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Homo Fumus

El “homo fumus” describe a una sociedad dominada por la posverdad, los mensajes efímeros y las narrativas políticas vacías, donde el humo desplaza al pensamiento crítico y a las soluciones reales.

Hace casi treinta años, el politólogo italiano Giovanni Sartori publicó una de sus obras más difundidas: “Homo Videns”. Su tesis central es que la opinión se forma, principalmente, a partir de la imagen proyectada entonces por la televisión, y que esa imagen termina definiendo los imaginarios con los que interpretamos la realidad, generamos opinión pública y nos comportamos políticamente, incidiendo en cómo percibimos la política, sus actores, regímenes e instituciones.

Aquella imagen televisiva se estructuraba también con palabras, colores y música que construían la percepción. De ahí que el rol de los medios de comunicación fuera —y siga siendo— fundamental para definir la agenda de qué se muestra y cómo se lo muestra. Por eso los estudios en comunicación política aportaron mucho para entender nuestro comportamiento político, y por eso los espacios de noticias, la opinión de expertos y, en contados casos honrosos, el pluralismo, eran la base de la opinión y de la acción política. Eran épocas imperfectas, pero en las que aún quedaba un resquicio para el debate, el cuestionamiento y la verificación de si el sistema político, en términos de David Easton, cumplía o no su rol; épocas en las que la democracia todavía operaba como premio o castigo.

Hoy, al parecer, ya no vivimos en esa sociedad de la imagen, ni siquiera en aquel “homo cretinus” que el propio Sartori señaló en 2016, cuando las redes sociales habían creado un individuo superficial, de poca retentiva y susceptible a la información falsa. Vivimos en una sociedad donde la venta de “humo” es la base de la cognición humana: el mensaje rápido, el video corto y la ausencia de pensamiento crítico se juntan con la posverdad y la Inteligencia Artificial para producir un individuo que acepta como verdad cualquier farsa, sostenida apenas en una narrativa que rara vez excede los 280 caracteres y cuyo único propósito es indignar, exacerbar emociones y ratificar sesgos.

Este “homo fumus” está presente en todas las esferas de la vida. Hemos reemplazado la base científica de la psicología, construida por décadas de investigación, por coaches entusiastas que prometen curar la depresión con declaraciones verbales, “constelaciones familiares” o reels. O por “influencers” que venden discursos sin camiseta, rodeados de mujeres y sentados en un Ferrari, para hacerte ganar un millón de dólares a base de “burpees”.

En la educación media y superior, la autoridad del libro de texto ha sido reemplazada por un video de TikTok, y el uso inadecuado de la IA ha obligado a recuperar estrategias de vieja data, como el papel y el lápiz —tal como se lo está haciendo en Finlandia—, para forzar el esfuerzo y estimular capacidades. En la universidad es cada vez más común escuchar a los docentes hablar de la necesidad de nivelar contenidos básicos, porque los estudiantes no logran siquiera sintetizar la información de un texto complejo. Se dificulta así aquello que la universidad debería ser: el espacio del diálogo socrático y de la generación de conocimiento por excelencia.

En las relaciones interpersonales, la modernidad líquida de Bauman ya advirtió sobre la fluidez e incertidumbre de las estructuras sociales; hoy esa condición se exacerba. El humo transforma la “libertad” en precariedad, la “movilidad” en ausencia de arraigo e identidad, y los mensajes fofos de individualismo en pérdida del tejido social. Una comunidad debilitada queda indefensa frente a los depredadores de lo público: vendedores de humo que no tienen la más miserable idea de cómo administrar el Estado, ni de cómo se planifican y ejecutan soluciones para mejorar las condiciones de vida de la gente.

Y, obviamente, esto ha alcanzado a la política. Daniel Innerarity, en su “Teoría de la democracia compleja”, advierte que la democracia debe ser reconceptualizada y que los viejos conceptos con los que entendíamos el poder resultan obsoletos. El autor comprende bien cómo el humo nutre la discusión política: la noticia sobre la pareja sentimental de un político, o las ridículas aventuras del “capitán ANCAP” o “Superbigote”.

A ello se suman las producciones hollywoodenses con helicópteros, tanquetas y soldados al más puro estilo de “Rambo”, exhibidas como política pública de seguridad, mientras los resultados en Ecuador cuentan otra historia: 2025 fue el año más violento de su historia y el último feriado registró uno de los días más oscuros de 2026 (38 muertes violentas en un solo día).

Y cómo olvidar los anuncios sobre anexar Venezuela como Estado 51 de la Unión Americana o la “broma” en el anuncio a una posible reelección a pesar de que la constitución lo prohíbe. O los videos de influencers digitales en un intento de cambiar la imagen del Estado de Israel en medio de las acusaciones de genocidio en su contra, u otros “influencers todólogos” que predicen terremotos. Tampoco podemos dejar de lado la exhibición de  riqueza y lujo en China, que sirve para ocultar las acusaciones de violaciones a los Derechos Humanos en dicho país.

Todo esto es ahora la base de la política. Quedó atrás la discusión sobre las acciones del gobierno o las leyes que aprueba el parlamento, y menos aún podemos esperar un debate argumentado y sólido sobre las ideas que deben regir lo que el Estado y la sociedad hacen con un país.

Y pensar que en 1997 imaginábamos un mundo más pacífico, más democrático y con mejores oportunidades gracias a la capacidad de esa misma tecnología para difundir información. Hoy vender “humo” no solo es rentable: los vendehumo toman decisiones e influyen más que los científicos. Del otro lado, el “homo fumus” funda su existencia y su vida en sociedad en algo que no existe: farsas, burlas, mensajes cortos que no dicen nada. Lamentablemente, eso es en lo que ha involucionado el “Homo Videns” de Sartori. El desafío intelectual quedó reducido a cosa de unos pocos nerds aburridos “a los que nadie entiende, y por eso nadie les pone atención”.

¿Qué podemos esperar? Nada muy distinto de lo que ya tenemos. El humo siempre necesitará más humo para tapar la nada que lo sostiene, y eso resulta cada vez más rentable para sus vendedores. Ellos saben que es más barato y cómodo sostener una sociedad basada en narrativas que en soluciones plausibles, en acciones concretas o en la búsqueda incesante y el cuestionamiento constante de la verdad.

La Revolución Francesa, la Revolución de los Claveles, la Primavera de Praga, las revoluciones de colores en Europa del Este, y activistas como Lumumba, Mandela, Martin Luther King, Malcolm X o Antonio Gramsci son ejemplos de un efecto contrario, pero usando la misma herramienta: un mensaje puede hacer que la sociedad se enfoque en lo que realmente importa. La situación es compleja y no existe una sola respuesta para contrarrestar lo que estamos viviendo, pero es necesario y urgente impulsar narrativas contrapuestas al humo: narrativas que vuelvan a poner el énfasis en las condiciones materiales de la gente, en el tejido social, en el pensamiento crítico y en la defensa de la gestión pública como función primordial de un gobierno. La historia ya nos lo demostró.

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Doctor por el programa de Estado de Derecho y Gobernanza Global de la Universidad de Salamanca. Máster en Ciencia Política por la misma universidad y magister por Relaciones Internacionales por el IAEN. Docente universitario. Ecuador.

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