Uruguay y una foto para el recuerdo

La foto del 1.º de marzo del nuevo presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, representante de la nueva coalición de gobierno integrada por los partidos que durante quince años fueron oposición, fue portada en infinidad de diarios. Es una foto histórica que marca el inicio de un nuevo ciclo político en el país. Pero no es esta foto a la que me refiero, sino a otra que también fue portada y que quedó grabada en el subconsciente de los uruguayos. Una foto en la que aparecen casi todos los líderes de esta misma coalición en un lluvioso mediodía de abril de 2016. Se les ve de gabardina beige, reunidos en la explanada del Teatro Solís, para dirigirse a los juzgados del Crimen Organizado para presentar las denuncias de lo que se conoció como la “megacausa Ancap”.

Las cuatro denuncias, interpuestas por diferentes partidos políticos de Uruguay, incluían originalmente once presuntos delitos ocurridos durante la gestión del ente en los cinco años anteriores. Este era el último paso tras meses de investigación de la comisión parlamentaria, que, con los votos oficialistas, concluyó que no existieron actos ilícitos.

Un año antes de las denuncias, Ancap ya había comenzado a ocupar cada vez más espacio en los medios. La situación financiera del ente, con pérdidas millonarias, había desencadenado una crisis en el partido de gobierno. El enfrentamiento entre el entonces ministro de Economía, Danilo Astori, y el expresidente José Mujica, padrino político del entonces vicepresidente Raúl Sendic y expresidente del ente durante el período anterior, habían tensado las relaciones dentro del Frente Amplio. A ello se sumaba que Sendic, quien era visto como una amenaza interna dentro de las propias filas del partido y estaba bajo la lupa, comenzaba a acumular polémicas. Primero, las contradicciones en torno a una licenciatura que no tenía y, luego, el uso de tarjetas corporativas para uso personal.

Las críticas, reproducidas por los medios, crecieron como la espuma y las sospechas iniciales, tanto de la derecha como de la propia izquierda, se fueron agudizando y desde ciertos sectores se convirtieron en deliberadas acusaciones de corrupción que las redes sociales se encargaron de viralizar. La teoría del robo de los 800 millones de dólares empezaba a asentarse.

A principios del 2018, tras un año de audiencias, el fiscal a cargo del caso pidió a la jueza el procesamiento sin prisión de siete exdirectores por delitos de abuso de funciones y, además, de peculado en el caso de Sendic. Esto fue celebrado por los denunciantes y exhibido por muchos medios como confirmación de un Lava Jato uruguayo. En mayo, sin embargo, la jueza dejó sin efecto el pedido de procesamiento de todos los exdirectivos, menos el de Sendic, quien fue procesado, únicamente y sin prisión, por un delito de abuso de funciones y el caso de las tarjetas.

El fallo desmontaba la oscura teoría, pero el mensaje ya era una verdad consumada. Sendic, presionado por su procesamiento y convertido en primer enemigo público debido a las acusaciones y a su colosal torpeza política, terminó renunciando a la Vicepresidencia meses después.

El fiscal, desacreditado, no desistió y presentó un recurso ante el Tribunal de Apelaciones, pero tras la confirmación del fallo inicial, decidió dar la última batalla, llevando la “megacausa Ancap” ante la Suprema Corte de Justicia de Uruguay. Finalmente, el pasado 14 de febrero, la solicitud del fiscal fue rechazada en tercera y última instancia. Pero en pleno carnaval y a semanas de la asunción del nuevo presidente, el fallo pasó desapercibido. No se vieron portadas ni grandes titulares ni declaraciones de políticos y mucho menos preguntas de la prensa.

¿Cómo surgió la teoría de la corrupción en Ancap?

A partir de la mediatización del caso, ciertos sectores opositores de la política y de los medios de comunicación de Uruguay sacaron provecho para imponer una teoría en torno a la manipulación de la información contenida en estos tres puntos:

Primero. Con el fin de contener la inflación entre el 2011 y el 2015, el Ministerio de Economía no aumentó las tarifas de los combustibles, tal como indicaba el incremento de los costos de Ancap. Esto, sumado a la diferencia de cambio que estaba relacionado con el endeudamiento en dólares, causó un déficit acumulado de 800 millones de dólares. En el 2015, el exministro Fernando Lorenzo ya había reconocido en el Parlamento el desfase y tras el derrumbe de los precios del petróleo, el entonces ministro Mario Bergara permitió al ente que redujera sus tarifas apenas entre el 3% y el 5,5% y, así, corregirlas a los costos reales. El agujero quedó, pero, a partir del 2016, Ancap volvió a dar beneficios.

Segundo. La recapitalización de Ancap por 622 millones de dólares y un préstamo de la CAF por otros 250 millones se utilizaron para enderezar los números e indirectamente saldar la deuda del ente con Pdvsa, la cual, en pleno boom, había financiado el 25% de las compras de petróleo a 17 años y a un interés del 2%. En plena crisis en Venezuela, Ancap ofreció una solución. Por su grado de inversión, Uruguay accedía a préstamos a un interés del 3%, mientras que Venezuela, al 15%. Los entes y los respectivos Gobiernos llegaron a un acuerdo, en el cual Ancap saldaba su deuda beneficiándose de una importante quita. El pago adelantado de la deuda de 1.148 millones de dólares significó un ahorro de 364 millones de dólares.

Tercero. Durante la dirección de Daniel Martínez —primer período de la izquierda al frente de Ancap—, se definió el Plan Estratégico del ente y desde el 2009 y, luego con Sendic al frente del ente, se ejecutaron obras por 1.282 millones de dólares que contemplaban la reforma de la refinería, que debía modernizarse, entre otras cosas, para poder producir los combustibles utilizados por los nuevos automóviles; la reforma de dos plantas obsoletas de pórtland que eran una apuesta de negocio a largo plazo; la construcción de dos plantas de etanol y dos de biodiesel, en línea con la ley de biocombustibles; y la modernización de la distribución de combustibles.

De cada uno de estos puntos se extrajo una idea: déficit, recapitalización y obras. Y con ellas se creó un mensaje fuerte y claro: los uruguayos pagamos 800 millones de dólares para cubrir lo que se robaron durante el despilfarro. El mensaje era un éxito. El ofrecimiento registrado la noche de la primera vuelta electoral del 2014 por un micrófono abierto en el que Pedro Bordaberry, entonces líder del Partido Colorado, le decía al flamante ministro de Educación, Pablo da Silveira, “vine para que hagan mierda a Tabaré Vázquez” en relación con Ancap, dio sus frutos. La narrativa trascendió hasta tal punto que cinco años después y, a días del reciente balotaje, un senador nacionalista podía soltar sin pelos en la lengua que “ustedes se robaron 800 millones de Ancap”; el recién electo presidente, acusar a otro presidenciable de “que preparó todo para el relajo, para que se lleven la plata de los uruguayos”; y un artículo periodístico, afirmar que uno de los motivos de la derrota de la izquierda eran “los escándalos de corrupción concentrados en la figura de Sendic”.

La justicia demostró que en Ancap no hubo corrupción sistemática. Y el vicepresidente uruguayo no renunció únicamente por falsear su currículum ni por el uso indebido de las tarjetas ni por sus mentiras y contradicciones. Sendic renunció fundamentalmente porque socialmente ya había sido condenado, al igual que el resto de los directivos involucrados, gracias a un mensaje que políticos, periodistas y referentes sociales repitieron a diario y durante años en los medios de comunicación, haciendo parte, de forma consciente o no, de un proceso de manipulación de la verdad que terminó por reemplazar a la realidad.

Hoy las fotos de las portadas reflejan el azul resplandeciente luego de la tormenta. Pero aquella imagen de las gabardinas beiges quedará por ahí, en los archivos del recuerdo, como guiño a la megamentira Ancap en Uruguay.

Photo by Sec. de Comunicación – Presidencia Uruguay on Foter.com / CC BY-NC-ND

La alargada sombra de Lula

El documental Democracia en vértigo, que recibió una nominación para los premios Oscar de 2020, se ha convertido desde su estreno en una referencia para el sector mayoritario de la izquierda brasileña. En este, la directora Petra Costra traza un relato de la crisis política y social que acabó con trece años de gobierno del Partido dos Trabalhadores (PT) a través del proceso de impeachment contra Dilma Rousseff. Esta explicación coincidiría en gran medida con aquella que el propio PT ha ido tejiendo para dar sentido al turbulento periodo que comprende desde las masivas manifestaciones populares de junio de 2013 hasta la llegada de la extrema derecha al poder, gracias a la victoria electoral de Jair Bolsonaro en 2018. A grandes rasgos, dicho relato establecería que la brusca salida del poder de este partido solo se produjo después de un espurio proceso de juicio político a la presidenta, espoleado por las movilizaciones de sectores conservadores que estaban dirigidas por grandes grupos mediáticos y empresariales, y apoyadas por la conducción partidista de la operación Lava Jato que acabó encarcelando a Luiz Inácio Lula da Silva cuando este lideraba las encuestas para las elecciones de 2018.

Por tanto, no cabría otra explicación posible para la crisis política que la de la conjunción de grupos con oscuros intereses y escaso respeto por las normas democráticas para alejar del poder al PT a cualquier precio. La normalidad democrática, de esta forma, solo será alcanzada una vez que el partido vuelva a ganar una elección. Esto ocurrirá simplemente en el momento en que no se ponga ningún impedimento a la candidatura de Lula, de forma que se volverá a hacer que Brasil sea “feliz de nuevo”, como rezaba su eslogan de campaña en 2018.

Algunos detalles de este documental han pasado, sin embargo, bastante más inadvertidos para aquellos simpatizantes y dirigentes del PT que consideran Democracia en vértigo como un retrato canónico de la actual realidad política brasileña, pero olvidándose de matices que podrían complementar esta visión. En una de las escenas en que se rescata la primera victoria electoral de Rousseff en 2010, esta aparece cuando acaba de recibir la noticia de que fue electa yendo a rendir pleitesía a Lula en un tono reverencial que no se correspondería ni a la importancia del cargo de jefa del Estado ni a la cultura igualitaria de un partido de orígenes trabajadores. En una escena posterior, la ya expresidenta confiesa que ella nunca se postuló como sucesora de Lula y afirmó que fue él quien la eligió en contra de su voluntad como fruto de una política de hechos consumados, que sería el rasgo característico de la personalidad del histórico líder del PT.     

La figura de Lula ha sido el eje sobre el cual ha pivotado toda la política brasileña desde la década de 1970″

De ambos fragmentos se pueden inferir características reveladoras del estilo de liderazgo de Lula, quien, gracias a su carisma, permitió a la izquierda brasileña conectar electoralmente con los amplios sectores populares y excluidos, por primera vez en la historia, pero que hoy en día puede suponer el principal talón de Aquiles a la hora de articular a una oposición efectiva frente al gobierno de Bolsonaro.

La figura de Lula ha sido el eje sobre el cual ha pivotado toda la política brasileña desde la década de 1970, presente en todas las citas electorales desde 1989, ya fuese como principal aspirante, como candidato a batir o apadrinando a la candidatura más fuerte. Sin embargo, no deja de ser significativo que, quien ha sido protagonista principal en la creación y consolidación del PT —uno de los pocos partidos latinoamericanos con un mínimo grado de institucionalización—, haya sido incapaz de aceptar un proceso de sucesión interno que permitiera la extensión de su programa más allá del personalismo que supone su hiperliderazgo.

Actualmente, Lula se encuentra en libertad, pero aguardando sentencia firme, después de que el Tribunal Supremo dictase su liberación, aunque contradiciendo, así, su propia jurisprudencia que impidió a Lula ser candidato en las elecciones de 2018. Una vez que salió de la cárcel, la atención mediática se concentró de nuevo en el expresidente, quien ahora lucha por rescatar el legado de sus gobiernos, así como denunciar los desmanes cometidos por el juez Sergio Moro —actual ministro de Justicia del gobierno de Bolsonaro— en las investigaciones de la operación Lava Jato, que acabaron llevándole a prisión y condicionando el resultado de la más reciente disputa presidencial. Asimismo, Lula se presenta como candidato in pectore para la disputa de 2022, y, gracias a su capacidad de atracción mediática, se ha convertido en el principal referente de la oposición frente al presidente Bolsonaro.  

No obstante, esta pretensión de continuar acaparando el centro de la escena política no deja de ser problemática, incluso para los propios intereses de Lula y del PT. En términos de estrategia electoral, no parece la mejor opción la insistencia en un candidato cuyo horizonte jurídico no está en absoluto despejado, habida cuenta de los distintos procesos que todavía permanecen abiertos contra él. Esto puede llevar al PT a cometer el mismo error de la elección de 2018, cuando se quedó sin tiempo efectivo para construir una candidatura alternativa después de haber sido encarcelado. También puede ser un error estratégico confiar en un liderazgo que, si bien tiene una capacidad única para movilizar el voto popular, se trata de una figura sumamente polarizadora entre la opinión pública. En estas circunstancias, el bolsonarismo, que está perfectamente adaptado al debate visceral, podría sacar réditos, habida cuenta de que muchos de sus apoyos lo son más por la oposición al lulismo que por una adhesión real. 

Dado que la derecha moderada ha sido prácticamente devorada por el clima de radicalización que encumbró al poder al presidente Bolsonaro, cualquier intento por rescatar la democracia brasileña de su progresivo declive debe partir, al menos desde la iniciativa, de la centro-izquierda. Sin embargo, y aunque Lula pueda tener motivos para sentirse agraviado, basar todo su discurso en la denuncia de conspiraciones, sin tratar de plantear un programa más consistente que aquella apelación voluntarista de “volver a hacer feliz a Brasil de nuevo”, puede hacer que el PT caiga peligrosamente en el ensimismamiento.

Democracia en vértigo aporta un relato, basado en hechos contrastados, pero para entender de una manera más global la actual crisis de la democracia brasileña, es necesario abrirse a otras interpretaciones complementarias. Cabría preguntarse, por tanto, por qué en pleno siglo XXI la figura del líder carismático, a caballo entre los hiperliderazgos construidos por la política 2.0 y el caudillismo tradicional, continúa teniendo un vínculo tan fuerte, polarizando el debate público y dificultando una renovación constructiva de la vida política.


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Foto de midianinja en Foter.com / CC BY-NC-SA

Brasil y el síndrome de Voldemort

Hoy en día en Brasil vivimos con el síndrome de Voldemort. Los afectados por esta indisposición son principalmente periodistas y medios de comunicación del espectro político moderado, en particular los ahora huérfanos de padre y madre de la centro-derecha. Los estudios clínicos indican que los afectados son incapaces de pronunciar términos como «fascista», «extrema derecha» y «amenaza a la democracia». Sus manos se paralizan cuando tratan de escribir tales palabras en sus artículos. Tras algunos intentos, aun jadeando por el esfuerzo hercúleo, repiten al unísono: las instituciones son sólidas en Brasil.

Recientemente en el Folha de S. Paulo, el diplomático Gustavo Maultasch publicó un artículo titulado «El síndrome de Levitsky», en el que apoyaba la idea de que la izquierda fabrica discursos sobre los riesgos para la democracia que supone el gobierno de Jair Bolsonaro. Burlándose del politólogo de Harvard, Steven Levitsky, el discurso de la «muerte de la democracia» estaría motivado por el hecho de que la izquierda está resentida por haber perdido las elecciones.

Según el diplomático, el verdadero peligro radica precisamente en el discurso de la izquierda al hablar de la muerte de la democracia, que generaría un efecto de «profecía autocumplida». Incluso puedo entender el miedo del diplomático de hablar sobre el tema. Después de todo, si decimos la palabra «realidad» tres veces, esta terminará apareciendo.

Algunos de los argumentos de Levitsky con los que uno puede, o no, estar de acuerdo, ya han sido ampliamente criticados por varios expertos, por lo que no es mi intención apoyarlos o refutarlos. Aquí hablaremos de un morbo específico que afecta hoy en día a Brasil: el síndrome de Voldemort.

Análogamente a las películas de Harry Potter, el oscuro mago Voldemort es un aspirante a dictador de derecha y abiertamente de «sangre pura». En la película, es común que se refieran a Voldemort como «ya sabes quién», evitando pronunciar su nombre, además de la negativa de las autoridades a admitir que había claros indicios de que el Señor Oscuro y sus comisarios de la muerte regresaban para tanto eliminar a los adversarios y a la sangre impura como para tomar el poder.

En Brasil, así como en las películas de Harry Potter, uno duda en tildar de fascistas, o de extrema derecha, los actos, discursos y plataformas de campaña efectivamente típicos de los Gobiernos fascistas»

En Brasil, así como en las películas de Harry Potter, uno duda en tildar de fascistas, o de extrema derecha, los actos, discursos y plataformas de campaña efectivamente típicos de los Gobiernos fascistas. Existe un fuerte riesgo de que, al no llamar a las cosas por su nombre, se normalicen los actos y discursos fascistoides, lo que hace más probable que los métodos autoritarios se conviertan en exigencias de la población como única solución a los problemas reales del país. Esto también podría favorecer el surgimiento de políticas estatales con tal sesgo que trasciendan al Gobierno actual y se consoliden en la cultura política.

Personalmente, quien escribe no considera que el gobierno de Bolsonaro sea fascista en general, lo que no significa que no haya fascistas en el gobierno. Tampoco es una dictadura, y espero que no lo sea, pero esto no significa que la democracia brasileña no pueda ser debilitada por un gobierno como el de Bolsonaro y sus cómplices de la estupidez.

De hecho, el más curioso de los síntomas del síndrome de Voldemort es la negación de las amenazas a la democracia: se repite como un mantra que las instituciones brasileñas son fuertes y que no existe riesgo de ruptura democrática. Pero no se trata solo de una cuestión de ruptura democrática, porque una democracia puede debilitarse con instituciones fuertes, y seguir siendo una democracia.

Tal vez los afectados por el síndrome tengan razón. Después de todo, ¿se justifica la preocupación por los términos fascistas meramente declarados desde el poder, uno con antecedentes fascistas y que hizo campaña con promesas fascistas? Después de todo, ¿qué sería la extrema derecha o fascista? Elogiar torturadores; pedir la intervención militar y estadounidense para realizar un golpe de Estado en Brasil; amenazar con cerrar la Suprema Corte (STF); querer «ametrallar a la petralhada«, la forma peyorativa de referirse a los militantes del Partido de los Trabajadores (PT); amenazar con establecer un nuevo AI-5 para reprimir y castigar a los opositores; decir que el Régimen Militar de 1964 no fue una dictadura, aunque mataba a poca gente, pues habrían tenido que matar a treinta mil para extirpar un peligro comunista de fantasía; iniciar una guerra civil y, que si mueren personas inocentes, está bien.

La centro-derecha fue fagocitada electoralmente en 2018 y parece que aún no ha aprendido la lección. Hay que tener valor para asumirse como moderado. Mientras tanto, el «perdedor» de las elecciones, el PT, tiene en el Congreso la mayor bancada con 53 diputados y, parece ser, al día de hoy, la única alternativa con suficiente fuerza para 2022, con o sin Luiz Inácio Lula da Silva.

Por analogía, en la película Harry Potter y las reliquias de la muerte hay una escena emblemática en la que el ministro de Magia, Rufus Scrimgeour, siendo cuestionado sobre una serie de acontecimientos ocurridos que indicaban el regreso de Voldemort, hace un discurso a la prensa con un semblante tenso, como si negara la realidad, en el que dice que no obstante los tiempos oscuros vividos, el misterio se mantuvo fuerte. A continuación aparece en escena Hermione, leyendo un periódico con noticias de asesinatos políticos y varios ataques vinculados al Señor Oscuro (Voldemort).

Pero en el caso de Brasil, hay un cierto cinismo al negar los riesgos para la democracia, que está guiado por el temor de favorecer una desafección política de parte de la prensa, claramente no comprometida con la democracia y la legalidad. Lo importante es que el PT no vuelva a ganar, cueste lo que cueste. Hay aquí un aspecto de la cultura política brasileña, preponderante en quienes apoyan la operación Lava Jato como revolución ética, que está explícito en uno de los famosos memes de la «Barbie fascista»: el de la falsa integridad moral.

Los moderados en Brasil están participando en un ciclo destructivo de estupidez: para olvidar el dolor de la mano derecha rota, se rompen la mano izquierda. Mientras tanto, la enfermedad se está extendiendo.

Foto de midianinja en Foter.com / CC BY-NC-SA

Bukelazo: un golpe a la democracia de El Salvador

El principal empleado de los salvadoreños ha decidido erguirse como el máximo intérprete de la Constitución, pese a la misma Constitución. Nayib Bukele, presidente de El Salvador, decidió confiar en sus visiones (y en un Dios que aparentemente le habla) para dar un golpe a la Asamblea Legislativa. Y, así, a la democracia.

El 9 de febrero de 2020 será recordado por las infames imágenes que nos llegaron desde la Asamblea Legislativa: militares con rifles y antimotines policiales entrando y rodeando las curules del Salón Azul. Fue la introducción que necesitaba Bukele para confirmar que se había tomado la Asamblea: «Está muy claro quién tiene el control de la situación», dijo, sentado en la silla que le corresponde al presidente del Congreso.

En la noche de los Óscares, el señor Bukele montó un espectáculo patético e irresponsable, pero coherente con dos de sus objetivos: demostrar que puede manosear la Constitución para someter a otro poder del Estado y, no menos importante, lanzar oficialmente la campaña para las elecciones legislativas de febrero de 2021.

Los últimos días han sido caóticos en un país que juega a ser democrático, pero que se siente más cómodo con los capataces de finca. Los ingredientes de este cóctel bananero tuvieron necesariamente que ser dos: militares y amenazas. Y todo por la voluntad divina, esa que desde el Antiguo Testamento hace que los ejércitos del bando correcto ganen las guerras.

Militarizar la Asamblea tendrá consecuencias»

El mensaje es terrible y es poco probable que Bukele no se dé cuenta de ello. Militarizar la Asamblea tendrá consecuencias. El uso arbitrario de la Constitución para chantajear tendrá consecuencias. Decir abiertamente y sin pudor que no quiso tomarse por la fuerza la Asamblea (pese a tener el botón) tendrá consecuencias. Rezar al lado de Guillermo Gallegos no deja de ser un mal chiste, un absurdo dentro de un día absurdo, pero es una secuencia lógica en un esquema que busca desesperadamente no perder el apoyo popular.

Fuera de El Salvador, la foto que quedará será la de los militares inundando los pasillos legislativos. Afuera seguramente es conocida la facilidad de corrupción de nuestros políticos, pero también es cierto que en países menos fanáticos es fácil comprender que se puede condenar la corrupción y ser respetuoso del Estado de derecho.

Puede que Bukele se esté dando cuenta de la metida de pata. Antes del mitin de este domingo, fue él, en su cuenta de Twitter, quien se encargó de incitar al derecho a la insurrección si los diputados no asistían a la convocatoria del consejo de ministros. Horas después del fin del mitin, la Secretaría de Prensa de la Presidencia divulgó un comunicado que decía que Bukele pedía calma ante la demanda de insurrección. Es difícil creer que los fanáticos más duros no se percaten de que su líder miente descaradamente, pero también es sabido que las lunas de miel suelen ser muy permisivas.

Antes del 6 de febrero, El Salvador ya se había posicionado como el país más seguro del mundo. Con una reducción comprobada en los homicidios, el país mostraba una cara similar a Noruega gracias al Plan Control Territorial. La estrategia, dijo entonces Bukele, dependía ahora de la aprobación de un crédito de 109 millones de dólares para la tercera fase de su plan, un préstamo que por ley debe ser ratificado por la Asamblea Legislativa. Una rareza, pues, urgir por esos millones, cuando ya tus ciudadanos viven en el Edén.

Tras las amenazas, el presidente de la Asamblea de El Salvador dio su brazo a torcer y se arrodilló ante el líder supremo. El diputado Mario Ponce convocó a plenaria este 7 de febrero y, tras el fracaso de la asistencia, nuevamente para el 10 de febrero. También le juró obediencia (y eso que no es ministro de la Defensa) con la promesa de aprobar el préstamo que el Ejecutivo necesita.

Es lo de menos. Este domingo 9 de febrero la intención (al igual que lo demostraron las tarimas, los acarreados y la estupidez) no fue otra que montar un enorme mitin de cara a 2021. Sí, las estrategias comunicativas han demostrado ser más eficaces; lo burdo de las intenciones electorales no desaparece con el tiempo ni el gel.

Lo cierto es que la idea de invocar el 167 de la Constitución del consejo de ministros ha sido cuestionada por organizaciones con, digamos, algo más de experiencia constitucional. ¿Qué han dicho exmagistrados de la Sala de lo Constitucional, organizaciones de derecho constitucional u organismos internacionales que defienden el Estado de derecho? Que los artículos 167 y 87 son para situaciones excepcionales, de gravedad; que la Asamblea Legislativa puede ser convocada de forma extraordinaria únicamente si no está sesionando; que el derecho a la insurrección es del pueblo y no de los gobernantes. Menos de quien fuera presidente frente a otro poder del Estado.

Lo último es particularmente decisivo en esta coyuntura. Bukele ha logrado arrogarse la categoría de pueblo ante el pasmo, la ingenuidad y la apatía de una parte de la ciudadanía dispuesta a cederle sus derechos y su voz a un político mentiroso, ególatra y con mucha necesidad de atención.

El mitin frente al centro de gobierno es la consolidación de la carrera a los objetivos de 2021, y la concentración absoluta del poder. No hay que menospreciar, en cualquier caso, la latente posibilidad de disolución de la Asamblea y la ruptura del orden constitucional.

La ceguera es peligrosa, tanto o más que la apatía de los que, sentados, contemplan el nacimiento de un rey.

El lunes pasado, tras la toma de la asamblea del domingo 9 de febrero, el presidente de la Asamblea Legislativa de El Salvador suspendió por tiempo indefinido la sesión extraordinaria en la que se debía debatir la autorización del crédito y se condenó la militarización del Parlamento por parte de Bukele, y se le instó a «desistir de sus amenazas y uso de la fuerza». El mismo lunes, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) ordenó al presidente que se abstuviera de usar al Ejército en actividades que pusiesen en riesgo el sistema constitucional.


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Foto de US Embassy Guatemala en Foter.com / CC BY-NC-ND

Distinciones importantes sobre las protestas internacionales

El año 2019 fue testigo de protestas en todo el mundo, desde Europa y Asia hasta América Latina. Si bien es tentador centrarse en las similitudes entre los movimientos de protesta, es importante tener en cuenta importantes diferencias.

Aunque la falta de respuesta de gobierno a las demandas y preocupaciones del público sobre la desigualdad ha sido una característica común de muchas protestas, los contextos específicos de angustia pública varían significativamente entre los países. Mientras que las cuestiones de distribución, incluidas las carencias sustanciales y la pobreza, junto con la corrupción a gran escala, son impulsoras de las protestas en el Sur Global, las protestas del Norte giran en torno a la oposición a los intentos de desmantelar los estados de bienestar, los problemas medioambientales y otras cuestiones menos graves relativas a la erosión de la democracia.

Los manifestantes en Francia han estado luchando para mantener el generoso Estado de bienestar del país.

En Francia, el movimiento de los “chalecos amarillos” surgió en 2018 compuesto en gran medida por los habitantes rurales que menos podían permitirse el aumento de los precios de los combustibles anunciado por el gobierno. A medida que el movimiento ganó impulso, sin embargo, amplió su espectro de partidarios y sus preocupaciones se dirigieron al alto costo de vida en general. El aumento de los impuestos sobre la riqueza y la mejora del salario mínimo estuvieron entre las demandas. Más recientemente, los “chalecos amarillos” se han unido a los sindicatos del país en protesta por diversas medidas destinadas a erosionar el Estado de bienestar, como la reducción de las prestaciones por desempleo, los cambios en la legislación laboral que facilitan la contratación y el despido y la reforma de pensiones que aumentaría la edad de jubilación. Mientras tanto, el gobierno francés ha reducido los impuestos para los ricos. No obstante, Francia es uno de los cinco países de la OCDE donde la desigualdad de ingresos y la pobreza han disminuido en los últimos 20 años. Las cifras de pobreza francesa están por debajo de la media de la OCDE. Los manifestantes en Francia han estado luchando para mantener el generoso Estado de bienestar del país.

Ahora consideremos las protestas en Haití, donde surgieron disturbios generalizados en respuesta a un aumento de los precios de los combustibles y se expandieron a manifestaciones contra la corrupción. Haití es el país más pobre del hemisferio occidental, con un nivel de pobreza extrema del 25%. La desigualdad es extremadamente alta: Haití tiene uno de los mayores números de millonarios per cápita en el hemisferio. Casi una cuarta parte de la población carece de electricidad, aproximadamente la mitad carece de acceso al agua potable y un porcentaje similar de los niños haitianos no asiste a la escuela. Se estima que 100,000 niños están desnutridos. Millones de personas se enfrentan a la inseguridad alimentaria. Los manifestantes, que afirman que el régimen actual se mantiene gracias al apoyo internacional, están exigiendo el enjuiciamiento de la corrupta clase gobernante. La administración Trump ha apoyado al actual presidente Jovenel Moise debido a su oposición al presidente venezolano Nicolás Maduro.

Se trata, obviamente, de escenarios marcadamente contrastantes. Pero mi comparación subraya las importantes diferencias de contexto: las cuestiones de privación material y de la calidad democrática son considerablemente más graves en el Sur que en el Norte. Las protestas de Hong Kong no se tratan de carencias materiales, más bien constituyen un movimiento prodemocrático. En Gran Bretaña, las protestas han sido sobre la salida de la Unión Europea. Si bien hay cuestiones económicas involucradas (diferencias en las bases regionales a favor y en contra del Brexit), se desencadenaron protestas adicionales por la maniobra del Primer Ministro Boris Johnson para suspender al parlamento –con manifestantes cantando «detengan el golpe» y etiquetando a Johnson como «un dictador».

En los países más pobres, las protestas están más estrechamente relacionadas con cuestiones básicas de supervivencia y con quejas sobre calidad democrática y corrupción mucho más graves. En Perú, agricultores y trabajadores indígenas, ante las amenazas de contaminación de sus tierras y del suministro de agua, bloquearon el acceso de las compañías mineras a las minas de cobre; el gobierno se ha puesto del lado de las empresas. En Chile, las protestas en curso, provocadas originalmente por un aumento en los precios de los combustibles, se han expandido a la oposición general al altísimo nivel de desigualdad del país. La protección laboral y social de Chile fue casi totalmente desmantelada durante el periodo de gobierno militar. La mayoría de los países de América Latina no desarrollaron nada cercano a una protección social equitativa y sólo recientemente se ampliaron los programas sociales, durante el auge de las materias primas de los años 2000. En Ecuador, quienes protestan lo han hecho en relación con los subsidios a los combustibles, por un paquete de recortes del gasto acordado con el Fondo Monetario Internacional. Estos recortes tendrán un impacto negativo en los costos de vida de los más pobres. A medida que la pobreza extrema ha aumentado en Bolivia, ésta y la injerencia del expresidente Evo Morales en el proceso electoral y la participación explícita de los militares en su salida del poder son serios desafíos para la democracia.

Estas importantes diferencias de contexto sirven para recordarnos la persistencia de la desigualdad mundial y las distintas formas en que las estructuras de poder, nacionales e internacionales, han impactado en el bienestar humano. Las protestas mundiales nos repiten que algo está mal: que los gobiernos no responden. Sus diferencias contextuales nos recuerdan la naturaleza diferencial del sufrimiento humano en todo el mundo.

Foto de Libertinus en Foter.com / CC BY-SA

Traducido del inglés por José Ramón López Rubí.

Perú y las elecciones: ¿el comienzo o el fin de la guerra política?

La élite urbana del Perú, arropada de sabiduría convencional, consideró que la disolución del Congreso el pasado 30 de septiembre sería preludio de un proceso de renovación política. Sin embargo, los resultados del domingo pasado han evidenciado la persistente fractura social que lleva a que masas de peruanos anónimos, marginales e invisibles, sumadas al voto de protesta y descontento de las clases populares urbanas, terminen por reivindicar a dos alternativas políticas que se asemejan peligrosamente a las ficcionalizadas por Mario Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo: el fanatismo religioso y el chauvinismo militar como alternativas de gobierno populares en medio del caos y la enajenación política y social.

Los medios de comunicación masivos en el Perú se han convertido en caja de resonancia de las redes sociales. Así, como quien se ahorra un esfuerzo, la prensa ha renunciado a investigar las motivaciones que definen el curso social y político nacional para dejarse llevar por el sensacionalismo de las peleas e insultos que inundan el internet.

Simultáneamente, las encuestadoras arrojaban cifras que invitaban a la confusión y al desconcierto, lo que por momentos pareció pronosticar otra ficción literaria, aquella en la que José Saramago imaginó un pueblo que, un día, votó mayoritariamente en blanco. La clase política, desesperada por esta posibilidad, inició una campaña contra el voto en blanco, so pretexto de que un alto porcentaje podría inflar, en el conteo de votos válidos, el número de congresistas provenientes de agrupaciones políticas impopulares y desnutridas.

Las últimas encuestas empezaron a trazar el camino que los peruanos recorrimos de reproducir una ficción del portugués Saramago a otra, no menos fantástica, del peruano Vargas Llosa»

Entretanto, las últimas encuestas empezaron a trazar el camino que los peruanos recorrimos de reproducir una ficción del portugués Saramago a otra, no menos fantástica, del peruano Vargas Llosa. Así, comenzaron a asomarse, por los palos, la creciente intención de voto del Frente Agrícola Popular FÍA del Perú (Frepap) y del partido Unión por el Perú.

El primero es el brazo político del movimiento religioso llamado Iglesia Israelita del Nuevo Pacto Universal, fundado en 1989 por el ya fallecido Ezequiel Ataucusi, un hombre que se hacía llamar profeta y portador de verdad divina, a quien sus seguidores creyeron que resucitaría en cuerpo y alma al tercer día y que construyó su mensaje espiritual alrededor de la idea del fin del mundo. Visten de túnica, llevan barbas largas y viven en comunidades a la usanza de los antiguos hebreos bíblicos. Al margen de su imagen excéntrica desde la óptica occidental, han llegado a cubrir necesidades de la población marginal del Perú y en muchos lugares donde el Estado es apenas una idea abstracta e inmaterial.

El segundo es un partido fundado por el exsecretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Javier Pérez de Cuéllar en los años noventa y que hoy es un “vientre de alquiler”, nombre con el que se les conoce en el Perú a los partidos que se adecúan al pensamiento y órdenes del caudillo de turno que en esta oportunidad es Antauro Humala. Este es un mayor del Ejército que está en situación de retiro y se encuentra condenado por el asesinato de cinco policías en una asonada golpista allá por el 2005. Humala, hermano del expresidente procesado por el caso Odebrecht, desea fusilarlo junto a los otros expresidentes acusados de corrupción, también a gays y a venezolanos, según ha declarado. Además, propugna el etnocacerismo, ideología desarrollada por su padre, Isaac Humala, y que se puede entender como un nacionalsocialismo indigenista que cree en la superioridad de la raza “cobriza”.

De esta manera, el domingo 26 de enero sorprendió a propios y extraños en tanto dos de las principales fuerzas del Parlamento peruano están conformadas por dos agrupaciones que representan a la marginalidad de las corrientes políticas en el Perú.

Hasta el momento, nadie cuenta con una explicación clara que permita entender este resultado electoral. Sin embargo, es plausible inferir que se combinó, por un lado, la permanente alienación de la marginalidad olvidada del Perú y que no disfruta de los beneficios del “milagro peruano” que prensa y académicos dibujaron la década pasada. Y, por otro lado, también se alimentó del hartazgo del electorado popular urbano que, por desdén e incluso por diversión, votó por alternativas otrora inviables en lugar de abocarse al masivo voto en blanco.

En esa línea, cabe destacar que otro exmilitar, procesado por delitos de lesa humanidad, ha sido el parlamentario más votado de esta elección: Daniel Urresti con otro “vientre de alquiler” llamado Podemos Perú. Este, a diferencia de Humala, no cuenta con contenido ideológico alguno, pero es carismático y ha sabido alinear su marca personal a las demandas de seguridad y orden que exige el electorado peruano.

La irrupción de estos tres outsiders en la política contrasta con la derrota de partidos tradicionales como el fujimorismo o el aprismo y la débil irrupción de nuevas alternativas como el Partido Morado, cuya representación se reduce a una parte de la élite y clase media urbana limeña.

Así, el escenario que se avizora de cara al 2021, año en el que se elegirá a un nuevo presidente y al Congreso, es incierto. La gran fragmentación parlamentaria, con cerca de diez agrupaciones con representación congresal, limitará la capacidad de propuesta y acción legislativa debido al corto periodo por delante. En esa línea, el principal ganador será Martín Vizcarra, quien tendrá la oportunidad de liderar y proponer la agenda política que le permita cerrar su gestión presidencial mejor de lo que comenzó. De lo contrario, la inoperancia del Ejecutivo y del Legislativo solo servirá para agudizar tensiones y preparar el camino para que opciones radicales como la de Antauro Humala alcen vuelo a puertas del bicentenario de la república. No vale pestañear.

Fotos de Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables en Foter.com / CC BY-NC-SA

Populismo: moralismo autoritario

Existe la tentación de no usar la palabra populismo, pero borrar palabras no suprime las realidades que les dan sustento. Hay que seguir ocupándose del asunto.

El mundo se parece hoy a un bosque (en llamas) donde brotan varios hongos populistas que derivan sus aspectos disparejos de las diferentes tradiciones y culturas de cada país. Es el pasado que transmite al presente aquello que de sí mismo, aunque latentemente, persevera. De este viaje tenemos las primeras noticias desde tiempos de Aristóteles, que define a los demagogos como “aduladores del pueblo”, pasando por un Luis Bonaparte hasta llegar al Juan Domingo Perón de iniciales simpatías fascistas que, décadas después, apoya a sus seguidores por una “patria socialista”, para seguir con Getúlio Vargas. Un carnaval interminable en el cual Hugo Chávez proclamaba a Cristo como el primer socialista de la Historia, y Donald Trump, en el otro extremo, para ayudar al pueblo, reduce los impuestos a los ricos y los servicios sociales.

En este maremágnum de disparates, a veces de derecha y otras de izquierda, algunas cosas son comunes a toda forma de populismo: hay un líder y su pueblo; el pluralismo de la democracia liberal estorba; el Ejecutivo es autoritario; la alternancia en el poder es indeseable y se está en campaña permanente.

¿De dónde viene este conjunto de trazos? De una época de incertidumbre en la que entre globalización y revolución tecnológica se ponen en cuestión puestos de trabajo, futuros esperados y posiciones sociales adquiridas. En ese contexto de malestar es comprensible que grandes sectores de la población pierdan confianza en los partidos tradicionales o en sus propias capacidades de organización y entreguen sus expectativas a demagogos que canalizan las frustraciones colectivas hacia la xenofobia, visiones conspirativas del mundo y expectativas ilusorias; apoyarse en el pueblo naturalmente virtuoso y en contra de elites corruptas.

La certidumbre con que afirman esta tesis deja entrever un moralismo que no prepara, generalmente, cambios profundos, sino solo renovación de las elites en la cabeza del Estado y, desde ahí, nuevas redes clientelares, nuevas formas de nepotismo e impunidad hacia los seguidores más entregados y confiables.

¿Cómo se explica que líderes “encarnación” del “pueblo” como Trump, Silvio Berlusconi o el checo Andrej Babic sean magnates? Por el uso de un lenguaje popular (a menudo condimentado de vulgaridades) que busca acercar empáticamente a las masas y una variedad de chivos expiatorios para todas las desgracias reales o temidas: la clase política tradicional, los medios, los tecnócratas, la burocracia.              

América Latina ha sido y sigue siendo un teatro privilegiado del populismo»

Debería ser claro por qué América Latina ha sido y sigue siendo un teatro privilegiado del populismo. Porque aquí la desconfianza hacia las instituciones y los partidos que las representan se justifica más que en otra parte por la distancia entre derechos civiles formalmente reconocidos y condiciones sociales recorridas por fragmentaciones abismales en generaciones sin cambios sustantivos. Porque aquí es mayor la distancia entre el liberalismo de los derechos individuales y la democracia como marcha hacia una creciente homologación social.        

Pero hay otro aspecto relevante. Sobre todo aquí el populismo se alimenta del espíritu religioso-comunitario de un imaginario que viene de la Colonia y de la idealización del mundo precolombino. En aras de la equidad prometida por los líderes populistas, los derechos individuales y la visión de la democracia como conflicto regulado pasan a segundo plano; construir en la Tierra esa dimensión divina de armonía patriarcal en que todos conocen su lugar y aceptan la autoridad del líder como guía profético hacia un futuro mejor. Una especie de divinización del caudillo que supone la moralización del arbitrio y una desconfianza que reaflora periódicamente en la democracia liberal. Es una sociedad que se rechaza a sí misma en nombre de la añoranza de una comunidad que se ha perdido en el tiempo y se ha convertido en una nostalgia fuera de la Historia.      

Si añadimos que en la región lo nuevo ha venido siempre de afuera, en la forma traumática de la Conquista y la colonización, la dependencia tecnológica, el comunismo, las instituciones liberal-democráticas, los estilos de vida modernos, etc., es comprensible que el populismo se apoye en una voluntad declarada de alejamiento del mundo. Una especie de utopía regresiva basada en el deseo, más o menos explícito, de construir una propia identidad al margen del resto del mundo.    

El populismo ofrece un atajo hacia ningún lado, en una dirección que hasta ahora nunca ha conducido a salir del atraso. Aunque los resultados hayan sido y sean deficientes (aparte el ingreso de las masas en la política en tiempos ya lejanos) y a veces desastrosos (Venezuela), la conciencia queda a salvo gracias a las buenas intenciones declaradas. Los caudillos providenciales son cosa nuestra y que Dios los bendiga, al menos hasta que resulte evidente que crearon más problemas de los que prometieron resolver.    

Foto de ¡Qué comunismo! en Foter.com / CC BY-NC-SA

El medioambiente y sus defensores en peligro

Los incendios forestales ocurridos en agosto de 2019 en Brasil, Bolivia y Paraguay encendieron las alarmas y pusieron a América Latina en el centro de las discusiones sobre medioambiente y cambio climático, pero estos episodios son solo síntomas de un fenómeno estructural que ha hecho de la región la zona más peligrosa del mundo para los defensores medioambientales.

Mientras que en el 2019 se celebraron importantes eventos como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP25) y una inédita movilización global estudiantil generó conciencia sobre la necesidad de proteger el medioambiente y limitar las consecuencias del cambio climático, los defensores del medioambiente estuvieron y continúan siendo cotidianamente amenazados, criminalizados y asesinados de múltiples formas. De acuerdo con Global Witness, en 2018, fueron asesinadas 164 defensores de la tierra y del medioambiente a escala mundial, pero existe un subregistro de muertes por el miedo a represalias. Un número mucho mayor de personas fue silenciado mediante arrestos, demandas judiciales o amenazas de muerte. En América Latina, específicamente Colombia, Brasil, Guatemala y México son los Estados más letales, pero países como Venezuela, Honduras y Chile también registraron un importante número de víctimas.

La gravedad de esta situación se expresa en la impunidad generalizada que garantiza la perpetuación de estos actos»

Si analizamos el número de asesinatos por sector, vemos que la mayor parte se concentra en el área de la minería y de las industrias extractivas, la agroindustria, el agua y las represas y la explotación forestal, pero también hay víctimas en sectores como la caza ilegal, la pesca e incluso en actividades vinculadas a la energía eólica. La gravedad de esta situación se expresa en la impunidad generalizada que garantiza la perpetuación de estos actos, así como en la represión y la criminalización que se ejerce sobre las poblaciones que defienden sus territorios y el derecho a la vida, definidas por Gobiernos de todas las tendencias como “antidesarrollo”, “terroristas” o “saboteadores”.

La violencia y las violaciones de los derechos humanos sufridas por los defensores de la naturaleza tienen lugar en un contexto marcado por el crimen organizado, los grupos paramilitares, la impunidad y, en ocasiones, la abierta colaboración por parte de las autoridades, tal como evidencia una publicación del Grupo de Relaciones Internacionales y Sur Global (Grisul) de la Universidad Federal del Estado de Río de Janeiro. Así, por ejemplo, el incremento de la deforestación está estrechamente vinculado con políticas gubernamentales, reducción de controles y alianzas estratégicas con sectores como el agronegocio.

De acuerdo con un reciente informe de Human Rights Watch, este es el caso de Brasil, donde, en lugar de proteger a los defensores del medioambiente y la propia selva amazónica, el Gobierno presidido por Jair Bolsonaro ha criticado públicamente a las personas y a las organizaciones que trabajan en la defensa del medioambiente. Además, se ha debilitado a las agencias gubernamentales, responsables del sector, y se ha limitado la aplicación de las leyes medioambientales. Como resultado, la violencia y la destrucción del medioambiente están aumentado, a la vez que el país también está incumpliendo sus compromisos para aplacar el cambio climático y su promesa de eliminar la deforestación ilegal en la Amazonía para 2030.

La violencia histórica y estructural que se ejerce en América Latina sobre quienes defienden la tierra y una opción de desarrollo alternativa a la explotación insaciable de materias primas se oculta bajo una retórica que defiende la necesidad de promover el “desarrollo” y el “crecimiento económico” de los países de la región a cualquier precio, pero, en realidad, legitima intereses de grupos minoritarios que están vinculados al capitalismo extractivista en sus múltiples expresiones.

Comunidades tradicionales de campesinos, indígenas, mujeres y afrodescendientes son excluidos de estos cálculos y son quienes están sufriendo las mayores consecuencias de la ampliación y el avance de la frontera extractiva en la región.

A su vez, estos mismos grupos, junto a movimientos sociales, ecologistas y organizaciones de la sociedad civil, crean alternativas posextractivistas que consideran al planeta Tierra como casa común y ponen en el centro a las personas con sus reales deseos, necesidades e intereses. Sus propuestas nos invitan a reflexionar sobre el tipo y las características del desarrollo que queremos, al tiempo que nos recuerdan que nuestro actual modelo supone un peligro no solo para el medioambiente, sino también para todos aquellos que intenten defenderlo. 

Foto de Rafael Edwards en Foter.com / CC BY-NC

2019, entre movilizaciones y conflictos

Las movilizaciones y los conflictos que se han presentado durante 2019 dejan una sensación de sorpresa y perplejidad; sorprenden por su contundencia, su carácter contestatario, violencia y radicalidad. El surgimiento en cascada en distintas ciudades y regiones del mundo ubica la escena global como el teatro de los acontecimientos: ¿estamos frente a un nuevo ciclo de intensificación de la globalización?, ¿la radicalidad de los conflictos anuncia el ingreso a una nueva fase de mayor integración mundial, a pesar de los reclamos de los nacionalismos y localismos de muchos procesos sociopolíticos?, ¿estas expresiones son otras formas de resistencia hacia algo que aún no se puede entrever con claridad y que expresa esta nueva tendencia?     

Si bien cada conflicto obedece a connotaciones propias, todos se muestran como movimientos antisistema, pues interpelan valores, instituciones y lógicas económicas. Sus agendas son diferenciadas: en unos casos, se trata de resistencia frente a ajustes en la economía (Ecuador); en otros, a demandas de justicia distributiva (Chile); a reclamos por autonomía territorial (Cataluña), o de transparencia en el funcionamiento de las instituciones democráticas (Bolivia). Su explosividad surge, a su vez, en distintas y distantes latitudes: Hong Kong, Líbano, Turquía, París.

Se trata de movilizaciones que aparentemente no se identifican por sus agendas, pero sí por sus formas de impugnación y sus desenlaces; todos parecen ser conflictos que no tienen soluciones viables a corto plazo y que podrían regresar a estados de latencia prolongados. Sin embargo, también se percibe que podrían retornar con igual o mayor intensidad. Es probable que estemos frente a un ciclo de movilizaciones globales, cuyos perfiles no logramos identificar aún con claridad.

La recurrencia global del conflicto nos aboca a la necesidad de reconocer líneas comunes, nos enfrenta a un escenario de cambio de época»

La recurrencia global del conflicto nos aboca a la necesidad de reconocer líneas comunes, nos enfrenta a un escenario de cambio de época que está fuertemente relacionado con realidades emergentes como la innovación tecnológica o la gravedad de la crisis ambiental, que inciden con fuerza en esta escala o nivel.

Dos líneas de reflexión se vuelven necesarias: la primera atiende a sus determinaciones causales; la segunda indaga sobre las motivaciones de los actores, sobre los sentidos y las semánticas que se derivan de estos cambios de estructura.

Las determinaciones causales tienen que ver con transformaciones inducidas por los intentos de conducir la economía mundial en un contexto de grave crisis ambiental y de colosal traslación tecnológica que redefine los procesos productivos mediante innovaciones en la automatización, robotización e inteligencia artificial; una tensión para la sobreacumulación de capital en los sectores financieros, que encuentra serias dificultades para acoplarse a economías que transitan con dificultad hacia la consolidación de estas nuevas tendencias.

Son dinámicas que, en su conjunto, generan exclusión de amplios segmentos de fuerza productiva o los condenan a tareas muy precarias y tendencialmente prescindibles. Son las clases medias mundiales las más afectadas; sectores que acusan, de manera relativa, fuertes niveles de preparación profesional, pero que no encuentran canales de inserción en mercados laborales que también tienden a redefinirse de forma radical.

La innovación tecnológica en los campos de la información y de la comunicación funciona como «dinámica estructurante» de esta nueva globalización; es el motor de las demás innovaciones. No solo vuelve más eficientes los procesos productivos, sino que también acelera los flujos de politicidad y comunicación.

La segunda línea de reflexión nos lleva a pensar cómo está siendo enfrentada, consumida, asimilada, esta transformación tecnológica. Aquí nos topamos con una enorme ambivalencia: el actor social se halla en una nueva plataforma comunicacional que condiciona sus dinámicas de percepción y elaboración discursiva, y que vive la comunicación como un efecto de inmediatez y de aceleración que le permite «estar con los otros», compartir percepciones, emociones, pero al mismo tiempo exacerba su narcisismo, una tensión que contrasta con la simulación de comunidad que las redes sociales anuncian y que termina por producir insatisfacción y desencanto. El conflicto, debido a la fuerte exposición a la comunicación tecnológicamente inducida, emerge como indisposición a la comunicación, justo cuando la comunicación con el otro parecería estar, finalmente, al alcance. Esto produce un efecto de «retorno a las calles», al escenario del contacto efectivo y real, a la realización en la «comunidad efectiva».

Las redes sociales son ahora el principal medio de comunicación, de movilización, de creación de narrativas, de engaños. Las fake news son armas mediáticas para atemorizar al adversario, pequeñas escaramuzas de terrorismo en línea. Son el non plus ultra de la virtualización del discurso, porque se basan en apoyos deficientes de verosimilitud y, sin embargo, son productores de efectos reales, de transformaciones en las formas de percepción, elaboración y acción. 

La nueva globalización vuelve patente aquello que ya se veía: una imagen de futuro imprecisa y amenazante, y una necesidad de regresar al pasado, a vivir de sus certezas, de sus semánticas. La dinámica del conflicto parecería no poder anudar pasado y futuro y, al no hacerlo, el presente surge como causante de malestar y desasosiego. Mucho de la revuelta y del conflicto refleja este no querer permanecer en una condición de extrema incertidumbre.

La paradoja contemporánea podría rezar así: la racionalidad económica, los equilibrios macrofiscales o la necesidad de enfrentar la crisis ambiental en el mundo constituyen fuentes de inequidad y exclusión, cuando podrían ser factores de un nuevo pacto social que apunte a la reducción de la pobreza y la desigualdad, y plantee condiciones para el desarrollo sostenible del planeta.

No es suficiente la lógica del antagonismo, tampoco la del hegemonismo o del autonomismo que entran en juego en la conflictividad contemporánea. Estas parecerían ser formas a las que acudieron los movimientos sociales que caracterizaron a las fases anteriores de la globalización. La acción colectiva tendrá capacidad de incidencia en esta nueva fase si se trata de movimientos masivos, pacíficos, pero intransigentes en su capacidad de impacto, y ello tiene que ver con la depuración de las formas de su impugnación.

Foto de Saharauiak en Foter.com / CC BY-SA

La síntesis del 2019: protestas multitudinarias y mucho más

Las masivas manifestaciones populares en Latinoamérica fueron la marca distintiva de la región en 2019. Ecuador, Perú, Chile, Bolivia, Colombia y Haití, sin olvidar Venezuela y Nicaragua, han sido, y en algunos casos continúan siendo, escenarios de amplias manifestaciones por diversos reclamos. Al carácter masivo de estas movilizaciones, en gran medida pacíficas, se han sumado episodios de fuerte violencia urbana y una no menos violenta represión policial. Pero fue la casi simultaneidad de la mayoría de estos fenómenos, concentrados en los últimos meses del año, lo que ha generado la percepción de que toda la región ha entrado en ebullición política y social. Sin embargo, no todos los países de América Latina han presenciado este año esas grandes movilizaciones de protesta, ni estas respondieron a las mismas causas.  

En Chile y Colombia, un profundo malestar con situaciones de desigualdad social que se arrastran desde hace décadas, y una menor tolerancia con dicha desigualdad, que ha disminuido pero a un ritmo obviamente insatisfactorio, sumado al enlentecimiento del crecimiento económico en los últimos años, congrega desde hace semanas protestas multitudinarias sin precedentes, en las cuales también están presentes demandas por transformaciones en el sistema político, especialmente en Chile.

En Bolivia y Perú los conflictos fueron de carácter eminentemente político. En Perú, la disolución del Parlamento, medida de excepción prevista en la Constitución, y el llamado a nuevas elecciones legislativas por parte del presidente Vizcarra ante la falta de un voto de confianza del Legislativo, controlado por el fujimorismo y sus aliados, provocó manifestaciones a favor y contra la medida. En Bolivia, el fraude electoral por parte del gobierno de Morales desbordó la indignación que venía acumulándose en gran parte de la población desde la desconsideración del resultado del plebiscito de 2016, cuando la mayoría de los electores rechazó una nueva postulación presidencial de Evo Morales. Como resultado, Bolivia revivió una levantamiento popular semejante a los experimentados en 2003 y 2005 en el país, desembocando en la renuncia del presidente y del vicepresidente y dando inicio a un período  de transición política, inicialmente muy conflictivo y polémico debido a la renuncia a sus cargos de todos los integrantes de la cadena de sucesión presidencial.

El estallido social de Ecuador estuvo concentrado en una medida económica, el aumento de 100% del precio del combustible, y su fuerte impacto negativo sobre sectores de la población con amplia capacidad de movilización, como los transportistas y los movimientos indígenas, estos últimos representantes de los sectores más marginados de la sociedad.

las élites políticas, luego de erráticas reacciones iniciales, han activado recursos políticos e institucionales a fin de generar acuerdos.

No obstante la comprensible preocupación por la estabilidad democrática en estos contextos, las élites políticas, luego de erráticas reacciones iniciales, han activado recursos políticos e institucionales a fin de generar acuerdos amplios con vistas a destrabar los conflictos, incorporando algunas de las principales demandas de la población, como es el caso de la propuesta para la elaboración de una nueva Constitución en Chile. En Ecuador la vuelta atrás del presidente Moreno en el aumento del combustible y la instalación de un diálogo con los diferentes actores sociales para abordar la grave crisis económica en que se encuentra el país, dieron término a una semana de fuerte reacción popular. Bolivia ya ha trazado un cronograma para la realización de nuevas elecciones el próximo año, definiendo un proceso electoral que contó con la aprobación de los legisladores del MAS, el partido del ex presidente Morales, y del cual participarán todas los partidos políticos.

Venezuela y Nicaragua, sin embargo, continúan en caótica situación política y social y se reiteran las manifestaciones contra dos gobiernos que nadie considera hoy como democráticos. A comienzos de año, el líder opositor venezolano Juan Guaidó se autoproclamó presidente provisional y convocó manifestaciones de apoyo con la expectativa de que las fuerzas armadas dejasen de respaldar al régimen de Maduro, lo que finalmente no se concretó y hoy su liderazgo comienza a ser cuestionado. Mientras, continúa, sin disminuir, el amplio flujo migratorio de ciudadanos venezolanos hacia diversos países de la región.

Pero no toda América Latina ha sido palco de movilizaciones populares multitudinarias. En Argentina, Uruguay, El Salvador y Guatemala hubo elecciones generales o presidenciales pacíficas y en los tres primeros se confirmaron alternancias políticas e ideológicas que han sido gestionadas en total normalidad institucional. En Argentina los malos resultados económicos llevaron a una previsible derrota del gobierno de centro derecha de Macri y la vuelta del peronismo al poder. Inversamente, en Uruguay,  Lacalle Pou, del Partido Nacional, de centro derecha, con el apoyo de otros cuatro partidos, se impuso por una pequeña diferencia de votos a la coalición de centro izquierda Frente Amplio, en el poder desde hace 15 años. En El Salvador, por primera vez desde la democratización de la década de 1980, fue electo un presidente que no pertenece a uno de los dos partidos que han dominado la escena política del país, ARENA (derecha) y el FMLN (izquierda). El empresario Nayib Bukele, de 38 años y ex alcalde de la capital por el FMLN, fue electo en el primer turno, al frente de una nueva coalición política, con el 53% de los votos.

Brasil y México, las dos grandes economías de la región, que este año estrenaron gobiernos ideológicamente opuestos, tampoco han experimentado estallidos sociales, a pesar de los fuertes embates políticos, la alta polarización y la amplia desigualdad social en ambos países. En Brasil, las instituciones políticas han frenado o limitado varias propuestas polémicas de Bolsonaro, un presidente con bajo o nulo apego democrático y en fuerte caída de popularidad. A su vez, declaraciones de claro perfil autoritario de Bolsonaro y de su círculo próximo han sido rechazadas públicamente por autoridades del Legislativo o del Poder Judicial.

En síntesis, masivas movilizaciones de descontento, pero también embates institucionales y alternancias políticas en contextos de estabilidad democrática. Esa parece ser una síntesis más completa del año político latinoamericano.

Foto de Aimee… en Foter.com / CC BY-NC-ND