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El vínculo entre América Latina e Italia: una alianza histórica que recobra impulso

América Latina e Italia atraviesan una nueva etapa de acercamiento, apoyada en una historia compartida que busca traducirse en una alianza más estable.

Después de años de atención intermitente, parece abrirse una nueva etapa en las relaciones entre América Latina e Italia. El Gobierno italiano ha renovado su interés por la región, favorecido por su afinidad política con varios de sus dirigentes. La presidenta del Consejo de Ministros, Giorgia Meloni, ha desarrollado una relación especialmente estrecha con el mandatario argentino, Javier Milei, pero el acercamiento no se limita a Argentina. El diálogo con los presidentes de Paraguay, Santiago Peña, y Ecuador, Daniel Noboa, así como los contactos con otros gobiernos latinoamericanos, muestran una atención renovada hacia el continente.

También ha aumentado el interés de América Latina por estrechar sus vínculos con la Unión Europea e Italia. Ante las limitaciones de relaciones condicionadas por la competencia geopolítica, la dependencia financiera o profundas asimetrías, varios gobiernos ven en Europa un socio capaz de ofrecer otras formas de cooperación. Entre ellas, un modelo que busca combinar crecimiento económico, cohesión social, sostenibilidad y fortalecimiento institucional.

Algo similar ocurre en materia de seguridad. Frente a respuestas centradas exclusivamente en la represión, la experiencia europea puede aportar una perspectiva que articule prevención, desarrollo, participación social y respeto del Estado de derecho.

Una relación que va más allá de la coyuntura

El acercamiento entre América Latina e Italia no debería entenderse únicamente como una alternativa frente a las estrategias de otras potencias. Su principal fortaleza reside en una historia compartida y en la posibilidad de construir una asociación menos desigual, con intereses concretos para ambas partes.

Esta aproximación tampoco responde únicamente a la coyuntura política. Recupera una dimensión presente en la política exterior italiana desde el nacimiento de la República y cuyas raíces son anteriores.

Mucho antes de que Italia redefiniera su papel internacional después de la Segunda Guerra Mundial, parte de su dirigencia política ya consideraba América Latina un espacio natural de diálogo. Esta visión no se apoyaba únicamente en intereses diplomáticos o comerciales, sino también en los vínculos creados por las migraciones, la cultura, el derecho y ciertas tradiciones compartidas.

Para los millones de italianos que cruzaron el Atlántico entre finales del siglo XIX y buena parte del XX, América Latina no fue solo un destino económico. Fue el lugar donde construyeron nuevas vidas y comunidades que, con el tiempo, pasaron a formar parte de las sociedades latinoamericanas.

De esa experiencia surgió uno de los rasgos distintivos del enfoque italiano hacia la región: la idea de que la cooperación no debía basarse en una relación vertical entre donante y receptor, sino en una asociación entre sociedades vinculadas por su historia y capaces de obtener beneficios mutuos.

De la emigración a la cooperación institucional

A comienzos del siglo XX, el economista y futuro presidente de la República Luigi Einaudi defendió una presencia italiana en el mundo basada en el trabajo, la empresa y la emigración, frente a la lógica colonial predominante en Europa. América Latina representaba uno de los principales escenarios de esa presencia pacífica.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Alcide De Gasperi, jefe del Gobierno italiano entre 1945 y 1953, vio en América Latina un interlocutor importante para el regreso de Italia a la comunidad internacional. Argentina ocupaba un lugar central debido a la presencia de millones de italianos y sus descendientes.

Esta visión fue adquiriendo una estructura institucional. En 1949, el Gobierno italiano impulsó una misión diplomática por las principales capitales latinoamericanas. En 1966 se creó el Instituto Ítalo-Latino Americano, hoy Organización Internacional Ítalo-Latinoamericana (IILA), que reunió a Italia y a los países de la región en un foro permanente de diálogo y cooperación.

El valor de esta institución se hizo evidente durante la Guerra Fría. En un continente atravesado por fuertes divisiones ideológicas, Italia consiguió mantener un espacio en el que participaban gobiernos de tendencias muy distintas, incluida Cuba.

La crisis política italiana de comienzos de los años noventa debilitó la continuidad de esta política. América Latina comenzó a recibir una atención más irregular, subordinada con frecuencia a las prioridades de cada gobierno. Las Conferencias Italia-América Latina y el Caribe, celebradas desde comienzos de este siglo, permitieron conservar un espacio estable de diálogo, aunque no siempre lograron traducirse en una estrategia duradera.

Del acercamiento político a una estrategia estable

El contexto internacional vuelve hoy a ofrecer condiciones favorables para profundizar esta relación. Los acuerdos entre la Unión Europea y el Mercosur, las afinidades entre el Gobierno italiano y varios mandatarios latinoamericanos y el potencial económico de la región han devuelto relevancia al vínculo, tanto desde una perspectiva comercial como geopolítica.

El desafío consiste en transformar este impulso en una política sostenida. América Latina no puede convertirse para Italia en una moda diplomática ni recobrar importancia únicamente cuando cambian los equilibrios ideológicos de la región. Si el acercamiento depende de la afinidad entre determinados gobiernos, corre el riesgo de desaparecer con ellos.

Los dos actores disponen de instrumentos para evitarlo: la IILA, las Conferencias Italia-América Latina y el Caribe, la cooperación internacional, la diplomacia económica y la extensa red de comunidades de origen italiano. Pero esos mecanismos solo serán eficaces si responden a prioridades precisas y generan resultados reconocibles en ámbitos como el comercio, la transición energética, la seguridad, la formación y el fortalecimiento institucional.

El vínculo entre América Latina e Italia fluye por las venas de una historia compartida, pero esa herencia, aunque facilita el acercamiento, no basta para sostenerlo. El objetivo no es reconstruir el pasado ni convertir los lazos culturales en una fórmula retórica, sino aprovecharlos para construir una relación más estable y equilibrada. Porque el futuro de esta alianza dependerá de la voluntad política de traducir esa cercanía en proyectos concretos.

Autor

Economista y Doctor en economía política Universidad Internacional LUISS Guido Carli, Italia. Desde más de 20 años se dedica a las relaciones internacionales entre Italia-Europa y América Latina.

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