ensamblaje, puede impulsar la mejora industrial y la creación de empleo. Los servicios digitales y las plataformas logísticas permiten a las empresas mejorar su productividad, ampliar el acceso a mercados e integrarse en cadenas de valor Sur-Sur más amplias. Con políticas específicas y alianzas interregionales, estas fortalezas pueden transformarse en una cooperación económica sostenida.

Por eso, las propuestas surgidas de la MC14 son tan importantes. Nuevos corredores marítimos, redes aéreas ampliadas y plataformas digitales integradas no son simples mejoras; son los futuros canales a través de los cuales se acelerará el comercio Sur-Sur. Sin embargo, la infraestructura por sí sola no es suficiente. Para generar un impacto significativo, estos corredores deben basarse en proyectos colaborativos conjuntos que vinculen los sistemas productivos de África y América Latina. Al alinear las cadenas de valor en agricultura, agroindustria, energía y manufactura ligera, los países de ambas regiones pueden transformar las sinergias latentes en cooperación industrial concreta.

En este sentido, la conectividad se convierte en una estrategia para reorganizar la producción a través de los continentes. Los flujos comerciales fragmentados pueden evolucionar hacia ecosistemas económicos integrados y mutuamente reforzados. Si se implementan con éxito, estas iniciativas podrían hacer más que ampliar los volúmenes de comercio: podrían catalizar nuevas cadenas de valor impulsadas por prioridades del Sur en lugar de la demanda de las economías del Norte. Durante décadas, África y América Latina han ocupado posiciones similares en la economía global: como exportadores de materias primas y actores periféricos en las cadenas de valor globales, dependientes de mercados externos. Ese paradigma está cambiando a medida que los vínculos Sur-Sur se profundizan y diversifican.

El auge del comercio Sur-Sur está reconfigurando la geografía económica global. A medida que la producción, el consumo y la innovación se descentralizan, África y América Latina tienen la oportunidad de emerger como centros resilientes y diversificados de un nuevo orden económico. Para materializar este potencial se requieren tres cambios fundamentales:

Primero, la infraestructura como base. Puertos, rutas marítimas, conexiones aéreas y plataformas digitales son condiciones previas para el comercio, no facilitadores opcionales.

Segundo, los acuerdos comerciales y la armonización regulatoria son importantes, pero las políticas también deben involucrar el tejido relacional de estas economías: apoyar a las pymes, aprovechar las redes de la diáspora y construir confianza entre las comunidades empresariales.

Tercero, las brechas de conectividad —físicas, digitales y relacionales— deben reconocerse como restricciones decisivas que determinan si el potencial económico puede hacerse realidad.

Las implicaciones van mucho más allá del comercio bilateral. Cerrar las brechas de conectividad y fomentar un desarrollo coordinado en los sectores agroalimentario, energético, manufacturero y digital puede crear nuevos clústeres industriales y cadenas de valor regionales. Esto reduciría la dependencia de los mercados tradicionales del Norte, fortalecería la resiliencia, fomentaría la innovación y generaría empleo. Además, una mayor integración económica amplificaría la voz colectiva de África y América Latina en la gobernanza del comercio global, permitiéndoles negociar desde posiciones de mayor fortaleza y dar forma a las reglas internacionales en línea con las prioridades del Sur.

La cooperación Sur-Sur ya no es una posibilidad teórica: es una oportunidad histórica. Al combinar el desarrollo de infraestructuras, la integración de cadenas de valor y la colaboración estratégica, África y América Latina pueden no solo expandir el comercio, sino también redefinir la arquitectura del comercio global, situando las prioridades lideradas por el Sur en el centro del orden económico del siglo XXI.

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Doctor en Jurisprudencia por la Universidad de Salerno. Director ejecutivo de Desiderio Consultants (Nairobi), especialista sénior en aduanas y comercio del Banco Mundial y asociado sénior del Instituto de Política Económica y Social del Cuerno de África (HESPI).

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