¿Creer en Dios nos hace pobres?

En América Latina los países con mayor desarrollo humano son los que menos creen en Dios, mientras que los de menor desarrollo son de los que tienen más fe.

Chile, Argentina y Uruguay, los líderes latinoamericanos en IDH (índice de desarrollo humano), según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), se distinguen además por contar con los mayores índices de ateísmo de la región, de acuerdo con el informe “Las religiones en tiempos del Papa Francisco”, de Latinobarómetro. En el extremo opuesto, Paraguay y Ecuador, dos de los países con menor índices de desarrollo humano y PIB per cápita de la región, cuentan con los menores índices de ateísmo y agnosticismo.

Las condicionantes históricas, políticas y sociales generan características particulares en cada país. Por tanto, no hay una correlación exacta entre el grado de desarrollo y el índice de ateísmo de los países. Un claro ejemplo es Centroamérica, donde Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, algunos de los países menos desarrollados de América Latina, presentan índices de ateísmo levemente mayores a otros países más desarrollados. Este fenómeno se inscribe dentro de una fuerte mutación de las tendencias religiosas en estos países con una fuerte penetración de las iglesias evangélicas que ha debilitado fuertemente a la Iglesia católica.

Sin embargo, si en lugar de utilizar el índice de ateísmo se toma el índice de confianza en la Iglesia del Latinobarómetro y se lo compara con la renta por habitante, puede verse una fuerte correlación mayor al 70%. Esto quiere decir que hay una clara relación entre ambos índices y, que a medida que uno de los dos crece, el otro decrece.

A medida que los estados de bienestar incrementan la calidad de vida de la gente, la importancia de la religión desciende

Según Daniel Barber, un especialista en estudios religiosos, a medida que los estados de bienestar incrementan la calidad de vida de la gente, la importancia de la religión desciende.

Este fenómeno es visible en América Latina, la única región del mundo que cuenta con una religión ampliamente dominante como es el catolicismo. Entre 1995 y 2013, la cantidad de católicos ha descendido de forma constante, reduciéndose del 80% al 67% de la población, mientras que los índices de desarrollo mejoraron de forma generalizada, sobre todo en Sudamérica. Esto, debido, en gran parte, al crecimiento económico.

“Dios no nos hace pobres, pero las religiones sí lo hacen”, afirma Juan Manuel de Castells, economista y experto en historia de la religión. En varios países de América Latina, la Iglesia católica ha logrado prohibir el aborto, impedir la educación sexual y restringir el acceso a anticonceptivos y a prácticas de planificación familiar. Como resultado, afirma De Castells, tenemos altos índices de muertes de mujeres por causa de abortos inseguros, familias demasiado numerosas y abandono de niños, extensión del VIH, baja escolaridad y otros factores que afectan especialmente a las clases de menores ingresos y a la población femenina.

La correlación entre el índice de desarrollo y el ateísmo también es visible en Europa donde los países del norte son más desarrollados y presentan mayores índices de ateísmo que los del sur.

“Las religiones han sido siempre un freno al desarrollo económico, en América Latina y en el resto del mundo”, afirma De Castells. “La Historia nos enseña que sin secularización, el progreso social y económico se enfrenta a barreras infranqueables. Ni la democracia ni el respeto de los derechos humanos existen en culturas en donde la legislación se basa en libros sagrados y verdades reveladas”. 

En conclusión, mientras Barber afirma que la religión pierde peso a medida que los Estados aumentan la calidad de vida de la gente, De Castells cree que la religión en sí misma es un freno para el avance de las sociedades. Dos posturas que se resumen en una pregunta: ¿creer en Dios nos hace pobres o ser pobres nos hace creer en Dios?

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¿América Latina está abarrotada?

América Latina alberga a cerca de 650 millones de latinoamericanos, alrededor de uno de cada 10 habitantes del planeta, que hoy cuenta con 7 mil millones de habitantes. Y se espera que para dentro de una generación seamos 9 mil millones. Estos altos niveles de población, sin embargo, son muy recientes, ya que hasta hace menos de trescientos años la población total de la Tierra era de apenas mil millones de personas. De estos, solo 10 millones vivían en nuestra región.

Los cambios demográficos a largo plazo definen lo que se suele denominar como “transición demográfica”. Este proceso se caracteriza por la caída de las tasas de mortalidad en una primera instancia. Por tanto, la población tiende a un crecimiento acelerado, y posteriormente, como consecuencia, a una baja de la natalidad, con lo que la población se estabiliza. Dicha transición es central en el proceso de desarrollo económico, y culmina con una densidad de población elevada pero estable.

En regiones como Europa, el crecimiento poblacional se ha estabilizado desde hace décadas, pero este no es el caso en muchos países de nuestra región. Si bien la transición en América Latina está casi completa, debido a la ralentización del crecimiento demográfico en los últimos años (por debajo del 1% anual, según datos de las Naciones Unidas), países como Bolivia, Ecuador, Belice y Guatemala todavía tienen tasas de crecimiento cercanas al 1,5% o superiores. Aunque una tasa de 1,5% anual parezca reducida, esto implica que su población se doblará en aproximadamente una generación.

El 70% de la población latinoamericana es urbana, debido a las corrientes migratorias del último medio siglo hacia las grandes urbes

Si bien América Latina no corre el riesgo de sobrepoblación, la presión demográfica es tal vez hoy más evidente en sus zonas urbanas. Actualmente, el 70% de la población latinoamericana es urbana, debido a las corrientes migratorias del último medio siglo hacia las grandes urbes como Buenos Aires, Lima, Bogotá, Caracas, São Paulo, Río o Ciudad de México. Algunas de ellas tienen más de 20 millones de habitantes. Se trata de ciudades que reciben cada día a miles de nuevos residentes y donde millones viven en condiciones muy precarias, sin acceso a servicios básicos como agua potable, alcantarillado o electricidad.

Desde varios ámbitos, incluyendo a la ONU, se han intensificado últimamente los llamados sobre el reto de una población global de acelerado crecimiento. Uno de los que más han alertado sobre los desafíos de la sobrepoblación mundial es el economista Jeffrey Sachs, autor de Economía para un planeta abarrotado (Editorial Debate, 2008). Según Sachs, estabilizar a la población mundial es un imperativo global.

El crecimiento poblacional acelerado representa varios desafíos para la humanidad. En primer lugar, el crecimiento del número de personas que vive en pobreza extrema, actualmente cerca de mil millones de personas, dentro de un marco de desigualdad global creciente. En segundo lugar, el deterioro medioambiental, principalmente el cambio climático global. Y, por último, y en parte como resultado de los dos primeros, el auge de los fundamentalismos, no solo de corte religioso, sino también político.

América Latina no es inmune a estos retos. Nuestra región sigue siendo la más desigual del planeta y, según estimaciones de la Cepal, todavía alberga a más de 70 millones de personas viviendo en pobreza extrema. Muchas zonas, sobre todo las costeras, sufren de catástrofes climáticas por el calentamiento global, como las lluvias torrenciales de este momento en Perú. Finalmente, las tensiones políticas y posiciones extremas no hacen sino intensificarse, dividiendo a la población y erosionando la convivencia y capacidad de buen gobierno. Todos los desafíos requieren una respuesta decidida y urgente de nuestros líderes. 

 

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Bauman y la nueva política migratoria argentina

Un acto tan cotidiano como viajar en bus o en tren puede convertirse en una experiencia que merece contarse si se percibe inquietud entre los viajeros. Por ejemplo, un viaje en hora pico en el primer vagón de la línea “E” del subte de Buenos Aires, con destino a la estación Plaza de los Virreyes, en Flores. Una línea y un vagón que suelen ser usados por bolivianos, paraguayos y peruanos, que los conectará con un tranvía hacia zonas como Villa Soldati y Villa Lugano, con una gran concentración de migrantes.

Los comerciantes eligen el primer vagón porque llevan bultos, que si bien no impiden el paso, provocan miradas de recelo entre los bonaerenses. Pero más allá de la molestia, lo que llama la atención es que esta “toma” del espacio público desconcierta a quienes no están acostumbrados a ello. Se les hace extraño, y lo extraño es impredecible, no controlable. Esto causa ansiedad y a veces incluso miedo. Pero más a menudo simplemente inquietud.

El ejemplo es nuestro. La relación de actitudes y reacciones corresponde a Zygmunt Bauman, el reconocido sociólogo polaco fallecido recientemente, que en su última obra, Extraños llamando a la puerta, analiza “los orígenes, la periferia y el impacto de las actuales olas migratorias”.

La paraguaya y boliviana son las dos principales comunidades inmigrantes en Argentina. Hay nietos y hasta bisnietos de bolivianos nacidos en este país y se cree que pasan del millón de personas. La mayoría se dedica a la producción, transporte y comercialización de frutas y verduras. También a la labor textil, el comercio informal, la construcción y a la actividad académica y profesional, especialmente con médicos y enfermeras, algunos formados en la Argentina.

Si se pregunta a un argentino medio sobre el “boliviano”, la respuesta generalmente es que es “trabajador y honrado”, aunque algo tímido y afecto a la fiesta y al alcohol. Pero no, salvo excepciones, ladrón o asesino.

Bauman afirma que una de las reacciones de los locales o “naturales” frente a los visitantes o “extraños” es la clasificación de ciertos migrantes en pisos inferiores de la escala social, una marca que los distingue del resto y que también los estigmatiza frente a todos. Algo así sucede con la comunidad boliviana, que por su actividad y procedencia, no es ubicada al “nivel” de un migrante europeo, por ejemplo. Aunque tampoco se la asocia a la delincuencia, como sí sucede con otras nacionalidades. Si se pregunta a un argentino medio sobre el “boliviano”, la respuesta generalmente es que es “trabajador y honrado”, aunque algo tímido y afecto a la fiesta y al alcohol. Pero no, salvo excepciones, ladrón o asesino.

Esto explica la reacción de la comunidad boliviana, y de las representaciones consular y diplomáticas de este país, frente a las modificaciones de la política migratoria argentina, aprobadas vía decreto por Mauricio Macri a fines de enero. Las nuevas disposiciones endurecen los controles de ingreso al país y amplían las causas que permiten la detención y expulsión de migrantes en situación irregular.

La reacción fue de indignación, pero más que por su alcance jurídico (que aún se debate), fue por las declaraciones de algunos representantes como la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, que afirmó que el 33% de los presos por narcotráfico, entre otros delitos, procede de Perú, Paraguay y Bolivia, y por ello es necesario “ordenar las relaciones” con esos países. “El que tiene antecedentes no entra y el que comete un delito se va”, afirmó.

Esta declaración desató la protesta boliviana, sustentada, por otro lado, en las cifras del propio Ministerio de Seguridad argentino, que afirma que el 6% de los presos son migrantes, y de ellos –completa la estadística el cónsul boliviano, Ramiro Tapia–, el 0,7% son bolivianos: alrededor de 190 personas y solo 14 por tráfico de drogas.

Al hacer estas declaraciones, ¿no se corre el riesgo de confundir delincuencia con migración o de avivar el estigma? Para organizaciones como el Centro de Estudios Legales y Sociales, no hay duda de que se ha puesto en la misma bolsa migración y delincuencia. Por si quedaran dudas, el propio embajador argentino en Bolivia, Normando Álvarez, pidió a la ministra Bullrich disculparse.

Aquí volvemos a Bauman, que acuña el término de “securitización”, que consiste en “desplazar la preocupación ciudadana de problemas que los gobiernos son incapaces de manejar”, especialmente, la inseguridad. Y agrega que “la decisión política de dar seguridad a la gente a costa de los migrantes debe ir acompañado de una demostración pública de fuerza”. Es decir, usar a los migrantes como chivo expiatorio.

Algo de ello hubo hace algunas semanas al ponerse en práctica el nuevo sistema de controles migratorios. Tras la inspección a más de mil pasajeros en la terminal de buses de Liniers, Lucy Luna, integrante del Comité de Comerciantes de la Comunidad Boliviana en esta zona, contó al diario La Razón: “Vi policías con chalecos antibalas, escaners, escudos… Justo en ese momento, cerca del mediodía, llegó el bus Potosí, y los policías rodearon a los pasajeros como si estuviese llegando Pablo Escobar…”.

El problema –dice Bauman– es que todo esto azuza el estigma, y “roba la autoestima de los migrantes”. El estigmatizado se reagrupa y mimetiza, adoptando el acento, las costumbres y los modismos locales. Pero no todos. Hay miles de hijos, nietos y bisnietos de bolivianos nacidos en Argentina que se apropian de su pasado migrante.

Una de ellas es Laura Rivero Chambi, la reina de las 17 morenadas de Buenos Aires, que una vez al año paraliza con su fraternidad un sector de la 9 de Julio. “Soy nieta de bolivianos e hija de padres argentinos. Siempre me sentí orgullosa de mi origen, de mis abuelos que vinieron de Oruro para buscar una mejor calidad de vida, y que este país maravilloso se los dio. Ya no tengo el acento boliviano, pero valoro que el boliviano nunca olvide sus raíces, y no tenga vergüenza en mostrarlo. Es cierto que hay discriminación, aunque cada vez menos. Debemos sacarnos esa idea de que los bolivianos, peruanos o paraguayos vienen a robar laburo, eso no es cierto, la gente viene en busca de nuevas oportunidades”.

Esta declaración bien podría haber cerrado el libro de Bauman, que concluye que las fronteras son porosas y que, si bien el mundo es cosmopolita, aún le falta una conciencia cosmopolita. “El desafío es aprender a vivir como una tribu global”.

Pero también es cierto que la migración continuará mientras no se equiparen los niveles de bienestar en los países. Al final, la idea es fusionar los horizontes y, mejor aún, tener un horizonte común. No se trata –dice Bauman– de que dos países hablen un lenguaje común, sino que logren, durante el proceso, hablar un lenguaje común como efecto del entendimiento. яндекс

La indignación de la comunidad boliviana por la nueva norma migratoria se debe a que ya no se siente visitante porque también aporta y juega de local. Las autoridades no siempre se percatan de que hoy todos somos Argentina, aunque no todos somos argentinos. Y sí, esperamos las disculpas de la señora ministra.

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Aumento de la percepción de la corrupción: una buena noticia

Según el Índice de Percepción de la Corrupción publicado recientemente por Transparencia Internacional, la corrupción aumentó el año pasado en América Latina. El retroceso fue notorio en 11 países, México registró la mayor caída y Venezuela se consolidó como uno de los países más corruptos del mundo. En el año 2016 los latinoamericanos hemos sido testigos de la filtración de los Panama Papers y el destape del caso Odebrecht, dos de los mayores escándalos de la historia.

A solo cinco meses del encarcelamiento del expresidente guatemalteco, Otto Pérez Molina, por encabezar una red de defraudación aduanera en su país, fue condenado en marzo del 2016 Marcelo Odebrecht, expresidente de la mayor constructora de América Latina, a casi 20 años de cárcel. Tras negociar junto a 77 ejecutivos de la empresa el mayor acuerdo de colaboración de la historia, el pasado 22 de diciembre se hizo público el informe del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Allí, los representantes de la empresa explican cómo durante 15 años pagaron unos 800 millones de dólares en sobornos para adquirir contratos de más de 100 proyectos en 12 países de América Latina.

Además de las repercusiones que ha tenido en Brasil, el acuerdo se ha convertido en una amenaza a la clase política de los países involucrados. Si bien el Departamento de Justicia estadounidense aún no ha divulgado los nombres de los involucrados fuera de Brasil, las Fiscalías y los Gobiernos de Venezuela, República Dominicana, Panamá, Argentina, Ecuador, Perú, Guatemala, Colombia y México han anunciado que iniciarán investigaciones.

En Perú las repercusiones no han tardado en llegar y la Fiscalía solicitó el arresto del expresidente Alejandro Toledo, quien fue acusado de haber recibido 20 millones de dólares en sobornos. Además del sucesor de Fujimori (también encarcelado por corrupción), el caso podría llegar a amenazar a todos los expresidentes peruanos desde el retorno a la democracia.

Colombia es otro de los países que vive un terremoto político. Tanto la campaña electoral del presidente Juan Manuel Santos como la del exministro de Hacienda, Óscar Iván Zuluaga, candidato del Centro Democrático de Uribe, están siendo investigadas por supuesta financiación ilegal. Hasta el momento, el exviceministro de Transporte durante el gobierno de Álvaro Uribe, Gabriel García, y el exsenador Otto Nicolás Bula han sido encarcelados por recibir sobornos por más de 11 millones de dólares.

De momento, empiezan a salir a la luz las primeras acusaciones. Sin embargo, los documentos divulgados hasta ahora pueden ser solo la punta del iceberg. Todavía no han declarado algunos ejecutivos claves de la empresa. Por ende, hay una gran expectativa de que se sigan destapando escándalos.

El 9 de mayo, cuando Marcelo Odebrecht llevaba dos meses en prisión, los diarios del mundo amanecieron con el titular de los Panama Papers. A través del Consorcio Internacional de Periodistas, se habían filtrado 11,5 millones de documentos confidenciales del proveedor de servicios corporativos Mossack Fonseca, que comprendían datos financieros de sus clientes. La información salpicó a decenas de líderes mundiales y figuras públicas en todo el mundo por conexiones con estructuras financieras opacas en paraísos fiscales que permiten la evasión fiscal.

Si bien se trata de un estudio con sede en Panamá, los documentos filtrados contienen información que afecta a clientes de todo el mundo. Por tanto, una gran cantidad de latinoamericanos, entre ellos políticos y empresarios, se han visto afectados. En Argentina, por ejemplo, los documentos vincularon al propio presidente Mauricio Macri con una sociedad “offshore” registrada en las islas Bahamas. En Brasil, políticos de seis partidos fueron vinculados a este tipo de empresa. Y en Ecuador, el principal nombre citado fue el de Pedro Miguel Delgado Campaña, exgobernador del Banco Central y primo del presidente Rafael Correa.

Esta ola de acusaciones y juicios convierten al 2016 en un año ícono de la corrupción en la región, ya que nunca habían sido acusadas tantas personas cercanas al poder en tantos países a la vez.

Esta ola de acusaciones y juicios convierten al 2016 en un año ícono de la corrupción en la región, ya que nunca habían sido acusadas tantas personas cercanas al poder en tantos países a la vez. Este es el motivo por el cual la percepción de los latinoamericanos sobre la corrupción ha aumentado.

Sin embargo, esto no quiere decir que la corrupción en sí haya aumentado. De hecho, la mayoría de los actos no se han sucedido en el último año. En cuanto a Odebrecht, el pago de sobornos se ha prolongado por más de 15 años y algunos de los casos que salieron a la luz, a raíz de las filtraciones de los Panama Papers, se remontan a la década de los 70. Lo que ha pasado es que la presión de los ciudadanos, las instituciones judiciales y algunos organismos internacionales han terminado por destapar lo que se ha ido acumulando durante décadas.

De acuerdo con Transparencia Internacional, la revelación de las historias de corrupción en la región es una muestra de que los países están combatiendo este fenómeno. Si bien los ciudadanos se enfurecen cada vez más ante cada nuevo episodio, las posibilidades de robar y no pagar se vuelven más escasas.

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